09 marzo 2016

DIARIO DE ORACIÓN 5


La " Obra de  La Cruz" es la obra de Dios el alma de María Evangelista a través de la Cruz: es decir, a través de todo aquello que causa dolor y que ella lo vivió en un ofrecimiento continuo a Dios, por la redención del mundo. Esta es la obra de santificación que hizo en ella y que hace también en nosotros cuando aceptamos vivir en ese continuo ofrecimiento de nuestra vida Dios.

Explicación de su camino en cuanto a la obra interior[1].
Estando un día en la oración, en 27 de mayo, penada de verme tan ruin y que tan poco me entregaba a Dios porque veía mis faltas y poca correspondencia, y así, con gran quebranto que mi corazón tenía de muchas cosas que se le daba a mi alma y con algunas ocasiones que se ofrecían y todo le daba pena, así, con estos quebrantos, me llegaba con unos deseos que veía yo me daba el Señor, en lo profundo del alma, de darme toda al Señor[2]. Y lo hacía así, como podía. Y deseaba yo entregarle todo mi corazón, y así, le pedía al Señor lo pusiese Su Majestad de modo que le diese gusto. El Señor, con una luz que lo alumbraba y daba a entender cómo se le daría y cómo descansaría en su voluntad, mostraba a mi alma la cruz. Y como recogiendo de todas las ocasiones que me daban pena un hacecito, hacía un nido en la cruz y allí ponían a mi alma. Y le decían: Toma ese descanso. Y enseñaban cómo lo había de tomar siempre. Y allí le decían cómo habían de ser gobernados los pensamientos y cómo se había de apacentar el alma en el nido de la cruz, adonde siempre había estado Su Majestad. Yo miraba al Señor cómo lo hacía y decía [que] como los pollitos del nido habían de ser todos mis pensamientos, todos gobernados por la razón con el calor que el alma les había de dar. Y como la vida de estos pollos había de ser el espíritu, que era el alma ado había siempre de estar la vida, que era el Señor, y habían de salir de esta vida al Señor y salir del mismo Señor, de modo que estos pensamientos no fuesen muertos sino vivos y de vida.
Yo le dije al Señor que cómo había de ser aquello si no lo hacía el mismo Señor. El Señor enseñaba hacerlo y mostraba ser el autor de la obra de la cruz, de manera que conocía mi alma y veía [que] era el Señor el que le enseñaba esta doctrina, y el que en un quebranto no creído ponía a mi alma, recogiendo todos sus pensamientos como mensajeros del corazón y la voluntad, que era la obra del alma. Y así, con un querer en el del Señor, conociendo su bienestar en esta verdad que el Señor le enseñaba en la cruz, allí rendida con el querer del Señor descansaba en su voluntad y allí le enseñaba el Señor su gusto estar en este modo de descanso.
Yo miraba allí al Señor, y como lo veía tan amigo de la cruz, y como solo Su Majestad podía enseñar esta doctrina y poner en este modo de descanso, con unas ansias que el mismo Señor daba a mi corazón de ver al Señor tan humano y ocupado en enseñar esta doctrina a mi corazón, y haciéndolo descansar en este nido con una vista grande y conocimiento; que el Señor comunicaba a mi alma la verdad de esta obra y el gusto grande que el alma le daba en buscarlo, así en este camino y modo de tenerlo. Yo, admirada de ver al Señor del Cielo, y el que todas las cosas tenía allí, enseñando a mi alma el secreto de su corazón y donde tenía el gusto de su alma, comencé a decir: Señor [mío] y [de] todas las cosas. Confiésolo: Vos podéis hacer esto y enseñar este nido ado el alma, sin peligro de ladrones, os puede hallar, y tener y dar su corazón sin peligro de que no gustas de él. Yo deseaba que el Señor lo recibiese con todos los deseos de mi alma, adonde los deseba tener todos enclavados y en ella darle gusto.
El Señor, recibiendo estos deseos, le enseñaba cómo había de ir adelante y tener siempre este ejercicio. Y así, tomando mi corazón con los deseos del alma, que era de darle gusto, los enclavaba como si lo traspasara con tres clavos; que con un dolor que traspasaba mi corazón le decía cómo había de estar su voluntad también enclavada aquí, en este madero de la cruz, enseñando cómo había de hacer un sacrificio que Su Majestad hacía muchas veces al Señor (llamaba el Hijo de Dios a su Padre “Señor”). Y enseñaba cómo recogía en su corazón todas las ocasiones que el hombre le ponía y había de poner, con los desagradecimientos que el hombre había de tener y cómo de sus obras se había de descuidar. Y decía que allí hacía una memoria de lo que al Padre había de sacrificar junto con su cuerpo, y el ver los muchos que se perdían y cómo no había de ser conocida esta su obra ni camino de cruz. Y así, mostraba el Señor cómo ofrecía al Padre este sacrificio, y gustaba de hacerlo muchas veces –como lo hacía–, y daba valor a la cruz como cosa que Su Majestad tanto gustaba y nosotros tanto necesitábamos.
