20 marzo 2016

7. DIARIO DE ORACIÓN -Domingo de Ramos-

1.         

Estando en la oración el Domingo de Ramos, yo tenía gana de mirar al Señor en aquel milagro que había hecho cuando resucitó a Lázaro, y mirando aquel amor de este Señor para con su amigo Lázaro –que parecía el Señor me mostraba tenérselo–, yo miraba aquellos misterios del Señor en todas sus cosas declarados con la luz que daba a su alma. Y mirando el peso de sus obras y cómo en todas tenía tanta sabiduría, estando así dijeron: María, mírame, cómo me honran con sus ramos y mira cómo triunfo Yo, en una jumenta. Yo, mirándolo, y viendo a Su Majestad y la divinidad de su ser, y cómo allí venía Dios y hombre en aquella pollina, encendiendo el Señor en mí un amor grande, sin poderme ir a la mano, quisiera yo aposentarlo en mi corazón y ese ponerle por capa adonde pisara aquella pollina.  así, en estas ansias, deseando llegar a tocar a este Señor y confesarlo, como lo confesaba por mi Señor, me parecía me lo enseñaban y lo veía con los ojos de mi alma. Iba y caminaba mi espíritu tras este Señor, y deseándome unir con Él, que era adonde el alma caminaba, y a salir de sí por hacerse señora de sí, iba y llevaban a mi alma con este deseo al Señor. Y así, yo dije: Señor, ¿qué es esto que queréis que vea en esto? ¿Qué hacéis con estos ramos y con estas cosas? Yo miraba y no me daban a entender nada de lo que me querían dar a entender. Con todo eso, veía cómo el Señor era honrado y gozábame de su honra y triunfo. Y diciendo esto mi corazón, con las ansias que me daba el Señor de deseos de su honra, me dijo el Señor: María, ¿no lo entiendes? Mira, esto que te he enseñado es mostrarte cómo Yo triunfo en una jumentilla. Y esto hago ahora en ti. Mira. Y enseñándome el Señor ser esto así, me mostraba cómo Él dejaba todas las cosas solo por el gusto de triunfar en un alma.
Y esto enseñaba haber hecho conmigo, pues había dejado a muchos letrados y sabios y se había esmerado en solo enseñarme. Y en mí había puesto sus tesoros, como yo lo sabía. Y enseñándome ser esto verdad, me enseñaba todo lo que había depositado en mi corazón, y cómo en aquella pollina había ido Dios y hombre. Y que en mi corazón había Él triunfado y hecho asiento; así, en cuanto poner los tesoros de la humanidad, que eran los de la cruz, como con las luces de la divinidad, me había declarado sus secretos. Y que así había triunfado Su Majestad y triunfaba en estos tiempos, en una tan vil criatura como yo, para que se conociese su grandeza y ser Él el que lo hacía como poderoso. Que también en este triunfo mandó dejar los pollinos que estaban con esta jumentilla, solo por dar a entender que de los sabios del mundo no hacía caso. Solo quería aquello más despreciado del mundo, que era adonde Su Majestad mejor se hallaba. Yo veía ser esto así, que en mí no había cosa buena y todo era ignorancia. 
Y solo Su Majestad había sido el Maestro y el que había hecho esto conmigo, con tantas cosas que solo Él lo podrá contar. Y sin poderme ir a la mano, le decía: Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Bendito seáis, Señor, y vuestra sabiduría, que así sabéis obrar y sabéis triunfar con vuestra hacienda, que todo es vuestro: la jumentilla y lo que va encima. Que es decir, Señor, seáis bendito, que yo, Señor, soy una hechura vuestra, y lo que me habéis dado, todo es vuestro. Yo, Señor, no tengo nada en mí que no sea tuyo. Enseñando el Señor este triunfar en mí, enseñaba cómo tenía puestos todos sus tesoros en mí, y así triunfaba del mundo, porque no se comunicaba sino en el corazón del [que es] pobre de todo lo que es riqueza humana.
