02 noviembre 2014

DIARIO DE ORACIÓN: -Extractos 4-


Estando en la oración pidiendo al Señor me diese fortaleza para seguir en todo su gusto y que no permitiese su bondad que yo lo dejase de hacer en nada. Temerosa de algunas cosas que por mí habían pasado, temía que el Señor, por ser yo la que era, no me confiara otras cosas más referentes al padecer. Para todo le pedía favor y cumplimiento de su gusto.
Estando así, y dándole gracias por una merced que al presente me hacía el Señor, enseñaba a mi alma la merced, pues quería que yo la tuviese por tal. Me mostraba a Su Majestad como cuando andaba en el mundo, unida su alma santísima y su cuerpo con la cruz. Y me mostraba este Árbol de Vida con tantos frutos cuantos Su Majestad había puesto en él. Y eran tantos, que solo En los podía comprender porque era Dios y hombre. Tenía allí toda la vida del hombre y todos sus crecimientos, estaban allí todas las obras de la humanidad.
Estaba el Señor, como dueño, repartiendo este fruto del Arbol de la Cruz, con todos los fieles, y también los ofrecía a los que no lo eran fieles. Yo, miraba a Su Majestad y veía su amor para con el hombre. Me dijo:
María, mira la verdad de esta obra.
Y alcanzando de esa fruta me la daba a comer y a estimar; y me enseñaba cómo para Su Majestad no había sido otro su sustento sino el de este Árbol, porque este había sido el gusto de su Padre y, como tanto lo estimó siempre, nunca había salido de Él.
Abriendo a mi alma los ojos con nuevas luces de estima de este camino de la cruz, como Su Majestad estaba tan unido con él y tenía tantas ramas y frutos –cuantas habían sido las obras del Señor, que no tenían cuenta–; siempre daba a mi alma este sustento, porque siempre que me recogía veía al Señor de esta manera, y daba con su mano esta comida, alcanzando de este árbol lo que había de comer.
 y como yo reparase y me diese temor, por mi flaqueza, al ver que su Majestad por tantos días perseveraba en dar este sustento a mi alma– quería darle yo darle alguna satisfacción, al tener que pasar por algunas ocasiones de padecer. El Señor, como dueño de todos los pensamientos, respondiéndome a estos míos dijo:
 No te pondré en ningún padecer que Yo no lo haya pasado, y es  por eso no te faltarán.
Y el Señor para enseñarme, me dio a comer un bocado de este árbol. Y enseñándome así la materia en que había de consistir el ese padecer. Me decía:
Cómelo, que bocado de vida es, pues en él va mi gusto; no en cuanto querer, sino en cuanto tú conozcas mis caminos y estimes mis secretos y juicios. Como Yo lo hice mientras viví, que siempre miré al gusto de mi Padre en los que se me ofreció padecer por el hombre; y con ese  padecer estuvo mi alma unida así  como quiero lo esté la tuya en ésto.
Y como el Señor mostrase el gusto que le daba la fruta de este árbol – la cruz-, como Él me enseñase su lindeza, y yo viese que eran las obras grandes de su Humanidad, todas acompañadas con las de la Divinidad, me enseñaba lo mucho gustaba él de que conociésemos estas obras, pues eran las obras de nuestra vida. Le dije:
Señor, perdona a los que no las estiman y premia a los que las conocen.
Y particularmente le pedía por los que a mí me hacían caridad.
 El Señor enseñándome  el premio que daba a los que yo le pedía por la caridad que me hacían, dijo:
María, es harto premio el tenerlos en la verdad, pues el premio mayor que Yo puedo dar a una criatura es el que les doy. Mira tú la diferencia, cuánto va a estar una persona en mentira o en verdad. Pues así como cuando Yo vivía había algunos que no conocían mis secretos, ni reconocían la verdad de mis razones, y unos me tuvieron por hombre engañador y embustero y otras cosas, y otros recibieron la luz de mi boca: mira tú si hubo en esto diferencia. Sí la hay. Y doy Yo por premio de sus servicios y de sus buenos intentos el tenerlos en la verdad de tu camino, enseñando solo por mi espíritu y en mi doctrina. Y también doy me acompañes en las soledades de mis desamparos, como los tuve cuando viví y ahora los padezco en el descuido que el hombre tiene de estas mis obras, y es tanto, que apenas hay hombre que por esta soledad y trabajos me acompañe ni aun conozca este camino. Mira tú si es harta soledad, que esta fruta de este árbol no haya quien la coma con gusto ni vea sus medras.