Yo miraba al Señor cómo enseñaba que así lo hiciese mi alma y ofreciese mi corazón, así en la cruz, al Señor. Y así lo hacía, no pudiendo tener otro descanso mi alma. Mas yo le decía que qué fruto había de tener aquel sacrificio, pues en mí no valía nada, por ser cosa mía y valer tan poco el padecer de una criatura tal como yo, aunque conocía hacerlo todo Su Majestad. El Señor mostraba el gusto que tenía en ver a un alma así, y cómo daba Él valor a este modo de padecer, y cómo era Él el que a este sacrificio daba fruto, solo por ser de cruz, y así, decía: María, Yo miro a toda criatura que está en cruz. Y enseñaba esta doctrina de la cruz y cómo se le había de seguir por ella, no tomando el corazón descanso sino en esto. Y enseñaba esta verdad en este modo: mostraba y ponía a mi corazón [en] este descanso y nido, y mostraba cómo no había de salir de él por cosas que se ofreciesen, ni dilatar a tomar gusto en otra cosa más que en esto. De modo que enseñaba ofrecerse muchas cosas ado el alma se podía dilatar, mas en nada le daban lugar para salir de aquí porque todo hacían [que] lo desechase y a ninguna parte mirase. Y si se le iba alguna vez el pensamiento a tomar gusto de algún suceso o dilatar a su naturaleza, aunque fuese en cosa buena y lícita, era reprehendida, y como si fuera un mal pensamiento querían fuese desechado. Y solo querían hiciese asiento aquí, ado le enseñaban en esta morada y nido; ado allí, enclavado su corazón, se volviese y pusiese sus ojos y voluntad rendida; allí, al gusto del Señor, ado esta alma veía la tenía Su Majestad.
Y como yo mirase este camino que el Señor enseña y pone a mi alma y da [que] se lleve, miraba que era el que Su Majestad había llevado y, como siempre, a su corazón había tenido aquí con gran perfección. Y sucédeme algunas veces irme a acordar de alguna cosa que me parece a mí gusta el Señor y, como en ella parece se me sigue algún descanso, ir a tomar algún gusto, como ir mi pensamiento a esparcirse a alguna cosa. Y antes de advertirlo yo, ser reprehendida y volver en mí; y advertir adónde iba y tornar mi deseo a ponerlo en la cruz, ado el Señor quiere esté mi alma allí enclavada, sin salir a tomar gusto en otra cosa, sino allí ado la tiene el Señor. Y allí me pongo y ponen con fuerza.
Yo, como soy tan amiga de huir de la cruz, le digo al Señor muchas veces: Señor, ¿siempre ha de ser así? ¿Siempre ha de ser estar en esto? El Señor entonces dijo: Siempre lo estuve Yo, María, y siempre se ha de gozar el fruto de esta obra. Y enseñaba cómo este fruto y este camino tiene mucha seguridad porque en todo gusto hay peligro, y porque el alma se hace capaz en la cruz de premio, y en el gozar capaz de pena porque se le pega en el gozo mucho peligro, porque se estima en lo que no es y piensa de sí lo que no tiene. Y con esto se pierde y deja de conocer lo que le está mejor, que es la cruz, que la asegura de todo mal porque la cruz trae consigo la verdad y el conocimiento de sí y de Dios, que es el que vive en ella. El alma que lleva este camino ve en sí lo poco que es y conoce en el Señor estar toda su medra, por estar en la cruz su valor: no se desvanece de nada porque lo conoce allí, en la cruz, de modo que ve no tuviera ser si no le fuera dado en la cruz, y por su obra fue dado ser a toda criatura. Allí conoce el amor que Dios le tuvo y tiene, pues por ella hizo tanto. Allí halla al Padre unido con el Hijo y al Espíritu Santo, por cuya gracia se hace todo; y reina en el Hijo y Padre esta unión, y todas tres personas dan ser a la cruz. Y allí conoce todo su bien estar en esta verdad y ejercicio. Yo veo al alma le hace el Señor mucha merced en ponerla aquí, para hacerla capaz de lo que más gusta el Señor, que es este camino y sosiego en pena. Y sosegada descansa como el Señor quiere, que es en el descanso conocido, que es hacer su gusto en el penar.
Él sea bendito. Amén. Y nos dé amemos este gusto suyo. Amén. 
Misericordias comunidas nº  47


[1] Nota del confesor en el encabezado del cuaderno original. El copista lo escribe como nota al margen.
[2] Nota del copista al margen: “Este § [cuaderno] escribió la Sierva de Dios antes del otro, en orden”.

08 febrero 2016

Carta de M. María Evangelista al P. Gaspar de la Figuera (S. J.)


