04 octubre 2016

Diario de oración M.C. Nº 60


Otra vez me recogió el Señor, y metida yo en aquella luz inmensa –no con los sentidos corporales, porque la naturaleza no percibe nada de aquel purísimo ser– allí tenía lo que había necesitaba, que era a Dios, y en Él tenía el entendimiento pastos abundantes. Dijo el Señor:
Esta es la bodega de mis vinos, adonde se gusta de mí.
Yo me hallé en una inmensa anchura y vi estaban en ella todos los nacidos, y que muchísimos no gozaban de este bien ni gustaban de este vino. Yo le pregunté al Señor por qué no daba a todos de aquel vino. M respondió:
No entran en mi casa sino mis amigos. A estos muestro mis riquezas y doy mi pan y mi vino. Y si de las sobras se da algo, se lo sacan fuera, que son las migajas que pedía la cananea[1].
Yo, espantada de que me metiese a mí, le dije: ¿Pues cómo me dais a mí tanto? Dijo el Señor:
 ¿No puedo hacer Yo, de mi hacienda, lo que quisiere?
Y me mostraba cómo no hallaba vasos en que echar este su vino precioso, y la gracia especialísima que me había hecho en haberme escogido para vaso suyo desde su eternidad. Y conocí cómo Su Majestad hace como dueño y reparte su hacienda entre sus criados, más o menos, como el Señor gusta.
Reparando yo en mi simpleza y cómo osaba preguntar a un Señor tan grande mis ignorancias y boberías, me dijo con grande amor:
María, Yo gusto mucho de tus preguntas. Soy como un padre que se entretiene y gusta que -su hijo- le pregunte sus dudas para satisfacerlo; por eso, en lo que te muestro, dejo algunas obscuridades de industria para que me las preguntes y así las percibas mejor, como quien desea saberlas. Y si reparas, a un punto es la pregunta y la duda, con la resolución y la respuesta. Y no te dé pena no saber decir todo lo que en mí ves, que ninguno que gusta de mi vino sabe decir a qué sabe. Solo para mí se queda eso.
En ésto me acordé de la ausencia de mi confesor y le dije: ¿Cómo, Señor, no me traéis a mi confesor, que ya tarda? Dijo el Señor:
Yo no lo necesito a él para guiar a mi oveja. Yo la guiaré siempre y sustentaré en mis pastos, donde no hay falta ninguna. Su frescura y sus  fuentes son eternas. Yo quiero a tu confesor para que te proteja al modo que protegió a mi Madre, José, y así Yo voy perfeccionando mi obra.
Habiéndome dicho Su Majestad, en un gran recogimiento, lo que Cristo Señor nuestro había amado la cruz y lo que en su interior había obrado en ella, que es indecible, sin descansar un solo instante de su vida, llegó a mostrarme cómo los mismos ángeles habían entrado a la vista clara de Dios por la cruz. Y, por no adorarla ni estimarla, los soberbios están condenados, porque les pareció cosa baja tener por rey y señor un crucificado. Y decía el Señor cuán ingratos habían sido los demonios después  de haber recibido de Dios el ser y tantos beneficios. Y viendo que era aquel su gusto y decreto eterno, y sabía que no podía Dios errar, se olvidó de todo por no aceptar lo que Dios le mandaba. Y después me mostró el Señor cómo los santos ángeles habían entrado a ver a Dios por la cruz, porque de ver a los compañeros tan ciegos y duros en su juicio, y rebelados contra su criador, les dio tan grande tormento cuanto tenía cada uno de celo a la gloria de Dios. Y así, padecieron lo que ellos y su criador saben.
Otra vez me mostró el Señor algunas almas que lo buscaban y deseé me mostrase una de quien yo tenía mucha relación. Me la mostró y vi que el Espíritu Santo estaba en ella y que le daba muchos dolores que padecer. Mas la honra y buen nombre se lo defendía con mano poderosa, y hacía la venerasen todos por lo que de verdad era: sierva suya. Y luego me mostró mi camino, todo turbación y dichos, y esconder cuantas mercedes me hacía y las que se descubrían para más desprecio y murmuraciones. Yo, sin mirar el respeto que le debía, le dije: ¿Habéis visto, Señor, lo que estáis haciendo? Jesús, ¡qué cosas tenéis! Por cierto, que tenéis gracia en deshacerlo todo. Y parece que me enojaba de verlo deshecho. Dijo el Señor:
En aquel camino estoy Yo y en este también: Yo guío el uno y el otro.
Yo le pregunté enseguida: Señor, ¿pues cuál es el mejor? El Señor dijo:
¿Eso me preguntas? No me has de preguntar sino cuál camina mejor por su camino, que en eso está vuestro crecimiento. El camino de cruz, siendo el mío, no hay duda que es el mejor; porque es tesoro escondido y porque no es de gusto del hombre, no lo busca. En este camino de cruz está la vida del alma y los tesoros de mi luz y el descanso de mis ovejas. El hombre vano busca su descanso en cosas altas, aunque me busque a mí, y no estoy ahí, sino en las bajas de mi humildad, de mi cruz y de mi muerte. Ahora hay algunos presumidos que enseñan ser cosa baja pensar en mi pasión y mi vida, y no ven los ciegos que por seguir mis pasos se sube a la alteza de mi contemplación, porque soy la escala donde está el mismo Dios. Y para llegar a unirse con mi gusto se han de unir con la cruz, donde Yo lo tengo puesto como paso forzoso para llegar a mí. Porque la voluntad que se une con la cruz, se une con la voluntad de mi Padre y halla todo lo que es de su gusto. Y la llave con que se abren los secretos de aquel libro que Yo abrí por mi muerte, no la saben mirar los que se aman a sí y a su estima, y por eso buscan caminos por el aire.
Misericordias continuadas nº 60
  [1] La fe de la cananea,  Mt 15, 21-28: Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