 Pues fue su fruto tan fértil, que fue este árbol plantado con toda la sabiduría del Señor y solo con su luz puede ser entendida y comida, y, sin Él, no sé cómo.
Y como yo temiese mi falta de crecimiento y temiese también el no poder llevar lo que el Señor enseñaba de padecer, le dije:
Señor, ¿y si yo no puedo? Temo el faltar. El Señor dijo:
 María, mira que este bocado, como es dado por mi mano y sazonado con mi espíritu, no solo al que lo come le da vida, sino fuerzas para poder llevarlo.
Y enseñando cómo esto era con la verdad de su espíritu, con las veras de sus obras, con la doctrina salida de su boca, que solo su sabiduría la podía enseñar, y como así lo entendía mi alma, con ternura le dije:
Señor, eso ya lo veo, mas cuando me veo, pero yo todo lo pierdo y no hago nada de lo que conozco. El Señor dijo:
No entiendes nada de lo que haces, por quererlo yo así. Y como a tu naturaleza, no le dejo yo gozar sino amar penas –como hice en la mía mientras vivió–, es porque así gozas de esos temores.
Y enseñando cómo de nuevo, como en lass ramas de aquel árbol había muchas frutas, y ellas estaban todas maduras, y estas fueron las muchas en que su Majestad se había ejercitado para vida del hombre, y cómo todas las tenía allí frescas para crecimiento de las almas, y cómo era su gusto que las conociesen y el hombre viviese de este sustento; me dijo, que no solo me daba a comer de un bocado, sino que quería comiese de muchos. Yo le dije:
Señor, con vuestra compañía y con vuestra ayuda, yo todo lo que fuere gusto vuestro quiero. El Señor dijo:
 Sí, mi gusto se ha de hacer: míralo en mí.
Y mirando en el Señor este gusto, vi al Señor cómo había nacido y había sido su alma santísima dada ser en el palo de la cruz, de suerte que, en criándola como la crió el Señor, luego fue unida con la cruz y allí la conservó y estuvo hasta que murió en ella. Y enseñando el Señor esto dijo:
 Mi gusto es, María, en cruz.
 En esto entendí como el Señor lo enseñaba, y decía que si su gusto se había de hacer, gustaba que lo siguiese hasta morir en la cruz, como Su Majestad lo había hecho. Y decía que era el mayor favor que Él podía hacer al hombre; y ese hacía y ofrecía a mi alma, enseñándole cómo, en padecer en cruz, había una vida perfecta de varones grandes, y cómo sus pasos habían sido siempre enderezados al padecer.
Estaba este Señor con todas estas riquezas y riqueza de la Iglesia, y todas las enseñaba a mi alma. Y decía el Señor que aquel era el libro cerrado de la sabiduría, que si Él no lo enseñaba no lo podían los hombres entender ni conocer, que sólo Él lo podía enseñar y dar a conocer. Y así lo veía mi alma, que si el Señor, con la sabiduría del Espíritu Santo, no daba luz para conocer estas cosas y estas obras del Señor obradas en la cruz por el amor que tuvo al hombre, obradas en lo secreto de su alma, con la mira que siempre tuvo en el gusto de su Padre, no lo podía entender nadie. Yo, como vi tantas riquezas, le dije:
Señor, pues si estáis tan rico como yo veo –y más de lo que veo, que solo tu bondad y sabiduría lo conoce–, reparte con los que estamos por acá y con todos los nacidos, y también con los que me lo han pedido, y particularmente con aquellos que trabajan en ayudarme y me ayudan en lo que se me ofrece. Decidme, Señor, lo que les dais.
El Señor con rostro amoroso dijo:
María, ¿no les basta por premio tenerlos en la verdad? Pues mira: no di Yo otro premio a mis discípulos, sino darles luz de mis caminos y conocimiento de mí mismo: éste les di. Y los que no tenían esto, mira el desasosiego en que vivían. Así pasa ahora contigo y en tu camino, y no gozará de crecimiento quien te contradijere y no conociere esta verdad que en tus caminos pongo, así como no gozaron los que lo hicieron conmigo. Y este premio doy a los que lo conocen: que los tengo en la verdad. Y es harto premio que no puede ser mayor, que no puede ser una persona premiada si no está en la verdad.
Él sea bendito y nos dé que lo sigamos por la verdad. Amén.
De las “Misericordias comunicadas” nº 2

