19 junio 2013

DEL DIARIO DE ORACIÓN -1-

DE M. MARÍA EVANGELISTA 
La gran obra escrita que nos ha dejado M. María Evangelista, no son temas magistrales, fruto de su preparación intelectual. Consiste  principalmente,  en su "diario de oración". Es experiencia viva de su relación de amor con Dios. Aquí es Dios directamente, quien le enseña a ella, y ella lo escribe, porque así se lo han ordenado.

Fueron sus confesores, el P. Francisco Vivar, monje cisterciense y el P. Gaspar de la Figuera, sacerdote Jesuita, los que al constatar, lo que de Dios estaba recibiendo aquella sencilla monja, de dijeron que escribiera todo aquello, para que otros a través de la historia, nos enriqueciéramos también, espiritualmente, con aquella luz y sabiduría que M. María Evangelista  recibía de Dios. 
Proemio.[1]

[1]  Fiada de la obediencia de Vuestra Paternidad[2] y de la voluntad de Dios que yo tantas veces tengo conocida, y a pesar de tantos estorbos como hay para cumplir, de falta de salud, de tiempo, ocupaciones y de memoria, además de la contradicción de las de mi casa que lo resisten[3]; que, dando cuenta por escrito, de mi conciencia y estado de mi alma, y de lo que pasa en mi interior –de que Vuestra Paternidad será juez si es bueno o malo, y conforme a eso me guiará por que no yerre el camino de la verdad – no llevaré orden ninguno ni señalaré tiempos ni materias, sino conforme el Señor lo fuere dando, así lo iré escribiendo


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Estando un día en oración, después de haberle a Vuestra Paternidad oído la división que había en nosotras, de la María interior buena –que es nuestro espíritu– y de la exterior mala –a quien llamaba aquel santo lego la vecina–, me recogió nuestro Señor para ponerme en esta doctrina tan importante. Y en aquel recogimiento me dio a ver con la vista interior a mi alma, como si la tuviera dividida[4] del cuerpo, con el entendimiento atento a Dios, que tenía presente.

Y de aquel ser divino le venían unas ilustraciones como relámpagos, que le mostraban muchas verdades divinas. Y mi alma, con un conocimiento sencillo y sosegado, estaba mirando a Dios y recibiendo lo que Su Majestad le quería dar. Ya todo le cabe al alma a la que Dios  hace  capaz de aquel reposo y luces que bajaban de Él y encendían en ella deseos de llegar más a la fuente de la luz; que el mismo estar en ella da más sed y ansias de entrar más.

Y estos deseos son como rayos que abrasan, y ve el alma que en ellos recibe a Dios, que es el que los causa allí dentro. Y con Dios está llena y en paz, como la que se ve sentada a la mesa del Rey, comiendo el pan mismo de los ángeles que es su gusto. Y gozaba de su presencia, con un mirar al modo que las palomas miran la fuente y se ven en ella: así miraba a Dios, fuente viva, y allí se miraba mi alma: cómo de verdad no tenía nada de sí misma, ni ser, ni luz, ni vida, sino que todo le venía de Dios, en cuya presencia estaba. Y ésta, que es nada en sí, puesta en Dios vale mucho y tiene vida y ser propio. De suerte que, conociendo allí su nada y la fuente de su ser que es Dios, que en esta nada se deja conocer, logra tener vida y a sustentarla con las verdades y luces que en esta mesa real le dan para su crecimiento, con las cuales anda siempre vacía de sí, en el conocimiento profundo de su nada, y llena de la luz de Dios, de su inmensidad, poder, sabiduría y bondad.