Yo me espantaba de ver lo que el Señor enseñaba [que] hacía conmigo y así se lo decía: Señor, ¿cómo lo hacéis así que todo será espantos y como los hombres no conocen tu amor espántanse de tu trato? Y como que me enseñaban más esto que el Señor hacía con mi alma. Decía, mostrando una profundidad: Hija, oye e inclina tu oído, y oye lo que te dice tu Padre. Y mostrando que era este su gusto, mostraba tenerlo con comunicarse a mi alma, y parecía le enseñaba [que] tenía su recreación. Y mostraba que quería inclinase mi corazón en sus obras, y en ellas solo tomase gusto, que decía [que] solo en esta comunicación quería [que] ocupase mi vida y en esto solo inclinase la oreja, que llamaba el objeto del alma y no lo que los hombres decían. Y decía: María, y si esto haces, te enseñaré Yo mi casa y oirás mis palabras, que todas serán de vida. Yo lo hacía y miraba esto que el Señor quería. Y veía cómo el Señor le iba guiando sus pasos y enseñando sus secretos. 
Y veía cómo me mostraban el libro de la vida abierto, y en él estaba la sabiduría del Padre, que sin ella no se podían leer aquellas letras, que solo el Espíritu de Dios, que era la luz del Espíritu Santo, daba luz para aquella lectura que se había escrito con su sabiduría. Y veía cómo de este espíritu salía la luz para poder leer yo esto que me enseñaban, como se les había dado a los apóstoles para esto mismo. Y así, decían: María, era menester que Yo subiese el Padre para que mis apóstoles tuviesen vida de espíritu, que aunque andaban conmigo no me miraban con ojos de solo espíritu, como Yo quiero [que] me mires tú. Y así, no te espantes que no te entiendan, que no han subido a mi Padre, digo, que no han sabido a desasirse de sus quereres y no me han conocido ni llegado a vivir en el camino del espíritu. No saben leer mis libros, que son mis obras; no triunfo Yo en ellos. Esos quise Yo [que] se quedasen, y si les preguntasen que quién quería la jumentilla, dijesen que el Señor la había menester. Y así lo digo ahora en ti: di que el Señor es el que lo hace y tú no tienes en ello más de que te llevan para triunfar en ti, para depositar en tu alma este tesoro que va a enseñarles un modo de vida y muerte, que es la cruz; esa es la que Yo también te enseño y de esa te hago capaz. Vengo Yo a morir y con la muerte triunfar del pecado y del demonio. Así se ha de hacer, María: muriendo, triunfar de todo lo que es vida muerta.
Y enseñaban cómo se había de vivir en esta vida con una continua comunicación en las cosas que le Señor enseñaba en este libro. Que era cosa de admiración ver cómo el Señor enseñaba el peso de sus obras, con la profundidad de su ser, todo escrito, con los misterios tan altos que solo Él los puede entender. Y allí, como en pastos de vida, metían a mi alma para que comiese. Y aquí decían [que] inclinase su oreja y oyese lo que le dijesen y enseñasen, que no había peligro en oír esto. Que Él era como yo lo veía, el que con su dedo sustentaba toda la tierra. Y allí, en ese libro de la vida estaban todos escritos, y en él tenían su amparo, como gallina que cogía a sus pollicos. Aquí me dijeron [que] me irían enseñando todo lo que había de leer. El Señor sea bendito. Amén.