22 septiembre 2014

CLAUSURA DEL PROCESO DIOCESANO DE CANONIZACIÓN

 DE LA SIERVA DE DIOS MADRE MARÍA EVANGELISTA QUINTERO MALFAZ  

Juramento  del Postulador de la Causa
             La tarde del viernes 19 de septiembre del 2014, Su Excelencia Reverendísima D. Braulio, Arzobispo de Toledo y Primado de España, ha presidido la Sesión de Clausura del Proceso Diocesano de Canonización de la Sierva de Dios Madre María Evangelista.
            Junto al Arzobispo estaban presentes: el Juez Delegado D. Francisco Javier Hernández Pinto, el Promotor de Justicia D. Javier Salazar Sanchís, el Notario Actuario D. Rubén Zamora Nava; también eran presentes el Postulador General de la Orden Cisterciense P. Pierdomenico Volpi y la Vicepostuladora Sor María José Pascual Alonso.
            Después de la lectura de las Actas formales se procedió a la clausura sellada de las tres cajas que contenían el Proceso diocesano: una de éstas, el Arquetipo permanecerá en el Archivo Arzobispal, las otras dos serán llevadas por el Postulador a la Congregación de la Causa de los Santos.

D. Braulio, Arzobispo de Toledo sella las cajas que
contienen los documentos que han de ir a Roma.
             Al evento, estaban presentes representantes de toda la Familia Cisterciense española: Los Cistercienses de la Estrecha Observancia de Monte Sión;  las monjas Cistercienses de la Congregación de San Bernardo en España: del monasterio de San Clementes de Toledo, del monasterio de San Bernardo de Talavera de la Reina, del monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid (monasterio del que provenía la M. Mª Evangelista); las monjas Cistercienses de la Congregación de Castilla: del monasterio de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, de San Benito de Talavera de la Reina, del monasterio de Santa Ana de Brihuega, del monasterio del Santísimo Sacramento de Boadilla del Monte.
            Con gran alegría las anfitrionas, las monjas Cistercienses del monasterio de Casarrubios del Monte, han acogido a sus hermanas y hermanos con auténtico espíritu de confraternidad.


             Al término de la clausura las tres cajas se pusieron sobre el Altar bajo el cual está sepultada la M. Mª Evangelista. El Arzobispo con los sacerdotes se encaminaron a la Sacristía donde se revistieron de las vestiduras Sacras para la concelebración eucarística de Acción de Gracias.
            Los dos concelebrantes principales fueron D. Juan Carlos Plaza Pérez, párroco de Cigales, donde nació la M. Mª Evangelista, y D. Miguel Ángel Díez-Madroñero Moreno, Capellán del Monasterio donde murió la Fundadora del Monasterio de la Santa Cruz de Casarrubios del Monte.
 
Inpartiendo la Sagrada Comunión a las monjas.
            D. Braulio en la Homilía ha esbozado eficazmente la vida de M. Evangelista desde niña en su pueblo de Cigales a joven religiosa en el Monasterio de S. Joaquín y Sta. Ana en Valladolid, y a fundadora del Monasterio de la Santa Cruz de Casarrubios del Monte. El Arzobispo ha subrayado que la santidad es accesible a todos y es un deber de todos aquellos que se llaman “cristianos”.
            A la celebración eucarística han concelebrado varios sacerdotes entre los cuales era el Delegado para la Causa de los Santos, el Promotor de Justicia, el Notario Actuario y otros sacerdotes de la zona. Los cantos fueron entonados magistralmente por las monjas cistercienses de Casarrubios a las que se les unieron las monjas de las otras comunidades cistercienses presentes.
            La celebración fue conducida por los seminaristas de Casarrubios del Monte, Pascual Aguilar de paz, y por otro  de Cigales .
            Al finalizar la celebración, los fieles se llegaron a la tumba de la M. Mª Evangelista para rezar a la Sierva de Dios y poder admirar las cajas que irán a la Congregación de la Causa de los Santos.
            Al mismo tiempo, la M. Abadesa del Monasterio de la Santa Cruz, M. Araceli Franganillo Viñambres ha invitado a los presentes a tomar algo en el claustro y en el refectorio del Monasterio. Entre los presentes, habían muchos amigos del Monasterio y obviamente el Arzobispo y los miembros del Tribunal de la Causa. El ágape fue verdaderamente fraterno, también debido a la presencia, como ya dijimos, de varias comunidades y ramas de la gran Familia Cisterciense; una mención particular la merece el Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, ya que entre las monjas presentes de este Monasterio, estaba la M. Ana, última Recoleta de la orden Cisterciense a cuya reforma pertenecía la M. Mª Evangelista con su Monasterio, reforma suprimida en los años 50 del S. XX.