En este retiro estaba mi alma cuando Su Majestad le dijo[5]: Estas verdades son el corazón del alma y sin ellas no hallará en sí crecimiento, porque en sí no tiene con qué crecer, de manera que necesitar salir de sí misma, para poder vivir en la verdad; que no encuentra en sí, sino fuera de sí, que es en mí. Y así, estará lejos de ensoberbecerse el alma que de esta manera mira al centro de mi ser, que soy luz y la doy a quien me mira. En esto es lo que te he dicho tantas veces que quiero que tu camino sea semejante al mío, aunque conforme a tu corta capacidad.  Porque has de saber que mi alma estuvo siempre recibiendo y gozando de esta luz, con la cual fue sustentada siempre desde el instante de mi concepción. En él mi alma conoció altamente la divinidad, lo que no se ha dado a ninguna criatura. Allí, en aquella luz, vi la voluntad de mi Padre; y obraba conforme a esta luz, apartando mi naturaleza de todo el gusto que de la parte superior le pudiera venir, y poniéndola en cruz cuanto nadie es capaz de entender si Yo no se lo enseño y ensancho su capacidad. Añadió a esto: También ando Yo a buscar corazones, y ésos, en cruz[6].

Y mirando al mío decía: Mira, también quiero Yo que, al modo que hice capaz a mi naturaleza de esta obra de cruz, que también lo seas tú, pues es este tu camino, como te lo he enseñado ya. Y estando entonces con grandes ahogos de corazón, lo miró Su Majestad con agrado por verlo en cruz y me díjo: Dámelo, que ese es mío porque lo veo en cruz, y no tiene amparo ni consuelo, y está en él la cruz, mi querida.

Y fue tanto el dolor con que me iba asentado en él la cruz, que sentía ahogarme, que me faltaba la respiración, y que iba a acabar la vida según era el quebranto y desamparo que sentía. Y ja la vez estaba mi alma conociendo el regalo que Dios le hacía, y cómo tomaba mi corazón y le enseñaba en sí mismo luces admirables, a la vez que  el cuerpo recibía la cruz pesadísima que, como viga de lagar, me estrujaba el corazón, para que  diese el amor puro que Su Majestad llamaba el mosto y la substancia sin mezcla de cosa de esta vida. Porque el amor de trabajos y cruces no lleva mezcla de naturaleza. Y en esto quiere nuestra cabeza, Cristo, que lo imitemos.

Lo veía yo que se complacía de ver lo que yo pasaba, que era no solo quebranto de corazón, sino además participaba de ese quebranto todo el cuerpo, que me tenía traspasada y puesta en cruz. Entonces dijo el Señor: Este es mi camino, no hay otro mejor ni Yo escogí otro para mí. Este es el tuyo, esta es mi voluntad; mira si tú hallas otro mejor en todos los caminos. Por este has de caminar y esta es tu senda.

Así, oprimida, me miraban sus divinos ojos, y ellos me daban una fortaleza, como un licor y aliento divino, con que no me parecía que hacía nada en llevar aquel  peso y los dolores  viniendo de la mano de Dios. A esta llamaba nuestro Señor su “obra cruz y trabajos”, sin gusto ni consuelo en la naturaleza; luces y verdades de Dios en el Espíritu y amor y sed de trabajos, que fue todo el camino que Él llevó. Y quería que yo lo imitase poniéndome estas dos partes, superior e inferior, tan apartadas y en tan diferentes tratos, como si fueran dos mujeres muy diferentes.  

[1] Misericordias continuadas (1)
[2] Se refiere al P. Gaspar de la Figuera, su Confesor en esa época de su vida.
[3] Siempre lo extraordinaria provoca desconfianza. Dios le pedía que escribiera lo que Él le iba revelando y como escribía muy despacito y mal, se lo dictaba a su confesor en el mismo confesonario para que lo hiciera más rápido. Más eso también requería más tiempo del normal. Y eso chocaba a las demás monjas que ignoraban lo mucho que Dios estaba actuando en su alma.
4 Separada del cuerpo
[5] Cuando la letra es negrita y cursiva, es Dios quien habla.
[6] En toda la vida de M. María Evangelista se desarrolla la Teología de la Cruz muy destacadamente, lo iremos comprobando en sus escritos.

1 comentario:

  1. Muchas gracias por seguirme, rece mucho por mí y lo que llevo entre manos, gracias

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