No tengo para esta Cuaresma otra cosa de más aliento que enviar a Vuestra Reverencia, sino el traslado de esas mercedes que hizo nuestro Señor a una persona que necesitaba harto de esos celestiales consejos. No va trasladado palabra por palabra, que fuera alargarlo, sino sola la substancia.
Un día en la comunión tuve gran recogimiento y en él me mostró Su Majestad lo mucho que había obrado por medio de la cruz, y que por ella tenían vida todas las cosas. Y a mí me había hecho merced de darme luz de esta verdad y parte en esta vida, y que su providencia amorosa disponía con suavidad y fuerza hasta lo más menudo de mi camino, allanándome muchos pasos que a mí se me hacían agrios. Viendo yo, y reconociendo con agradecimiento y confusión todo esto, me humillé y admiré mucho de lo que hacía Dios con una criatura tan baja y tan indigna a este afecto. Me respondió el Señor: ¿De qué te espantas? ¿Tú y Yo no somos una misma cosa? ¿Como Yo bocado a mi mesa que no te dé de él? Volvime yo a admirar mucho más de oír esto y Su Majestad me recogió aún más adentro de lo que estaba, que no sabía de mí, y allá, al modo como habla allí sin palabras a su Dios el alma, le dije las simplezas que yo suelo: Señor, ¿por qué decís eso? ¿No veis que habláis de Vos, con quien no se puede comparar nadie? Respondiome: Hija, esto es así, ¿Yo no te llevo por mi camino? Si Yo di a mi naturaleza cruz, la di a la tuya. Si le di luz y gozo en la esencia divina, también, conforme a tu cortedad, te la he dado. Si se ha dicho contra mí, también permito que se diga contra ti. Si he sido tenido por embustero, también tú. Si que había Yo blasfemado, de ti lo dicen. Porque Yo te he dicho que torno a ser concebido en las almas, y me dan allí sustento y me fomentan, y con ser verdad mía la han tomado los ciegos por blasfemia, como cuando dije que era Hijo de Dios. ¿Pues esto no es comer a mi mesa de mi manjar, como tú comes a mi plato? También, ¿no has visto cómo una persona se mira a un espejo y ve su persona como transformada en el espejo, que parece se ha pasado allá? Así, Yo te he escogido y mirado como espejo, y voy trasladando mis obras y pasos, como tú puedes y tienes capacidad en ti, gozándome de verlas todas en ese pequeño espejo. Por eso mi sabiduría ha permitido tantas sinrazones, porque en obrar tú en cruz fuese parecida a mi obra en ella. Y si reparas, de tus trabajos y cruz hago Yo medios para socorrer a las almas, que por eso, cuando tú estás cansada, tomo Yo el fruto de tus trabajos, y juntándolo con el mío, que es infinito, saco muchas almas de penas de Purgatorio y hago otras muchas mercedes. Que quiero Yo que tú y Yo seamos una misma cosa, transformándote tú en mí, y por esto te he hecho semejante, en cuanto tú puedes llevarlo, según tu pequeñez.
Aquí me enseñó la cruz como un panal, que toda estaba llena de dulzura para el alma, y decía Su Majestad que, así como todo el panal está dispuesto para llenarse de miel, así se dispuso la humanidad de Cristo para llenarse de cruces, por amor y remedio del hombre y para sustento suyo. Que había sobrado para todos los bienaventurados y lo tenía repartido, este divino sustento, por los sacramentos, que son frutos de la cruz. Por no conocer nosotros este valor y esta su substancia de la cruz, más dulce que la miel, carecían los hombres de vida y de luz, por huir de esta sombra de penas que la tiene escondida. También dijo nuestro Señor que los que no aman la cruz ni obran en ella padecen mucho más, porque padecen sin alivio ni fruto, por no ser ayudados de Su Majestad, como los que llevan su cruz, que va el mismo Cristo con ellos; y en los mismos gozos que buscaban hallaban tormento, porque no son los de esta vida contentos como parecen. Mas los que buscan a Dios en cruz lo hallan, que es gusto esencial porque no está ni descansa sino en la cruz, y en viendo en ella al alma, la mira como a su regalada, y con ella tenía sus delicias y no apartaba de ella sus ojos.
Por que Vuestra Reverencia estime las astillas pequeñas que le fía nuestro Señor y no se tenga por olvidada, ni se ahogue de que se acuerde tanto, sino que tenga hambre insaciable de este Árbol de la Vida, cuyo fruto es todo cruces. Avíseme del recibo y qué va nuestro Señor disponiendo en Alonso de Ojea. [1]
Dios me guarde a Vuestra Reverencia, como deseo.
María Evangelista



[1] Habla ya de los trámites de fundación del Monasterio de Casarrubios
[2] Nota del copista al margen: “Este mismo año se fundó, por octubre, el Convento de Casarrubios. 1634”.