Misericordias Reveladas nº 91

09 marzo 2016

DIARIO DE ORACIÓN 5


La " Obra de  La Cruz" es la obra de Dios el alma de María Evangelista a través de la Cruz: es decir, a través de todo aquello que causa dolor y que ella lo vivió en un ofrecimiento continuo a Dios, por la redención del mundo. Esta es la obra de santificación que hizo en ella y que hace también en nosotros cuando aceptamos vivir en ese continuo ofrecimiento de nuestra vida Dios.

Explicación de su camino en cuanto a la obra interior[1].
Estando un día en la oración, en 27 de mayo, penada de verme tan ruin y que tan poco me entregaba a Dios porque veía mis faltas y poca correspondencia, y así, con gran quebranto que mi corazón tenía de muchas cosas que se le daba a mi alma y con algunas ocasiones que se ofrecían y todo le daba pena, así, con estos quebrantos, me llegaba con unos deseos que veía yo me daba el Señor, en lo profundo del alma, de darme toda al Señor[2]. Y lo hacía así, como podía. Y deseaba yo entregarle todo mi corazón, y así, le pedía al Señor lo pusiese Su Majestad de modo que le diese gusto. El Señor, con una luz que lo alumbraba y daba a entender cómo se le daría y cómo descansaría en su voluntad, mostraba a mi alma la cruz. Y como recogiendo de todas las ocasiones que me daban pena un hacecito, hacía un nido en la cruz y allí ponían a mi alma. Y le decían: Toma ese descanso. Y enseñaban cómo lo había de tomar siempre. Y allí le decían cómo habían de ser gobernados los pensamientos y cómo se había de apacentar el alma en el nido de la cruz, adonde siempre había estado Su Majestad. Yo miraba al Señor cómo lo hacía y decía [que] como los pollitos del nido habían de ser todos mis pensamientos, todos gobernados por la razón con el calor que el alma les había de dar. Y como la vida de estos pollos había de ser el espíritu, que era el alma ado había siempre de estar la vida, que era el Señor, y habían de salir de esta vida al Señor y salir del mismo Señor, de modo que estos pensamientos no fuesen muertos sino vivos y de vida.
Yo le dije al Señor que cómo había de ser aquello si no lo hacía el mismo Señor. El Señor enseñaba hacerlo y mostraba ser el autor de la obra de la cruz, de manera que conocía mi alma y veía [que] era el Señor el que le enseñaba esta doctrina, y el que en un quebranto no creído ponía a mi alma, recogiendo todos sus pensamientos como mensajeros del corazón y la voluntad, que era la obra del alma. Y así, con un querer en el del Señor, conociendo su bienestar en esta verdad que el Señor le enseñaba en la cruz, allí rendida con el querer del Señor descansaba en su voluntad y allí le enseñaba el Señor su gusto estar en este modo de descanso.
Yo miraba allí al Señor, y como lo veía tan amigo de la cruz, y como solo Su Majestad podía enseñar esta doctrina y poner en este modo de descanso, con unas ansias que el mismo Señor daba a mi corazón de ver al Señor tan humano y ocupado en enseñar esta doctrina a mi corazón, y haciéndolo descansar en este nido con una vista grande y conocimiento; que el Señor comunicaba a mi alma la verdad de esta obra y el gusto grande que el alma le daba en buscarlo, así en este camino y modo de tenerlo. Yo, admirada de ver al Señor del Cielo, y el que todas las cosas tenía allí, enseñando a mi alma el secreto de su corazón y donde tenía el gusto de su alma, comencé a decir: Señor [mío] y [de] todas las cosas. Confiésolo: Vos podéis hacer esto y enseñar este nido ado el alma, sin peligro de ladrones, os puede hallar, y tener y dar su corazón sin peligro de que no gustas de él. Yo deseaba que el Señor lo recibiese con todos los deseos de mi alma, adonde los deseba tener todos enclavados y en ella darle gusto.
El Señor, recibiendo estos deseos, le enseñaba cómo había de ir adelante y tener siempre este ejercicio. Y así, tomando mi corazón con los deseos del alma, que era de darle gusto, los enclavaba como si lo traspasara con tres clavos; que con un dolor que traspasaba mi corazón le decía cómo había de estar su voluntad también enclavada aquí, en este madero de la cruz, enseñando cómo había de hacer un sacrificio que Su Majestad hacía muchas veces al Señor (llamaba el Hijo de Dios a su Padre “Señor”). Y enseñaba cómo recogía en su corazón todas las ocasiones que el hombre le ponía y había de poner, con los desagradecimientos que el hombre había de tener y cómo de sus obras se había de descuidar. Y decía que allí hacía una memoria de lo que al Padre había de sacrificar junto con su cuerpo, y el ver los muchos que se perdían y cómo no había de ser conocida esta su obra ni camino de cruz. Y así, mostraba el Señor cómo ofrecía al Padre este sacrificio, y gustaba de hacerlo muchas veces –como lo hacía–, y daba valor a la cruz como cosa que Su Majestad tanto gustaba y nosotros tanto necesitábamos.