30 septiembre 2016

SÍNTESIS BIOGRÁFICA DE MADRE MARÍA EVANGELISTA


INTRODUCCIÓN

Hay bastantes testimonios escritos en los archivos de los Monasterios de las Huelgas de Burgos, el de Santa Ana de Valladolid y en el de Santa Cruz de Casarrubios del Monte, que nos dicen quién fue esta monja, en apariencia desconocida. Solo en apariencia ya que en el Monasterio de Santa Cruz, fundado por ella, siguen vivos el recuerdo, el amor y la devoción de sus hijas, que han luchado y siguen luchando por continuar la obra por ella comenzada, tratando de imitar el ejemplo de su vida santa.
Por lo demás, los archivos de los monasterios de las Huelgas de Burgos, Santa Ana de Valladolid y el de Santa Cruz de Casarrubios contienen abundante documentación y escritos que dan fe de su santidad. Son documentos que proceden de diferentes personas y lugares.
Citamos las personas que juzgamos más fidedignas. Entre ellos están sus confesores que, generalmente, lo eran también de la comunidad de Santa Ana primero y de Santa Cruz después. El primero fue el P. Gaspar de la Figuera, sacerdote jesuita, hombre de grandes talentos y consumado en la Teología Mística. Es autor de un libro que titula Suma Espiritual y que en 1728 ya se habían hecho once impresiones. Según D. Pedro de Sarabia en ese libro se refleja la doctrina y vida de María Evangelista aunque sin mencionarla.
Otro de sus confesores y testigo destacado de la acción de Dios en el alma de María Evangelista, fue el P. Francisco de Vivar, monje cisterciense[1]. Fue Procurador General en la Curia Romana y muy célebre en la Orden por su sabiduría y virtudes. Fue también amanuense de María Evangelista en algún momento,  escribiendo las experiencias espirituales que ella le dictaba. Fue también su defensor cuando a esta se la acusaba injustamente, tutelando su  santa y sublime doctrina[2].
Está también el P. Lucas Guadin, jesuita, que acompañó espiritualmente la vida de la M. Evangelista en los últimos años de su vida: Padre de grandísimas prendas y espíritu, era Calificador de la Santa Inquisición.
Otros testimonios son el del P. Juan de Tudela, religioso capuchino que fue confesor de la comunidad de Casarrubios en vida de M. Evangelista. El P. Francisco de San Marcos, carmelita. El del maestro Fr. Tomás Gómez Caucense, que ya por entonces publicó en la prensa algo de la fama de santidad que tenía cierta religiosa lega de Valladolid, llamada Evangelista. Están también los testimonios del ilustrísimo señor D. Diego Escolano, obispo de Segovia, y el del doctor Francisco Rodríguez de Neira, abad de San Esteban de Beade[3].
Por último, aunque no la conocieron personalmente, se debe mencionar la labor realizada por D. José Rodrigo y D. Pedro de Sarabia. D. José Rodrigo (s. XVII-XVIII) trasladó multitud de manuscritos originales, escritos tanto por la Madre Evangelista como por sus confesores. Gracias al rigor y fidelidad a los originales de estas copias, así como por su pulcra grafía y presentación, es posible en la actualidad acceder a la lectura de toda esta documentación, cuyos manuscritos originales tienen una legibilidad compleja, bien por lo borroso o complejidad de la caligrafía original, bien por el deterioro físico de los manuscritos. Por su parte, D. Pedro de Sarabia (s. XVII-XVIII) fue párroco de Casarrubios, y conoció de la santidad de vida de M. Evangelista por el testimonio de la comunidad de Santa Cruz inmediatamente posterior a la coetánea de M. Evangelista. Realizó la esmerada tarea de escribir la primera biografía de la M. Evangelista, para lo cual recapituló numerosos documentos y testimonios. Así, de Cigales, su pueblo natal, recogió documentos guardados en el archivo parroquial y diversos testimonios de vecinos que la conocieron. Tal y como él mismo admite, los manuscritos transcritos por D. José Rodrigo fueron muy valiosos para realizar su tarea, por el celo y pulcritud con que estaban escritos, ahorrándole la dificultad de leer los originales. Es de suponer que también tuvo acceso a cartas y documentos originales guardados en los monasterios de Santa Ana y de Santa Cruz, y que fueron escritos por monjas que conocieron a la Madre y que fueron testigos presenciales de las misericordias con que Dios la colmó, así como de sus virtudes y hechos heroicos. Esta completa biografía sobre la vida de M. Evangelista ha llegado a nuestros días en varios manuscritos que se conservan en muy buen estado en el monasterio de Santa Cruz.
No se puede dejar de mencionar los testimonios que no contradicen nada a los anteriores, sino que los confirman: son los que dan fe de la santidad de M. María Evangelista manifestada en su vida práctica cotidiana. Estos son los de las personas que convivieron con ella en Cigales, el de sus hermanas del monasterio de Santa Ana de Valladolid y el de sus hijas del de Santa Cruz de Casarrubios del Monte.
Procedentes de estos dos monasterios hay tres cartas, que son pequeñas biografías de M. Evangelista. La primera y más antigua está escrita por M. Francisca de San Jerónimo, en 1640, y la dirige al P. Lucas Guadin desde Casarrubios, pues fue una de las fundadoras, Priora en vida de la M. Evangelista y Abadesa al morir esta. La segunda carta, de 1663, es de M. Micaela María, monja de Santa Ana de Valladolid y fundadora del monasterio de Lazcano, desde el que envía su carta a la M. Gertrudis del Santísimo Sacramento, abadesa del de Santa Cruz de Casarrubios. Esta monja fue testigo presencial algunas gracias místicas que Dios le concedió ya en Santa Ana y que, para gloria de del Señor, se manifestaron claramente al exterior. La tercera carta fue escrita por Madre Ana de Jesús María, abadesa del monasterio de Santa Ana de Valladolid, en 1665, año en que la escribe para enviar también a M. Gertrudis de Casarrubios. Esta monja fue compañera de M. Evangelista en el oficio de ropera, por lo que tuvo ocasión de conocerla bastante íntimamente.
Finalmente, existe una Relación-Historial escrita por M. Gertrudis, monja del monasterio de Santa Cruz, como hemos dicho ya. Describe con detalle la historia de la fundación y de sus fundadoras desde que se empezó a tramitar aquella, así como diversas circunstancias de la vida espiritual y virtudes de la Madre María Evangelista.
Estos testimonios son las fuentes en las cuales hemos recogido todo el material para esta síntesis biográfica. Nada se afirma que no esté escrito en estos documentos.

Niñez y adolescencia de María

En la villa de Cigales, pueblo de la provincia de Valladolid, vino al mundo Mª Evangelista el día 6 de enero de 1591[4]. Fue bautizada el día 18 de este mismo mes y le pusieron el nombre de María, ya que nació por la tarde, a la hora del toque del Ángelus. El P. Vivar lo señala como simbólico y significativo, porque esta María fue un vivo retrato de la primera María.
Sus padres fueron don Gonzalo Quintero y doña Inés Malfaz. Tuvieron cinco hijos. El primero fue Andrés, que se casó con doña María de Chaves, de familia noble; el segundo fue Gonzalo, que se casó con María Garrido, de cuyo matrimonio nació una hija que luego ingresaría como monja en el Monasterio de Santa Cruz; el tercero es Antonio, que fue sacerdote beneficiado de Preste y Párroco de Cigales; el cuarto hijo es Luis, que murió en la adolescencia; la quinta, fue María, que es de la que ahora nos ocupamos.
Los documentos que hay en el archivo, dicen que la posición económica y social de esta familia era acomodada, pues entre los familiares seglares hay Alcaldes mayores y ordinarios, Corregidores del Santo Oficio y Regidores. Entre los eclesiásticos hay Comisarios del Santo Oficio y Secretarios del Secreto de Pruebas[5].
También hay testimonios que nos informan de este matrimonio, que eran buenos padres, fervientes cristianos, de ajustadas costumbres y arreglado proceder; que no buscaban otro interés que educar a sus hijos en la virtud. Por eso, María repetirá muchas veces que se complacía en Dios de haber tenido progenitores tan buenos y que si ella tenía algo bueno se lo debía a sus padres; aunque la que tuvo especial influencia en la niña fue su madre, ya que don Gonzalo murió en 1592, cuando su hija apenas tenía un año.
Doña Inés era una mujer profundamente cristiana, que practicó la virtud y supo educar a su hija en ella. Se puede intuir que dado el carácter pacífico y bondadoso de la niña, no debió ser difícil educarla; los testimonios que hay de sus contemporáneos de Cigales lo confirman.
Igualmente se afirma que su madre la educó no solo con palabras, sino también con el ejemplo de su vida; fue maestra para su hija en la virtud, y la niña supo ser dócil a esas enseñanzas. María amaba, veneraba y obedecía siempre a su madre con prontitud, practicando asimismo lo que escribiría más tarde y se lo repetiría a sus hermanas en multitud de ocasiones: Dios no quiere discurso en la obediencia, sino resolución en todo cuanto manda que, si no, no se le da lugar para que Él descanse en nosotros.
Si bien María era una niña tan pacífica que raramente se enfadaba, no dejaba por eso de ser muy sensible y le dolían las indelicadezas y bromas pesadas, que a veces, por hacerla enfadar, le gastaban. Pero ya desde pequeñita fue consciente del sentido de la Cruz, y muy pronto entendió que por este camino Dios quería llevarla para asemejarla más a Él y hacerla de un modo muy especial partícipe de su “obra redentora”. Por eso, también, desde los primeros años de su vida comenzó a llevar la cruz silenciosamente.
De joven seguía siendo piadosa y modesta. Un testigo de Cigales escribe: Portábase de una manera que a la ancianidad pauta, a las canas espejo, a sus amigas norma y a todos admiración[6].
En la relación con jóvenes de su edad era ingeniosa y prudente; sabía barajar las conversaciones para que no se desviaran por caminos que pudiesen ofender a Dios. Igualmente, era enérgica cuando las circunstancias lo requerían. En muchas ocasiones liberaba a sus compañeras de ocasiones peligrosas y de bromas imprudentes que algún muchacho quería gastarles; María imponía respeto y obligaba a este a dejarlas en paz.
Los testimonios afirman repetidamente, que su vocación a la vida de oración empezó en su niñez, por lo que de joven pudo tener ya en esto especial influencia entre sus amigas, que no siempre la comprendían, pues, naturalmente, no experimentaban tan profundamente lo que ella les decía por experiencia propia.

Ingresa en el monasterio de Santa Ana de Valladolid

Las luces interiores, con los años, fueron creciendo tanto en María que al oír hablar
del Señor se suspendía con dulce embeleso de su alma[7]. Esto despertó en ella el deseo de hacer en su vida este ejercicio continuado, siendo religiosa en una Orden dedicada a ello.
Cuando tenía quince años se lo propuso a su madre, de la que no consta la respuesta, ni si se realizó por entonces algún trámite sobre este tema. Es posible que, de momento, solo se quedara en idearlo, por sobrevenirle a doña Inés la muerte el 14 de octubre de 1608.
La muerte de su madre no fue para María obstáculo para llevar a cabo, un poco más adelante, sus intenciones y deseos, ayudada por su hermano Antonio, sacerdote, que la asistió en todo momento hasta su ingreso en el monasterio de Santa Ana.
Don Antonio fue quien tramitó todo y, aunque tenía gran amor a su hermana y buscaba darle gusto siempre, se entiende que, permitido por la Providencia Divina para que resplandeciera más su gloria en esta alma, al gestionar la entrada de María en el monasterio, sin contar con su voluntad y su deseo, lo arregló todo para que fuese monja lega[8].
Se ignoran cuáles fueron los motivos que tuvo don Antonio para actuar de esta forma, ya que su hermana había heredado propiedades más que suficientes para pagar su propia dote, y consta que D. Antonio dio esa dote completa al monasterio de Santa Ana al entrar su hermana. Otro motivo que podría pensarse es que entendiera que su hermana no tenía preparación intelectual suficiente para ser monja de coro, aunque sí sabía leer y escribir, de lo que hay constancia bien clara. El tema es que María no sabía que hubiese dos clases de monjas y cuando se enteró era tarde para rectificar. Como tenía claro que su vocación no era de lega, pidió a su hermano que solucionase el problema. Pero los intentos de don Antonio por arreglarlo solo consiguieron sembrar inquietud en la comunidad, que interpretaba aquello como falta de humildad en María.