Toda la comunidad de Casarrubios y el Postulador de la
 Causa detrás de las cajas ya selladas de los documentos.
             Por este evento, las monjas, que con  tanto entusiasmo han trabajado para este acontecimiento, están muy agradecidas a tantas personas, de modo especial al Arzobispo D. Braulio, al Delegado de la Causa de los Santos, al Promotor de Justicia, al Notario, al Postulador de la Orden Cisterciense y a la Vicepostuladora Sor Mª José; También debemos decir que la directora de todo esto, fue la M. Abadesa.
P. Pierdomenico Volpi
Postulador General de la Orden Cisterciense

           

16 agosto 2014

Siempre confiar y esperar en Dios


       En sintiendo que sobreviene alguna tribulación o trabajo, acudir luego a Dios y encomendaros todo a Él, sin murmurar ni pedir razón ninguna de sus penas. Y ponerse delante del Señor con humildad, tratando con Él todo lo que da pena, como con un padre piadosísimo y ayudador fidelísimo, y por su amor sufre todas las cosas con igual ánimo. Aunque halléis gran trabajo en el camino de la virtud, aunque el demonio os fatigue y os vaya a la mano, considerad que todas estas cosas os [las] envía Dios, y abrazadlas como si fueran regalos que os envía el Todopoderoso. Imaginad que todas estas tropelías vienen de la Divina Providencia y disposición suya. Porque cuando nuestro común enemigo fatigó tanto a Job quitándole la hacienda y los hijos, no dijo el santo: El Señor me lo dio y el demonio me lo quitó. ¿Pues qué dijo?: El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Como fue su voluntad, así se hizo. Sea el nombre del Señor bendito.

En las mismas molestias que sufrís esperad el alivio del vuestro creador y redentor. Aunque os parezca que el Señor os haya como desechado de sí y os haya entregado en alguna manera a Satanás, de suerte que, desamparado lo interior y exteriormente os veáis por todas partes cercadas de angustias terribles, por todas partes fatigadas de pensamientos espantosos, no os pase por la imaginación creer que por eso os quiere menos vuestro Padre piadoso, ni por eso determinéis dejarlo, ni hurtar el cuerpo a la tribulación en que estuviereis, ni buscar remedios ilícitos y vanos, ni entregaros a algún consuelo torpe. Mas, llegándoos a Dios con una fe pura y con una caridad entera, consiente ser atormentada y azotada como Él quisiere y cuando Él quisiere. Esperad con paciencia el fin como Él lo dispusiere y ordenare, diciendo muchas veces en su corazón: Hágase la voluntad del Señor, que no puede ser mala.

Y perseverad llenas de esperanza y con buen ánimo, porque cerca está el Señor de los que tienen el corazón atribulado y Él labrará a los humildes de espíritu. Por ventura no sabéis ahora por qué así os castiga y aflige. Cuando os veáis con Él entenderéis que estos azotes con que os ejercitaba y prueba, procedían del puro amor con que os amaba. Jamás suele permitir que vengan trabajos ningunos, por pequeños que sean, sin grandísimo provecho del que los padece si tuviere paciencia. Más gusto le da el sufrimiento humilde en los desconsolados interiores, que una gran dulzura de devoción. No consentirá que seáis tentadas más de lo que pudieren las fuerzas, como no os fiéis en vosotras, como tengáis paciencia, un pecho ancho y esperéis su favor con una santa confianza.

Y para tener algún conocimiento del pecado, si he consentido o no he consentido, van con estos versos[2]:

El sentir no es consentir,
ni el pensar mal es querer,
voluntad dada ha de haber
junto con el advertir.
Mal puedo yo consentir,
los pecados que no advierto
y aunque advertido y despierto esté,
si no quiero el mal
de que no hay culpa mortal
puedo estar seguro y cierto.