Yo miraba al Señor cómo enseñaba que así lo hiciese mi alma y ofreciese mi corazón, así en la cruz, al Señor. Y así lo hacía, no pudiendo tener otro descanso mi alma. Mas yo le decía que qué fruto había de tener aquel sacrificio, pues en mí no valía nada, por ser cosa mía y valer tan poco el padecer de una criatura tal como yo, aunque conocía hacerlo todo Su Majestad. El Señor mostraba el gusto que tenía en ver a un alma así, y cómo daba Él valor a este modo de padecer, y cómo era Él el que a este sacrificio daba fruto, solo por ser de cruz, y así, decía: María, Yo miro a toda criatura que está en cruz. Y enseñaba esta doctrina de la cruz y cómo se le había de seguir por ella, no tomando el corazón descanso sino en esto. Y enseñaba esta verdad en este modo: mostraba y ponía a mi corazón [en] este descanso y nido, y mostraba cómo no había de salir de él por cosas que se ofreciesen, ni dilatar a tomar gusto en otra cosa más que en esto. De modo que enseñaba ofrecerse muchas cosas ado el alma se podía dilatar, mas en nada le daban lugar para salir de aquí porque todo hacían [que] lo desechase y a ninguna parte mirase. Y si se le iba alguna vez el pensamiento a tomar gusto de algún suceso o dilatar a su naturaleza, aunque fuese en cosa buena y lícita, era reprehendida, y como si fuera un mal pensamiento querían fuese desechado. Y solo querían hiciese asiento aquí, ado le enseñaban en esta morada y nido; ado allí, enclavado su corazón, se volviese y pusiese sus ojos y voluntad rendida; allí, al gusto del Señor, ado esta alma veía la tenía Su Majestad.
Y como yo mirase este camino que el Señor enseña y pone a mi alma y da [que] se lleve, miraba que era el que Su Majestad había llevado y, como siempre, a su corazón había tenido aquí con gran perfección. Y sucédeme algunas veces irme a acordar de alguna cosa que me parece a mí gusta el Señor y, como en ella parece se me sigue algún descanso, ir a tomar algún gusto, como ir mi pensamiento a esparcirse a alguna cosa. Y antes de advertirlo yo, ser reprehendida y volver en mí; y advertir adónde iba y tornar mi deseo a ponerlo en la cruz, ado el Señor quiere esté mi alma allí enclavada, sin salir a tomar gusto en otra cosa, sino allí ado la tiene el Señor. Y allí me pongo y ponen con fuerza.
Yo, como soy tan amiga de huir de la cruz, le digo al Señor muchas veces: Señor, ¿siempre ha de ser así? ¿Siempre ha de ser estar en esto? El Señor entonces dijo: Siempre lo estuve Yo, María, y siempre se ha de gozar el fruto de esta obra. Y enseñaba cómo este fruto y este camino tiene mucha seguridad porque en todo gusto hay peligro, y porque el alma se hace capaz en la cruz de premio, y en el gozar capaz de pena porque se le pega en el gozo mucho peligro, porque se estima en lo que no es y piensa de sí lo que no tiene. Y con esto se pierde y deja de conocer lo que le está mejor, que es la cruz, que la asegura de todo mal porque la cruz trae consigo la verdad y el conocimiento de sí y de Dios, que es el que vive en ella. El alma que lleva este camino ve en sí lo poco que es y conoce en el Señor estar toda su medra, por estar en la cruz su valor: no se desvanece de nada porque lo conoce allí, en la cruz, de modo que ve no tuviera ser si no le fuera dado en la cruz, y por su obra fue dado ser a toda criatura. Allí conoce el amor que Dios le tuvo y tiene, pues por ella hizo tanto. Allí halla al Padre unido con el Hijo y al Espíritu Santo, por cuya gracia se hace todo; y reina en el Hijo y Padre esta unión, y todas tres personas dan ser a la cruz. Y allí conoce todo su bien estar en esta verdad y ejercicio. Yo veo al alma le hace el Señor mucha merced en ponerla aquí, para hacerla capaz de lo que más gusta el Señor, que es este camino y sosiego en pena. Y sosegada descansa como el Señor quiere, que es en el descanso conocido, que es hacer su gusto en el penar.
Él sea bendito. Amén. Y nos dé amemos este gusto suyo. Amén. 
Misericordias comunidas nº  47


[1] Nota del confesor en el encabezado del cuaderno original. El copista lo escribe como nota al margen.
[2] Nota del copista al margen: “Este § [cuaderno] escribió la Sierva de Dios antes del otro, en orden”.