Toma de hábito

Cuando María se dio cuenta de que su anhelo de vivir cantando la alabanzas divinas en el coro no iba a ser posible en el monasterio de de Santa Ana porque la destinaban a ser monja lega, se sintió defraudada y quiso aclararlo con su hermano. Pero la comunidad de Santa Ana se negó a aceptar que María fuese monja de coro y no tuvo más remedio que aceptar, con su silencio humilde, tomar el hábito de monja lega el día 10 de mayo de 1609. Le pusieron el nombre de Mª Evangelista.
Esta contrariedad, como tantas otras que sufrió a lo largo de toda su vida, no fueron causa de amargura interior para ella, sino que, al verse vestida con aquel cándido uniforme, fue indecible el gozo que sintió, proponiéndose trabajar para que la blancura de la estameña de aquel hábito pasara a su alma. El Señor miró con tanto agrado su generosidad que le dijo: María, pues tú tienes cuidado de mí pensando en servirme, Yo miraré por ti y tus cosas, entreteniéndome en amarte[9].
Así empezó el año de noviciado María Evangelista y así lo continuó, no quedándose solo en deseos, sino llevando sus propósitos a la práctica. Toda la comunidad estaba admirada de la perfección que manifestaba en todo aquella novicia y decían de ella que era humilde con conocimiento, caritativa con amor, obediente sin interés, ágil sin precipitación, honesta, retirada, silenciosa y la más pronta al cumplimiento de las Constituciones y de la Regla[10].
Decía que la animaba mucho el celo de su Maestra, que era un ejemplo vivo de vida entregada a Dios en el cumplimiento perfecto de su cargo. Durante el tiempo de noviciado de María, su Maestra, haciéndose cargo de la situación dolorosa de esta su querida hija a la que conocía muy bien, le enseñaba latín sin que lo supieran las demás, esperando que un día el Señor manifestara claramente su voluntad acerca de la verdadera vocación de María. Esta cautelosa diligencia, más que de arbitrio humano, fue efecto de impulso divino[11], como podremos constatar más adelante.
La salud espiritual y la virtud que María manifestaba en su vida práctica, se daba también en la física; y así, pasó su noviciado con mucha salud, fresca, gorda y alegre[12].
Otra contradicción para María fue a causa del sobrenombre que debían imponerle. Por la ardiente devoción que profesaba a la Cruz deseaba que fuera este el que añadieran al de María, que era el de bautismo, pero los superiores eligieron el de San Juan Evangelista. No carece de símbolo en la vida de María, y así lo veían algunos de sus testigos. Su misión y su vida en el monasterio también era evangelizar, y ella era muy consciente de ello.

Profesión para monja lega

Terminaba el año de noviciado que, como dijimos, la novicia había pasado con perfecta salud de cuerpo y de alma, feliz y alegre, y de nuevo se sintió impulsada por Dios a intentar encontrar una solución para el problema de su vocación. Por eso decidió hablar a su hermano claramente:
          Cierto es, hermano mío, que expresé en el siglo un sumo deseo de ser monja. Que esta fue mi intención, este mi gusto, que otro ningún estado apetecía y que este sólo me llamaba. También es cierto que estoy firme en esta mi primera vocación y que a no conseguirla me parece, no asistiéndome Dios, que me muriera. Tanto me ahoga esta pena en lo humano, que necesitaría yo para mantenerme de todo el poder divino. Mas has de saber que nunca tuve más voluntad que a ser de coro y que no han sido otras mis pretensiones y ansias. No puedo negar que la parte de Religión en que me han puesto, en fin, como de Religión, es muy perfecta, mas para mí sólo la de corista tengo por proporcionada. Ésta es la que deseo, ésta a la que aspiro y para lograrla has de poner las diligencias, si hallasen en ti algún cabimiento[13] mis súplicas. Dirasme que cómo no te lo dije antes de entrar y te respondo que fue la causa mi ignorancia; teníala yo de que había legas, juzgaba que todas las religiosas eran de coro y que no había entre ellas ni la más leve distinción. Con que, cubierta de este velo, no te lo supe prevenir ni lo pudiera explicar
A don Antonio no le pareció tan difícil complacer a su hermana si le prometía a la comunidad aumentar la dote. Le expuso esto a la M. Abadesa, y ella lo comunicó a las monjas reunidas en Capítulo, pidiéndoles que lo pensaran La Comunidad se dividió entre quienes estaban a su favor y quienes la juzgaban por soberbia. Algunas le consultaron el caso al Capellán que las confesaba y asistía, y juzgó contra la pretensión de la novicia[14].
Las más se opusieron rotundamente y se manifestaron contra ella con amargas contradicciones, pidiendo incluso su expulsión del monasterio. Otras la defendían y suplicaban condescendencia, señalando las razones justas que la novicia tenía para pedir aquello.
Al enterarse su hermano de la situación, queriendo evitar a María semejantes complicaciones, habló con ella y le dijo que todo estaba ya arreglado a su favor, como ella deseaba, que sería monja de coro. Luego habló con la M. Abadesa y la hizo partícipe del mismo engaño, diciéndole que María estaba dispuesta a ser monja lega, por lo que se decidió que profesara el día 20 de mayo de 1610.
Pero María Evangelista no fue víctima de aquel engaño, ya que se dio cuenta perfecta, desde el primer momento, de la astucia de su hermano. Conscientemente se dejó llevar por aquel camino que la Providencia Divina le iba señalando, de aquel modo que parecía tan contradictorio. Dicen las testigos que el día de su profesión, tal humildad y serenidad manifestaba, que las mismas que la contradecían vertieron lágrimas de compasión y alegría y que, habiéndola reputado de soberbia, en este lance la reputaron y publicaron universalmente por humilde[15].
El padre Vivar habla en el Defensorio y dice cuán grandes fueron las contradicciones que sufrió María Evangelista y con cuánta humildad y paz las llevó. También Madre Francisca afirma que estaba siempre clavada en una cruz, al ver que no podía seguir su vocación de monja de coro. Se gozaba de que ese fuera un medio para padecer en la cruz, asemejándose más en ella a Jesucristo. Y Madre Micaela deja bien claro que María Evangelista no se sentía víctima ni hacía drama de las incomprensiones:
Las que yo le vi padecer fueron con grande igualdad, y en lo exterior un semblante tan apacible y risueño como si no la tocara. Y aun se esmeraba en esto, con mucha especialidad, con los sujetos que más la contradecían y perseguían[16].
El testimonio de Madre Ana no se contradice con las anteriores:
Era de muy apacible condición y amable, por lo cual se daba a querer. Y sobre todo en las ocasiones que se le ofrecían en la comunidad de quebranto y humillación, que eran algunas, por permitir nuestro Señor que con santa intención, así preladas, a fin de probarla, como particulares, la ejercitaban en la paciencia, que era tan grande que admiraba. Yo, como testigo de vista, que la tuve a mi lado cuatro años, en este tiempo puedo asegurar que no le oí palabra de queja ni sentimiento de nadie, sino una igualdad y serenidad de ánimo que parecía un ángel, sin mudar semblante en ocasión ninguna[17].