Os aconsejo mucho, sobre todo, que os deis fielmente en apacentar vuestras almas en aquellas cosas que Jesucristo nuestro Señor hizo, habló y padeció por nosotros. Porque en ninguna parte se hallarán atajos más ciertos para todas las virtudes y para alcanzar las perfecciones de todas ellas como en la vida de nuestro Salvador, con cuyo ejercicio ordinario se limpia el alma de todas las manchas de los pecados; porque el dulcísimo Jesús, a quien se junta y llega a Él, le es un fuego abrasador que limpia los vicios.

El mismo Jesús, a cuyo lado anda, es luz verdadera que alumbra a todos los hombres. Pues, conforme a la gracia que Dios os diere, [hay que] ocuparse en la vida de Jesucristo, meditar en ella y deleitarse en ella; porque no ha dado Dios otro mayor beneficio que el que nos dio cuando se quiso hacer hombre y padecer por nosotros. Y para suavizar esta devoción y presencia de Dios, pondré algunas jaculatorias o flechas del alma.
Oh alma mía, ves ahí a tu Dios, ves ahí tu Creador y Redentor, ves ahí al que limpia tus pecados, al que te santifica; ves ahí vuestra vida, vuestra salud y todo bien. Mira cuánto se humilló por ti el Rey de los Reyes, mira cuántas molestias sufrió por ti tu Salvador. Considera con cuánta caridad te ama quien recibió por ti tanta pobreza y tantos trabajos. Persevera con tu Señor, no te apartes de su rostro, porque no te podrá ir bien si dejas a tu Dios, ni mal si con Él perseveras. Da de mano a muchas cosas y abrazaros con una, porque una sola es la que nos importa, uno es el que nos ama inefablemente; sea también uno aquel a quien tú ames singularmente[3].

Buen Jesús, piadoso Pastor, dulce Maestro, Rey de eterna gloria. Yo te adoro, yo te bendigo, yo te doy gracias porque tanto me estimaste que hiciste por mí cosas tan espantosas y las sufriste tan afrentosas. Perdona, Señor, mi Dios, a esta miserable pecadora; límpiame, sáname, esfuérzame, guíame, enséñame y alúmbrame.
Ojalá, Señor, mi bien, no hubiera sido contigo tan ingrata hasta aquí. Ojalá siquiera ahora te agradase. Ojalá estuviese en tu acatamiento, humilde y mansa de veras, libre y sosegada. Ojalá tú solo poseyeses mi corazón. Ojalá eternamente anhelase por ti con encendidísimos deseos. Ojalá de todo punto menospreciase todas las cosas transitorias. Ojalá a ti solo buscase, y toda yo fuese para ti sola y me juntase contigo en un nudo ciego.

¡Oh si te amase sin que otro amor me pudiese distraer! Ah, Señor mío, ¿cuándo te serviré con puro, simple y alegre corazón? ¿Cuándo te serviré quieta, firme y serena conciencia? ¿Cuándo se abrasará y consumirá mi espíritu en esa inmensidad de tu divino amor? ¿Qué quiero yo sino a ti? ¿O qué me pueden aprovechar todas las cosas sin ti? Tú solo bastas para mi alma y la llenas. Oh mi Dios, oh mi amor, oh mi deseo, oh mi refugio, oh mi consuelo y esperanza y confianza mía. Oh paz, descanso y lumbre de mi alma. Oh mi gloria y todos mis deleites y todo mi gozo. Oh dulzura mía, oh mi tesoro y todo mi bien. Oh luz divina, ¿cuándo te veré? ¿Cuándo estaré contigo? ¿Cuándo no me hablará ya este mundo? ¿Cuándo cesarán en mí todos los impedimentos y mudanzas de este siglo? ¿Cuándo me veré libre del miserable cautiverio de este destierro? ¿Cuándo se acabarán las sombras de la muerte y vendrá el día de la eternidad? ¿Cuándo, dejada la penosa carga de este cuerpo, dichosa y eternamente te alabaré con tus santos? Ave, misericordia de mi buen Jesús; ave, misericordia de mí porque en ti solo confía mi alma.