Monja lega en Santa Ana durante diecisiete años

Como el oficio de las legas era principalmente el de cocineras[18], en la cocina pusieron a María Evangelista, obligación que cumplía con toda perfección y alegría. Pero Dios no quiso dejar de manifestar que sus designios sobre ella eran otros. Apenas ejercía un poco de tiempo este oficio, enfermaba tan gravemente que en alguna ocasión hasta la dieron por muerta. Estas enfermedades, con sus convalecencias, duraban largas temporadas y se repetían tantas veces cuantas volvía a la cocina.
La comunidad, cansada de ver que era inútil empeñarse en querer lo que Dios no quería, decidieron ponerle un oficio propio de una monja corista[19]. El primero fue el de ayudante de la ropera, que lo era por entonces la M. Ana, la cual se sentía tan feliz y gozosa con semejante compañera, que se negaba a querer ceder tanto tesoro cuando la enfermera la pidió para ayudante en la enfermería. Como Dios quería que también Mª Evangelista resplandeciera en la caridad, dispuso que la M. Abadesa sentenciara a favor de la enfermera[20].
Cumplió en este oficio con la misma perfección que había cumplido en la cocina y ropería, pues su trato era dulce, su conversación afable, la asistencia con alas, el cuidado sin melindre, el celo sin asco, el desvelo sin fastidio, y era en un todo toda para aliviar y consolar a las enfermas
Así lo ha dejado escrito la M. Francisca de San Jerónimo: En cualquier cosa que la ponían lo hacía con particular gracia y liberalidad (…). Era el consuelo de las melancólicas, la que pacificaba a las que se turbaban, la que acompañaba a las enfermas (…).En viéndose alguna apretada, luego decía que la llamasen, a Sor María Evangelista. Tomábanle las manos y poníanlas adonde les dolía. Quitábanle el rosario y quedábanse con él; y otras demostraciones de estima, porque era imposible dejar de conocer la virtud que allí resplandecía[21].
Y M. Micaela: En otra ocasión estaba yo en cama y me sobrevino un dolor a una sien, que con mi poco sufrimiento me parecía no podía tolerarlo. Llegó a verme la Madre Abadesa que era entonces y, sabiendo cómo estaba, me dijo como en chanza (porque no frisaba bien con ella): “Diga vuestra caridad a la santa que le ponga la mano para que se le quite el dolor”. Yo le respondí: “Mándeselo Vuestra Reverencia”. Envió a llamarla y mandóselo. Y fue cosa maravillosa, que traerme dos o tres veces la mano por la sien y quitárseme todo, fue uno. Y como yo me maravillase de hallarme con aquella brevedad libre del dolor, dijo, encubriendo con su humildad la merced que le hacía nuestro Señor: “Mire, debía de ser alguna frialdad la que le causaba el dolor, y como apliqué el calor de la mano, con eso se ha divertido”. Y aunque yo me la había puesto harto rato no se me había aliviado. Y no sólo se me quitó, sino que jamás lo he tenido otra vez de aquel género y fortaleza[22].
En lo interior, Mª Evangelista volaba cada vez más alto. Basta con leer lo que, por mandato de sus confesores, dejó escrito para darse cuenta de ello. Pero así lo afirman también los testigos. Su santidad se manifestaba en su sencillo quehacer cotidiano, hasta el punto de que muchas monjas, cuando se hablaba de su santidad, comentaban que no parecía tal, ya que no hacía grandes penitencias ni hacía horas especiales de oración.
Los testimonios escritos de sus compañeras y conocidos, coinciden en que recibió gracias especiales que se manifestaron en alguna ocasión al exterior en forma de fenómenos místicos, habidos especialmente en una época de su vida, entre 1629 y 1633. M. Ana refiere:
En otra ocasión me dijo el padre confesor -que era el que queda referido-, que deseaba hacer una mortificación a la Sierva de Dios y, juntamente, satisfacerse de una misericordia que el Señor había hecho a su sierva imprimiéndole las llagas, aunque interiormente; y que si me la enviase a mí, le mirase con atención las manos.
Y un día, después de haber comulgado, saliendo del coro me llamó. Y con gran turbación y confusión de la grande humildad que tenía, toda temblando me dijo: Mira, que nuestro confesor me envía acá para que me veas las manos. Y añadió: Dios me lo reciba, que sólo la obediencia puede obligar a esto. Entonces yo le tomé las manos y dije: Pues obedezcamos todos. Y vi que tenía en la palma un agujero, aunque tapado con el pellejo, del tamaño de un cuarto segoviano, y estaba como morado. Y levantando la mano se transparentaba de una parte a otra. Y tentándola yo no había de por medio sino los dos pellejos: el de la palma y el de encima de la mano. Esto fue en ambas manos. Tuve deseo de hacer experiencia en los pies y costado, y por verla tan turbada y temer no le diese algún accidente, según era su aflicción, no me atreví. Esta misma experiencia mandó el confesor hiciese una hermana mía y vio lo mismo, y creo lo tiene escrito. Y hoy es fundadora del Convento de Santa Ana de Lazcano[23].
En referencia a esta carta de Madre Micaela, fundadora del convento de Santa Ana de Lazcano, recogemos este extracto:
Hízole nuestro Señor merced de imprimirle sus santísimas llagas. Y nuestro padre maestro fray Francisco de Vibar –que era confesor entonces– le mandó las mostrase a algunas, entre las cuales fui yo, aunque indigna. Un viernes me las mostró en las dos manos, las cuales las tenía que se conocía estar con gran dolor. Era un círculo redondo amoratado, como que debajo del pellejo había agujero. Y como era tan humilde, mostraba en su apacible semblante tanto encogimiento, que yo lo tuve grande de no afligirla, que no me detuve a mirar muy despacio, ni la toqué[24].
Hubo más fenómenos místicos como la impresión de los estigmas de la Pasión, el de hierognosis, mediante el cual distinguía las formas consagradas de las que no lo estaban, discernimiento de conciencias espíritu de profecía y bilocación,  entre otros.

Profesión para monja corista

Durante estos 17 años, sus confesores, P. Figuera y P. Vivar, con algunas hermanas de comunidad, varias veces intentaron poner en trámite el asunto de su profesión para monja de coro, porque lo consideraban justo y querido por Dios. Y esta lucha fue dando fruto poco a poco. Después de superar grandes dificultades de toda índole y de bastantes intervenciones especiales de Dios, la M. Abadesa de Santa Ana de Valladolid, que era de las más contrarias a esta profesión, se decidió a pedir permiso a la señora abadesa de las Huelgas de Burgos, sin ganas de llevarlo a cabo, por lo que actuó con astucia para que el tema quedara zanjado según sus deseos.
Un día llamó al confesor y le pidió que consultase el caso con la abadesa de las Huelgas de Burgos, quien, como superiora, decidiría lo que se había de hacer. Pero ella, a su vez, escribió secretamente a aquella señora abadesa previniéndola que, cuando llegase la carta del reverendísimo Vivar, no diese oídos a su súplica. Las cartas se escribieron por los dos, mas la respuesta fue distinta de aquella que se esperaba. A Vivar se le pidió lo siguiente: Consúltese con hombres doctos y personas virtuosas y remítasenme los pareceres. Por ello, Vivar propuso a la abadesa pedir la opinión de sujetos de todas las religiones, entre ellos también cistercienses. Pero las personas elegidas fueron las que quiso la abadesa de Santa Ana, que obligó a que fueran únicamente de la Compañía de Jesús, supuestamente porque pretendía que dictaminaran en contra. Aún así dictaminaron que María Evangelista debía profesar como monja de coro. Los trámites no terminaban aquí. La Abadesa de Burgos envió un delegado con la orden secreta de que presidiera la votación de la comunidad sobre si María Evangelista debía profesar y, si un solo voto tenía en contra, no profesaría. Ninguna sabía nada de esta orden. Con la Abadesa y buena parte de la Comunidad en contra de esta profesión, se precedió a la votación, y el resultado fue que no había un solo voto negativo.
Concluido el acto, se pasaron a la Sala del Capítulo y allí, en presencia del comisario y de toda la Comunidad, leyó la Carta de Profesión Evangelista. Y quedó profesa para coro en el día de la Dominica Infra Octava de la Visitación de Nuestra Señora, del año de 1626, después de haber durado un año la pretensión[25].
Fueron tantas y especiales y claras las intervenciones de Dios que hubo en esto, que las testigos presenciales dicen que todas quedaron convencidas de que el Señor quería hacer grandes cosas por medio de aquella alma. Con este final que podemos tener por milagro, las inquietudes de la Comunidad se convirtieron en paz, como lo dice la Madre M. Francisca de S. Jerónimo: En este tiempo todas estaban en un mismo sentir; y así, estaba el convento todo vertiendo alegría, pues no se puede encarecer el regocijo que hubo en esta ocasión, que no se ha visto en otra.

Fundación del Monasterio de Santa Cruz en Casarrubios del Monte

El Reverendo P. Damián Yáñez Neira, monje del Monasterio de Osera, en un artículo suyo publicado en la revista Hidalguía sobre el P. Francisco Vivar en el IV centenario de su nacimiento, afirma en una de sus notas:
Si todas las obras de Dios están marcadas por el marchamo de la contradicción, la fundación del monasterio de Casarrubios del Monte tuvo todo en contra desde el principio. Comenzando por la propia fundadora, que fue tratada de isionaria, embustera, alucinada y ni siquiera era monja de coro cuando le comunicó al padre Vivar -su confesor- que, en un éxtasis, Dios le había revelado que, andando el tiempo, llegaría a ser fundadora y primera Abadesa de un monasterio de la Orden. Luego, el pueblo de Casarrubios se negaba a admitirlas. En el viaje, el enemigo volcó el carruaje de las fundadoras al borde de un precipicio, etc.
Pues sí, las dificultades fueron grandes y en proporción también las intervenciones milagrosas de Dios. No hay duda, cuando alguna obra es del querer de Dios y nosotros buscamos ese querer y no el nuestro, que no hay dificultades que se resistan. Cuenta la Relación-Historial de la fundación del monasterio, que después que M. María Evangelista había comunicado a su confesor el desconcertante asunto revelado, llegó a Valladolid un matrimonio procedente de un pueblo de Toledo, Casarrubios del Monte. Eran don Alonso García de Ojea y doña María Rodríguez, que se establecieron en la ciudad con el fin de seguir más de cerca un pleito que tenían entablado con el conde de Rivadavia.
La casa en la que residían estaba al lado de la capellanía de Vivar. Pronto surgió íntima amistad entre el matrimonio y el religioso y, en alguna de sus conversaciones, este les habló de la humilde religiosa de Santa Ana, a la que el confesor admiraba por su vida santa y a la que en más de una ocasión había defendido ya de las malas lenguas. Las ocasiones para seguir defendiéndola no se habían terminado y ello le costó a él grandes humillaciones y contrariedades. El matrimonio deseaba conocerla y fueron a visitarla. No se decepcionaron, sino que les inspiró gran confianza y comenzaron a comunicarse con ella. Les atraía mucho su apacible y serena conversación.
En una de las visitas le comunicaron los deseos que tenían de emplear su hacienda en alguna obra pía, haciendo así al Señor heredero de sus bienes ya que no tenían descendencia. La intención que ellos tenían era la de edificar una capilla y fundar una capellanía. M. Evangelista los escuchó, como siempre, con mucha atención y luego consultó el caso con el Señor. También visitaron a la Madre Luisa de Carrión, que en este tiempo tenía gran fama de santidad, pero cuando la vieron y comenzaron a hablar, ni su persona ni su conversación les satisfizo, por lo que ya no le comentaron siquiera su proyecto de poner su hacienda al servicio del Señor, y concluyeron que sería María Evangelista su consejera.
Al volver a Valladolid el matrimonio se mostró aun más cariñoso y confiado con M. Evangelista y volvieron sobre el asunto de fundar una capellanía. La M. María Evangelista, que ya había confiado a su confesor lo que anteriormente el Señor le había revelado sobre que sería fundadora de un monasterio de la Orden, con santa resolución les dijo que la voluntad de Dios no era que fundasen una capellanía, sino un monasterio de bernardas recoletas.
Aunque el matrimonio se sorprendió y le exponían que esa era una empresa muy superior a sus posibilidades, ella les dio tales razones y tan fundadas en viva fe que, sin resistencia, aceptaron la proposición como si aquellas palabras las hubieran oído de boca del mismo Dios.
Vivar y María Evangelista comenzaron a tramitar lo que dependía de las monjas para la fundación y el señor Alonso volvió a Madrid también para comenzar a tramitar lo que dependía de él.
No le fue fácil a este señor conseguir todos los requisitos necesarios que de él dependían. La primera diligencia que hizo fue volver a Madrid para conseguir las licencias para dicha fundación. Por cierto, que al presentar su petición en el Consejo y dando razón de su persona, estado o hacienda, decía él mismo que advirtió que los señores del Consejo se miraban unos a otros, haciendo como irrisión de que un hombre de tal calidad y tan corta suficiencia emprendiese obra tan grande, y como que no tenía hechura. Sin embargo a juzgar por los documentos que hay, así como la abundancia de las escrituras de sus posesiones, esta desconfianza no estaba tan justificada[26]
 Se hizo Junta para tratar el tema de la fundación –parece que más por burla que como intento de favorecer la pretensión de D. Alonso- y se puso a votación. El resultado fue que todos los votos eran a favor de la fundación, sin que los votantes hubieran pensado votar a favor, sino contra ella. Por lo que la sorpresa entre ellos fue mayúscula. Dice la Relación-Historial que se miraban unos a otros admirándose de aquello y diciendo no podía ser otra cosa que un milagro y que no podían resistir a la voluntad de Dios. Con lo que el pretendiente de la fundación salió muy contento y gozoso y dando muchas gracias al Señor que, al primer paso que había dado en negocio de su servicio, le había favorecido tanto.
Envió la noticia de este acontecimiento a M. María Evangelista y al padre Vivar, y determinaron que la fundación se hiciese en Casarrubios. Partió D. Alonso hacia esta villa toledana muy contento con los pensamientos de su fundación y, estando ya anochecido, miró hacia el pueblo que ya divisaba y vio, en el sitio donde ahora está el convento, muchas luces a modo de luminarias, de tal suerte que juzgó que al día siguiente se celebraría alguna festividad en la villa. Lo preguntó con cuidado y le dijeron que no se celebraba ninguna particular, por lo que interpretó que el Cielo le señalaba el sitio que había de comprar para construir el monasterio. Dice la Relación-Historial que el Altísimo Todopoderoso lo tenía ya en tal disposición que, siendo en el mejor paraje de la villa, todas las casas que eran necesarias para labrar un convento capaz estaban desocupadas y no hubo dificultad en comprarlas.
El Consejo de la Villa le dio el permiso, pensando en que aquello no llegaría a nada. Todos juzgaban que era locura y arrogancia de D. Alonso semejante pretensión. Mas, cuando vieron que todo iba adelante, que ya había conseguido los permisos necesarios para venir las monjas fundadoras, se alborotó la villa y con grandes esfuerzos y conatos pretendían impedir que se llevara a cabo. No consiguieron lo que pretendían, y el Señor trocó sus voluntades de tan contrarias en favorables[27].

Viaje de las fundadoras hacia Casarrubios del Monte

Sigue la Relación-Historial narrando que, el día 25 de octubre de 1633 salían de Santa Ana de Valladolid las Madres fundadoras: Sor Mª Evangelista, Sor Francisca de San Jerónimo y Sor María de la Trinidad camino de Casarrubios del Monte.
D. Alonso de Ojea las acompañó en el viaje desde Valladolid hasta Casarrubios, junto con tres sacerdotes[28], no solo con decencia, mas con grande ostentación y mucha prevención y regalo. Adelantándose él propio a prevenir todo lo necesario, no fiando de nadie y con tantas muestras de devoción que, al tiempo que las Madres comían, él en persona las servía y de rodillas, con una admirable estimación y conocimiento del tesoro que traían.

Las contrariedades surgidas a lo largo del viaje fueron también numerosas y graves, como milagrosas pueden considerarse las soluciones a cada una de ellas. Grande también fue la oposición de los vecinos de Casarrubios a la fundación del monasterio, como jubilosa y entusiasta fue después la acogida que les hicieron a las fundadoras el día de su llegada a la villa:
Y habiéndose informado del día que las Madres fundadoras habían de salir de Madrid para Casarrubios, se adelantaron para prevenir el que saliesen los más principales de la villa a recibirlas. Hiciéronlo así y con más aplauso de lo que ellos pudieron desear, porque salió infinita gente y muchos de ellos a caballo con grandes muestras de alegría. Y al entrar en la villa repicaron las campanas de todas las iglesias y del Convento de Religiosos Agustinos, y salieron fuera del lugar con las chirimías y otras muestras de alegría cuanto ellos pudieran disponer.
Y se juntó tanta multitud de gente de todas las edades y estados, que referían los que se hallaron presentes que no quedó nadie en las casas. Y esto con tal regocijo y alegría cual jamás hasta entonces se había visto en Casarrubios del Monte, conociéndose que aquello, más que natural, era moción de Dios por el bien tan grande que les traía a esta villa. Y en esta ocasión y entrada, dando nuestra Venerable Madre Mª Evangelista gracias a nuestro Señor, por este beneficio de haber mudado los corazones de aquellas criaturas y convertídolos en devoción y aplausos, le dijo su divina Majestad que lo había así dispuesto, a semejanza de su entrada en Jerusalén el Domingo de Ramos, porque la había escogido para que fuese una sombra suya y quería que le imitase en todo
Con esto no se resolvieron todos los problemas. Para la Madre Evangelista continuó el camino de cruz. D. Alonso no tenía hecha más fábrica que las tapias de la iglesia, pues la Madre quería comenzar la construcción de la casa una vez llegara ella junto con sus compañeras. Por lo que encontraron todo demasiado pobre y desacomodado, sin ninguna traza de convento. Les fue preciso ir dividiendo oficinas con unas esteras, a la traza de aquellas fundaciones antiguas que comenzaron con tanta pobreza e incomodidades. En algunos momentos llegaron a pensar que tendrían que volver a su convento de Valladolid, por lo que M. Evangelista le pidió al Señor que, puesto que las había traído, remediase tanto desamparo y falta de lo necesario. El Señor le contestó:
          María, Yo he dispuesto que halles las cosas en tanta necesidad y pobreza porque quiero –como te tengo dicho- que me imites en todos los pasos que Yo di en el mundo. Y esto que aquí se padece ahora es semejanza a la pobreza y desamparo que Yo y mi Madre tuvimos en el portal de Belén. Mas dígote de verdad que esta es obra mía y que nadie me la ha de impedir, porque Yo iré siempre delante de ella, como fui delante del pueblo de Israel cuando caminaba por el desierto: de noche, como columna de fuego, alumbrándolo y guardándolo; y de día, como nube, defendiéndolo de los ardores del sol.
La Madre quedó muy consolada y con ánimos para seguir luchando, confiada en Dios que suscitaría personas generosas que remediasen aquellas necesidades, como así fue. Empezaron a llegar limosnas de la Villa ya antes de cerrar clausura, y a surgir  bienhechores  como D. Juan Chacón, primo de los condes de Casarrubios, que era muy devoto de la M. María Evangelista, además de otras personas importantes, con posibilidades económicas y generosidad.  Después de cerrada ésta D. Bernardo de Rojas, primo del anterior, que señaló mensualmente una cantidad considerable mientras vivió. También, en este año, antes de cerrar la clausura, las visitó Juan García Dávila Muñoz, otro gran devoto de la M. María Evangelista que ya la había visitado cuando estaba aún en Valladolid por la fama que tenía de santidad. Al presente estaba al servicio de Su Majestad en el puesto de contador.
La Madre -movida de Dios, conociendo por inspiración de Dios lo que iba a sucederle-, le dijo que el Señor quería que ayudara al monasterio con sus donativos, pero él se excusaba diciendo que tenía muchos hijos y su sueldo no era grande. Pero ella insistió diciéndole que comenzara con pequeñas limosnas y que pronto experimentaría lo agradable que esto era a Dios. Así sucedió. A muy pocos días que comenzó esta buena obra, le hizo Su Majestad merced de su servicio del Consejo de Hacienda e, inmediatamente, merced del hábito de Santiago. Y a poco tiempo le hizo de su Consejo de Hacienda, con la privanza y valimiento que fue muy notorio al mundo en aquel tiempo del rey Felipe IV. A partir de entonces se obligó a dar todo cuanto dinero le pidiese la M. María Evangelista y lo cumplió hasta el final de su vida[29].

M. Evangelista primera abadesa

Gracias a estos señores bienhechores, la construcción del monasterio pudo continuar y el día 27 de noviembre de 1634 se cerró la clausura. Ese mismo día fue electa Abadesa Madre María Evangelista, y se dio el hábito a dos jóvenes que trajeron consigo desde Valladolid. Una era sobrina de Madre Mª Evangelista y otra sobrina de la Madre Mª de la Trinidad. Poco tiempo después entraron otras tres jóvenes de la misma villa de Casarrubios.
Todo en la fundación parecía que evolucionaba ahora favorablemente y la santidad de su fundadora debía evolucionar con un ritmo más rápido aún. En ella no sufría mengua la vida de intimidad y unión con Dios, a pesar de los múltiples trabajos y preocupaciones que se originan en los primeros años de una fundación. Estos trabajos recaían sobre tres personas solamente, que rara vez estaban en activo las tres, ya que las enfermedades de unas u otras se sucedían: Cuando M. Francisca convalecía de una enfermedad gravísima, cayó con otra semejante la M. Trinidad. Así es como se quedó sola, con todo, la M. Evangelista: dirección de las obras, noviciado, hospedería, etc.
M. Gertrudis dice: Era cosa de admiración que un sujeto solo, pudiese con tanto, sino siendo tan asistida -como era- de Dios nuestro Señor, que la había escogido para, por su medio, hacer esta obra, y que esto fuese a costa de trabajos y penas.
Otros golpes y cruces esperaban a M. Evangelista, pues apenas llevaba un año en su fundación de Casarrubios cuando, repentinamente, muere en Madrid el P. Francisco de Vivar y, meses más tarde, el P. Gaspar de la Figuera, sus confesores, de los que tanta ayuda necesitaba para llevar adelante su fundación además de para la comunicación de su espíritu  Mas tampoco este golpe la turbó porque el Señor la asistía y tenía muy fortalecida y llena de fe, y en lo interior iba Su Majestad aumentando esta casa por otros medios que no se pensaban. De tal forma que nunca le faltase la cruz, interior y exteriormente, porque el que le había dado las fuerzas sabía muy bien que eran muchas y así se la cargaba verdaderamente grande y pesada (…). Y así, era de gran admiración ver la asistencia a lo espiritual y temporal, y al consuelo de las monjas en una y otra materia, con menudísimos reparos nacidos de aquella su grande caridad, que salía al encuentro a las necesidades de sus hijas quitándoles el empacho que pudieran tener de manifestarlas por sí mismas
Sus trabajos e influencia benéfica no se limitaban a los del monasterio: A estas ocupaciones o cuidados se le añadía la continuación de seglares que, a la fama de su santidad, venían a comunicarle en diversas materias y negocios. Y con la experiencia de su afabilidad, y la grande salida que hallaban en todo cuanto le proponían, y el consuelo que recibían sus almas, lo continuaban sin cansarse. Y la santa Madre no se enfadaba de tan molesto ejercicio; pues la continuación de cartas que tenía, y a las que respondía, era también grande.
De esta época hay varios casos de conversiones muy difíciles después que M. Evangelista intercedió por aquella intención en particular. Entre ellas está la del conde de Casarrubios: El conde de Casarrubios, don Gonzalo Chacón, estuvo algunos años casado con doña Juana Zapata, tan divertido que mucho tiempo no hacía vida con ella. Lo cual comunicó dicha señora condesa con nuestra venerable Madre (…) encargándole que, muy de veras, le encomendase a nuestro Señor para que lo sacase de aquel estado (…). [La Madre] le escribió una carta y fue causa de enmendarse mucho; y se retiró de aquel divertimiento y comenzó a hacer vida con su mujer, mostrándose ya muy fino con ella (…). Acabó su vida muy cristianamente[30].

El Cristo de la Sangre

Tenía un arte especial para intuir la vocación en una joven. Señalamos una
concreta por lo que tuvo de influencia, no solo en la vida de la comunidad de entonces, sino que la ha tenido a lo largo de toda su historia y la sigue teniendo en el presente. Nos revela, asimismo, de un modo especial, la santidad de la M. María Evangelista. Se trata de una joven llamada María Téllez. Era hermosa, rica, con grandes cualidades humanas y muchos pretendientes, pero tan frívola que estaba muy metida en galas y mundo, y le ofendía la clausura y pobreza religiosa. Nada más ajeno a ella que las monjas. Un día se le obligó a acompañar a que iban a visitar a la M. Evangelista. María Téllez estaba tan contrariada, que no disimulaba el fastidio que sentía y la gana que terminase la visita para marcharse.
María Téllez había rogado dichas señoras que por lo menos se dilatase la visita para otro tiempo, por razón de que tenía algunas galas que disponer para la festividad de la Purificación de Nuestra Señora, que es muy célebre festividad en el convento de San Agustín de Nuestra Señora de Gracia, que se celebraba de allí a dos días. No pudo vencer a tales señoras y se fue de ellas vencida porque, sin entenderlo ninguna, era Dios el que las movía por tener ese día destinado para su conversión. Vinieron todas al convento bien ajenas todas de lo que sucedió.
Una de las señoras pidió a la Madre que abriese la puerta reglar para besarle la mano y recibir su bendición. Así se hizo. María se acercó también a besarle la mano, pero lo que hizo fue abrazarse a ella diciéndole: Por amor de Dios, Madre mía, que me reciba por hija, que yo lo tengo de ser y lo quiero ser, y no tengo de volver a mi casa. Porque si vuelvo mis hermanos me lo han de estorbar, que sé que no gustan que tome este estado. Nuestra Venerable Madre le dijo algunas razones para que por lo menos lo dilatase algún día y se pudiese disponer lo necesario para darle el hábito en público y con todos los requisitos que lo toman las demás, pero no consiguió vencer la determinación de la joven que entró en ese mismo momento en la clausura. Ella misma confesó después que mientras duró la visita en el locutorio no sintió el menor impulso de ser monja, antes deseaba que aquella plática acabase para volver a su casa. Llevó el rigor de la religión siendo admiración de todos los que la conocían, por lo regalona que se había criado en el mundo.
María Téllez trajo al monasterio su dote y ajuares, alhajas de valor, que las había y una pensión perpetua sobre rentas publicas. Ajustadas todas estas cosas (…), habló nuestra Venerable Madre en secreto a esta religiosa y le dijo que mirase si se le quedaba alguna alhaja en su casa que pudiese ser de provecho en el convento y a sus hermanos no les hiciese falta. A lo que respondió repetidas veces la religiosa que, habiendo hecho mucha reflexión y memoria sobre ello, le parecía que no le quedaba nada, que todo lo había dado y acomodado a Su Reverencia. Le dijo –porque debía haber tenido revelación de nuestro Señor por lo que después se vio- que si le quedaba alguna imagen o cuadro. A lo que respondió que una tabla tenía de Cristo nuestro Señor con la Cruz a cuestas, mas tan vieja y deslucida que no se atrevía a traerla. Mandole Su Reverencia que la pidiese y se trajo la Santa Imagen
Se afirma que estaba deteriorada hasta el punto de que al verlo algunas monjas decían que cómo se había atrevido a traer algo tan deslucido. La imagen del Cristo apenas se veía, parecía un borrón. No se aclara si se restauró para colocarla en un pozo en el claustro, pero así se hizo pocos días después de traerla. No tardaron las monjas en entender cuál era el valor de aquel cuadro:
El milagro fue en la forma que sigue. El día 17 de enero, que es San Juan Crisóstomo, del año 1648, viernes, pasando la comunidad en procesión con los salmos penitenciales, como es de orden todos los viernes del año, todas las religiosas iban en ella desde la primera hasta la última. Sin avisarse una a la otra, iban reparando que el Santo Cristo estaba muy demudado y, saliendo del coro después de haber concluido con los salmos, comenzaron a dar estas noticias a la santa Madre, todas allí en comunidad. Mas la santa Madre, que lo sabía mejor que no nosotras, convino en ello diciendo que era verdad; mas como Dios le había dado tan gran prudencia, mandó que por entonces que todas se fuesen a cumplir con sus obediencias. Y que después de dicha Tercia y una Vigilia y Misa cantada (…), volveríamos en comunidad a reconocer lo que había. Lo cual se hizo así, estándose la Santa Efigie con el mismo semblante de congoja y sudor, y el ropaje, que es morado muy oscuro, como de color de ceniza, de todo lo cual nos certificamos muy bien.
Viendo la Madre Evangelista que era tan cierto que sudaba sangre y agua, me mandó a mí, Sor Mª Gertrudis del Santísimo Sacramento –que soy la que escribo esto y estuve presente a todo-, que fuese a cierto lugar donde Su Reverencia me señaló y trajese un lienzo para limpiar la Santa Imagen. Lo cual hizo por su propia mano y supe después, por un confesor suyo, que le había dicho nuestro Señor: Tú sola, María, habías de ser la que me aliviaras y limpiaras de este sudor y congoja.
(…) No faltó ninguna de la comunidad al reconocimiento de este caso tan raro. Y sólo una religiosa se había quedado aquel día en la cama por un grande resfriado que padecía. Contámosle el caso y ella no dio crédito de ninguna suerte, antes a todas persuadía disuadirnos de que fuese verdad, y que podía lo uno resultar de la humedad del tiempo y lo otro ser ardid del demonio para perturbar la comunidad, con otras razones prudentes y humanas, porque ella tenía muy buena capacidad y de su natural tan incrédula, que hasta que veía con sus ojos y tocaba con sus manos no creía las cosas, lo cual estaba muy notado en la comunidad. Y siendo así que la Santa Efigie, a los ojos de las demás, volvió a su ser.
El domingo siguiente, y 19 de dicho mes y año, se levantó la religiosa para ir a confesarse, y llegando a hacer reverencia al Santo Cristo con su propia duda, se apareció a sus ojos tan demudado como todas las demás lo habíamos visto. Con que a voces comenzó a confesar que era verdad lo que la santa comunidad decía y que no le quedaba ya duda ninguna, sino grande devoción y fervor en su corazón.
Con este suceso se pasó la Efigie al coro y a la reja la tuvimos algunos días, donde acudió todo el lugar a visitarla y algunos enfermos se levantaron de las camas, quedando libres de sus enfermedades.
Reconociose en Su Reverencia un quebranto grande de corazón y unos dolores tan grandes en todo el cuerpo y cintura, particularmente, que nos dijo que parecía que se le hacía pedazos. Mandó a la comunidad que cantásemos el Miserere, que fue más llorado que cantado porque estábamos temblando la ira de aquel Señor.

Enfermedad y muerte de M. María Evangelista

Es significativo que, desde el día que la M. María Evangelista limpió el sudor del rostro del Cristo, padeció muchas penalidades y trabajos. En el mes de julio. padeció una gravísima enfermedad, a la que se añadió una inflamación de garganta muy penosa. Las monjas reconocen que sabían de su sufrimiento por los dos médicos que la trataban, pues la Madre lo disimulaba de tal suerte, con su paciencia y sufrimiento y alegría, que muy poco podían sospechar las monjas.
De esto mejoró e hizo prácticamente una vida normal hasta que el de noviembre que, de repente, cayó otra vez gravemente enferma, y el médico les dijo que le diesen la Santa Unción. Llamaron al capellán, fray Luis de Céspedes, de la Orden cisterciense, que había llegado al convento dos días antes. Confesó a la Madre y cuando le fue a dar el Santo Viático, para probar su espíritu dejó la Forma consagrada que tenía en las manos y le dio una sin consagrar. Al darle la Sagrada Forma en el instante que se la puso en la lengua lo conoció la santa Madre y dijo con grande ansia de su corazón: “¡Jesús, mil veces! ¿Qué me ha dado aquí, que yo con la luz que Dios la conozco que es forma seca?” Y con sus propios dedos la sacó de la boca y decía: “¡Jesús, qué fuerte tentación! ¡A nuestro Señor le tengo yo en mi corazón y esta forma está seca!” Las monjas le decían que era el Señor en la comunión, pero ella respondió: ¿También vosotras me mortificáis? Yo conozco que es forma seca. El monje se sintió tan avergonzado que se marchó sin decir una palabra, ni tampoco ordenó que purificasen los corporales ni cosa alguna. El segundo día después del accidente siguió con la propia quietud y sosiego hasta el tercer día, que fue el 27 de noviembre en que, como a hora de Completas, dijo por sí misma el salmo Qui habitat in adjutorio Altissimi…[31] con lindo orden y concierto.
Un poco más tarde M. Gertrudis, estando la comunidad presente, -que ninguna quería apartarse de allí, tanto cariño le tenían todas- se le acercó y acarició su mano, que tenía fuera de la ropa de la cama. Esta mano la tenía paralizada y no se la habían visto mover. Sin embargo, ella la levantó en aquel momento y la bendijo y dio muchos y buenos consejos, lo que fue interpretado como un vaticinio de que M. Gertrudis había de ser abadesa por muchos años, como así fue.
Murió ese mismo día entre las doce de la noche del viernes, 27 de noviembre de 1648, y el día siguiente, sábado.
Por requerimiento del pueblo estuvo su cuerpo dos días expuesto en el coro y en ese tiempo no se vació la iglesia de gente, haciéndose todos lenguas en alabanzas de aquella santa Madre cuyo cadáver veneraban con afecto piadoso y por la grande fama que había de su santidad y virtud.
Por circunstancias concretas, y sin duda providenciales, su entierro fue muy pobre en todos los aspectos. Hasta en esto se asemejó a Jesucristo, cumpliéndose así la palabra recibida del Señor en que le aseguró que su entierro sería a semejanza del que Él tuvo[32].

Algunos detalles más sobre M. María Evangelista

Algunos casos particulares que sucedieron durante su vida son dignos de mención. Entre ellos esta el caso del licenciado Juan Bautista Gallego, confesor de la comunidad, que cayó enfermo de unas tercianas muy perniciosas. Estaba tan grave que a juicio del médico, de las personas que lo asistían y de él mismo, la enfermedad era de muerte. Pidió que cerrasen la puerta y ventana y que lo dejasen solo para descansar un poco. Según relató él numerosas veces, en un momento concreto vio que entraba la M. María Evangelista, y llegándose a él le puso las manos sobre la cabeza, y al mismo momento desapareció la fiebre y se sintió completamente curado, no solo de esa enfermedad, sino también de otra crónica que sufría desde antes de asistir al convento, siendo así que, en treinta años que estuvo al servicio desinteresado del mismo, gozó de plena salud hasta su muerte.
Otro caso le sucedió a este mismo padre: M. Francisca le dejó para leerlos unos cuadernillos escritos por la M. María Evangelista. Este no acababa de devolvérselos y M. Francisca estaba muy preocupada. Un día se sintió impulsada por Dios a abrir un baúl que tenía y encontró allí los cuadernillos. Comunicó esto con el confesor y quedó sorprendido. Miró en el lugar donde él los tenía en su casa y allí no estaban ya. Él, que no era muy dado a creer en milagros, no pudo más que aceptar que aquello lo era y creció su admiración y devoción hacia la M. María Evangelista.
Otro caso fue que a la hermana del licenciado Luis García (que fue después capellán del convento, como profetizó M. Evangelista), le sobrevino una enfermedad de un parto. Le dio un delirio y  no quería confesarse. Su hermano se la encomendó a la Madre y se fue a Madrid a verla. Cuando llegó, su hermana estaba en su sentido y pidiendo confesión, le dijo: Has de saber, hermano, que ha estado conmigo esta noche la Madre Abadesa del convento de Santa Cruz de Casarrubios, y me ha dicho que me muero y que es voluntad de Dios que me confiese. Lo cual hizo con grande devoción y admiración de todos. Y perseveró como un ángel hasta dar su alma al Señor[33].
Se podría continuar con casos semejantes, tanto de curaciones físicas como espirituales.

Descubrimiento del cuerpo incorrupto

Después de haber pasado cinco años de su muerte, sus hijas todas hablaron en la recreación de los deseos que tenían de ver si se había cumplido lo que el Señor, ya cuando estaba en Santa Ana de Valladolid, le había revelado a M. Evangelista de que su cuerpo no se corrompería. Pidieron permiso a la prelada, que era la M. Francisca de San Jerónimo, para abrir la sepultura, que estaba en la Sala Capitular, permiso que les fue dado pensando que no tendrían ánimo para ejecutarlo.
El día 21 de octubre de 1653, las mismas monjas durante la noche comenzaron a cavar para abrir la tumba, y así como se quitó la tabla del ataúd, lo vimos todas por algún rato. Para más certificarnos, sobre el hábito blanco tenía un manto azul y bordado de estrellas[34]. Y fue tan grande el regocijo de todas de ver aquel prodigio, que levantamos todas la voz diciendo: ¡Vestida está de hábito de la Concepción…![35] Lo cual oyó una seglar vecina del convento, y muy afecta de él, que se llamaba Dña. Luisa del Águila, y vino luego al torno a preguntar qué había sucedido, pues había oído en el convento muy grandes voces que mostraban alegría. Refiriósele el caso, de que ella tuvo muy particular gozo.
El capellán de la comunidad, D. Juan Bautista Gallego, hizo muchas pruebas en el cuerpo, cogiéndolo y dejándolo caer de golpe, y moviéndolo fuertemente para experimentar si estaban unidos los miembros. El resultado es que nada en él se deformó ni había signos de descomposición en el cuerpo. Lo más admirable es que las tablas del ataúd estaban chorreando agua, la cogulla y demás ropa con que la enterraron estaba hecha agua y podrida y, sin embargo, su cuerpo estaba completamente seco.
De la Sala Capitular se llevó el cuerpo al coro porque, habiendo corrido la voz por toda la villa, todos querían verla. Allí estuvo expuesta dos días, mientras se hacía una caja y un nicho en la pared del mismo coro, donde se volvió a enterrar.
El olor que hubo en el coro todo el tiempo que lo tuvimos en él, permaneció por muchos días en dicho coro y, particularmente, cuando bajábamos a Maitines, que habían estado las puertas cerradas. Era entrar en un paraíso y la alegría que se reconocía en la casa era tan grande que solo el que lo obró lo puede dar a entender.
Concluye el relato de los hechos con esta exclamación de las monjas: ¡Bendito sea el Señor por siempre, que nos hizo hijas de tan santa Madre y tan amada suya![36]

Actualmente

Aunque través de toda la historia del monasterio siempre ha habido un deseo en la comunidad de dar a conocer más las virtudes heroicas de M. María Evangelista, no se encontraba la posibilidad de hacerlo, por los motivos que se indicarán en otro documento. Mas en la comunidad ha permanecido la admiración y devoción siempre, lo que se manifestaba en las conversaciones entre las monjas, citando sus enseñanzas y ejemplo de santidad con mucha frecuencia, así como,  rezando de forma individual ante su tumba casi todos los días. En el pueblo hay personas que mantienen su devoción a través del Cristo de la Sangre, ante el que rezan y ponen velas. Con frecuencia piden aún el Paño con que ella limpió el rostro de Cristo cuando sudó sangre, para aliviar la difícil agonía de un moribundo. Nunca ha manifestado nadie que haya sido ineficaz; todo lo contrario.
La Comunidad actual admite que nunca antes ninguna monja ha tenido la iniciativa de escribir los testimonios de las gracias recibidas, aunque siempre les llenaba de alegría y daban gracias a Cristo por estos favores.

Monasterio Cisterciense de la Santa Cruz

Casarrubios del Monte - Toledo




[1] FRANCISCO DE VIVAR (Mtro. Fr.). Monje cisterciense, nació en mayo de 1584, hijo de padres nobles, naturales de Paracuellos. Estudió en la Corte de Madrid y en 1601, cuando tenía 17 años, tomó el hábito en el monasterio cisterciense de Santa María de Nogales, por entonces diócesis de Astorga. Después siguió estudiando en San Claudio, en donde tuvo por maestro de filosofía al P. Fray Gregorio de Aranda. Más tarde siguió estudiando en la Universidad de Salamanca. En 1618 era prior en el monasterio de Nogales y en 1620 pasó a la Curia Romana con el cargo de Procurador General de la Congregación de España, siendo muy estimado y valorado por el papa Urbano VIII. Después de algunos años en Roma, volvió a España, trayendo a su monasterio de Nogales muchas reliquias, especialmente los cuerpos de San Valeriano mártir y Santa Flora virgen. Siendo abad del monasterio de Sagramenia, uno de los monasterios con la observancia más rígida, vino a disponer la impresión de la obra de Marco Máximo a Madrid, en donde le sorprendió una infección llamada tabardillo, de que en 7 días murió, el 8 de diciembre de 1635, cuando tenía 51 años de edad. Diose sepultura a su cuerpo en la Capilla de Nuestra Señora del Destierro del Monasterio de Santa Ana en Madrid. Tenía 51 años de edad y era de estatura alta y hermosa fisonomía. (Joseph Antonio Álvarez y Baena, Hijos de Madrid ilustres en Santidad. Dignidades, armas, ciencias y artes. Diccionario Histórico. Tomo segundo. Madrid 1790.
[2] En el monasterio de Santa Cruz se conservan algunos originales, y bastantes copias de estos escritos.
[3] Doctor don Francisco Rodríguez de Neira, autor de la Historia del divino Hieroteo, Obispo de Segovia.
[4] Se discute si su nacimiento fue el día 18 de enero porque así lo refieren algunos documentos, pero este fue el día de su bautismo. Lo desmienten otros que afirman que fue el día 6. Así nos lo dejó dicho la Sierva de Dios en sus escritos y así lo refieren sus religiosas hijas por inconcusa tradición que han continuado desde las primitivas compañeras, en cuya memoria ceden en ese día festivos obsequios cada año a su amantísima prelada, como quien simboliza a la venerable fundadora, siendo estas alegres expresiones en su cumpleaños, recreo feliz de tan dichoso día, que contesta ser el de su dichoso nacimiento. (Libro I de D. Pedro de Sarabia).
[5] Uno de sus parientes fue el dominico P. Juan Malfaz que, al igual que su prima, nació en Cigales, el 14 de febrero de 1628. Era hijo de Domingo Malfaz y Ana Conchuelo, tíos carnales de María Evangelista. Entró en la Orden dominicana y llegó a ser catedrático del Colegio de San Gregorio de Valladolid. Hacia el año1660, accediendo a las súplicas de la noble dama montañesa Dª Ana María Velarde, fue nombrado como prior en el convento de las Caldas en Cantabria, en el que con su llegada comienza una nueva época de esplendor. Es P. Juan Malfaz el que inicia en 1663 la construcción de un nuevo Convento y el Santuario de Ntra. Sra. de las Caldas en la falda de la montaña. Murió en 1680. (Libro I de D. Pedro de Sarabia).
[6] Libro I de D. Pedro de Sarabia.
[7] Libro I de D. Pedro de Sarabia.
[8] Las monjas legas se dedicaban a los quehaceres domésticos para que las monjas de coro pudieran dedicarse más totalmente a las divinas alabanzas, por estar libres de otras ocupaciones exteriores importantes
[9] Libro I de D. Pedro de Sarabia.
[10] Ídem.
[11] Ídem.
[12] Ídem.
[13] Cabida
[14] Libro I de D. Pedro de Sarabia.
[15] Así se manifestó la Madre Francisca de San Bernardo, que por entonces era la abadesa. (Libro I de D. Pedro de Sarabia).
[16] Carta de Madre Micaela María.
[17] Carta de Madre Ana de Jesús María.
[18] Oficio que las eximía de la asistencia al Coro, y de cantar en él Oficio Divino.
[19] Oficios que sí le permitían la asistencia al Oficio Divino cantado con toda solemnidad.
[20] Carta de Madre Francisca y Libro I de don Pedro de Sarabia.
[21] Ídem.
[22] Ídem.
[23] Carta de Madre Ana, 24 de enero de 1665.
[24] Carta de M. Micaela de 6 de mayo de 1663.
[25] Libro I de D. Pedro de Sarabia.
[26] Relación-Historial pg 12. Cuando vivían en Madrid en casas propias, que hoy goza el convento y tiene por suyas… Como no tenían hijos y estaban bien acomodados, se portaban con gran ostentación y regalo. Tenían tan ricamente alhajada su casa que en la Corte, donde hay tanta grandeza y riqueza, sobresalía, y muchas personas por admiración iban a verla. Todo lo dejaron por Dios, y al paso que gozó de esta grandeza en el siglo, se humilló y empobreció por Su Majestad con tanto extremo, que no poco edificó y admiró a los que la conocieron en un estado y otro.
[27] Relación-Historial escrita por M. Gertrudis del Smo. Sacramento.
[28] Uno era D. Juan Carrillo de Salcedo, Canónigo que fue después de la Santa Iglesia de Toledo y sumamente devoto de nuestra Venerable Madre Mª Evangelista.
[29] Relación-Historial.
[30] Ídem.
[31] Salmo 90: “Tú que habitas al amparo del Altísimo...”
[32] Relación-Historial.
[33] Relación-Historial.
[34] Ellas mismas certifican en la Relación-Historial de M. Gertrudis que se enterró con un hábito muy viejo y deslucido.
[35] Las monjas juzgaron que quería expresar con ello la devoción que tenía a la Virgen en la advocación de la Purísima Concepción y la pureza de su alma.
[36] Relación-Historial.