Otros suspiros o aspiraciones innumerables podéis ordenar según la devoción de cada una. Por si acaso alguno de estos os ayudaren en algo, van estos para refrescar la memoria. Y aún suelen ser más sabrosas las que ordena cada uno conforme a su devoción o le inspira la gracia del Espíritu Santo, que no las que ofrece un pecador al juicio y devoción ajena. Son muy eficaces el ejercicio espiritual que va mezclado con semejantes aspiraciones breves, para desarraigar los vicios y aumentar la caridad. Y no se ha de turbar el alma devota que se ocupa en estos ejercicios porque acaso sienta pocas veces aquella unión con Dios, por quien suspira. Pues el mismo Dios recibe su buena voluntad y sagrado deseo, como si toda derecha en amor se juntase con Él perfectísimamente. 

Para que el alma devota se haga apta para el sagrado recogimiento interior y para acudir al centro de su alma, aprenda y encomiende a la memoria algunas inspiraciones suaves y encendidas, que como flechas las tire a Dios. Con que en donde quiera, ora esté sentada, ora esté paseando, pueda acudir al Señor y juntarse y unirse con Él, haciéndolo no con un ímpetu demasiado (porque con la fatiga no dé el ejercicio en el suelo), sino con suavidad, se señalan aquí algunas formas.

Oh buen Jesús, oh esperanza mía y refugio mío, oh mi amado, amado, amado; el más amado de los amados. Oh mi especial amor. Oh florido esposo, esposo suave. Oh dulzura de mi corazón y vida de mi alma. Oh mi deseado consuelo y mi gozo sin mezcla. Oh día eterno de la eternidad y serena luz de mis entrañas. Oh amable principio mío. Oh suma abundancia mía, ¿qué quiero yo fuera de ti? Tú eres mi verdadero y eterno bien. Ea, Señor, llévame en pos de ti para que, alegre, pura y perseverante, corra al olor de tus vitales ungüentos.

Se ha de poner mucha cuenta en que no desfallezca la cabeza; ha de haber término en las lágrimas (si Dios las diere); no se debiliten, por que no se dé en tierra con todo y que haya sujeto para más días. 
(De los escritos de M. María Evangelista)



En la tribulación acudir siempre a Dios


Alma devota, teme y ama a tu Dios. Guarda con toda diligencia tu corazón y procura siempre tenerlo limpio y puro para Dios. Siempre se ha de estar con cuidado de no ofenderle y, si pecares, no desconfíes de su misericordia. Por muchos y muy graves que sean tus pecados, nunca desesperes del perdón. Caíste: levántate, vuélvete al médico de tu alma que hallarás abiertas las entrañas de su piedad y misericordia.

Caíste otra vez: otra vez te levanta. Gime y llora, y la misericordia de tu Redentor te recibirá. ¿Caíste la tercera vez y la cuarta y muchas veces?: otra vez te levanta. Llora, suspira y humíllate, y tu Dios no te desampara. Nunca despreció ni despreciará jamás al corazón contrito. Nunca desechó ni desechará jamás a los que acuden a Él con verdadera penitencia. Si tú no dejas de levantarte, Él no dejará de recibirte. Por lo cual, aunque en espacio de una hora caigas cien veces, aunque caigas millares de veces, tantas cuantas cayeres te levanta con la santa esperanza del perdón. Y cuando te vieres en pie, alaba al Señor y dale gracias, porque no permitió o que fuese más peligrosa tu caída o que durases más tiempo en ella. Conoce humildemente tu culpa y abomina firmemente de vivir mejor enmendando la vida, y con esto asegúrate de que Dios te perdonará.

Porque no puede ser tan grande tu malicia ni tan grave tu enfermedad que sobrepuje a la misericordia de Dios, que no conoce término ni medida. Dios es todopoderoso: con la misma facilidad perdona en un momento innumerables millares de pecados que perdona uno. También es benignísimo: en todo anda a tu gusto y en todo te quiere ser favorable si te quieres humillar, si quieres dar de mano a los pecados y enmendar la vida.

Así que no es razón que os turbe la memoria de los pecados pasados; antes os deben consolar con las palabras del apóstol San Pablo que dice: Esto es lo que fuisteis algún tiempo; mas ya lavados estáis, ya estáis santificados, justificados estáis en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.

Por mucho que te confíes de su bondad no es confiar demasiado, de suerte que semejante confianza no uséis para facilitaros a pecar. ¡Oh, si supiéredes cuán aparejado está Jesucristo nuestro Señor, con su inocencia, para aplacar al Padre eterno y reconciliarle sus escogidos, que por flaqueza pecaron y tienen propósito [de] huir de ahí adelante los pecados! Él es nuestro abogado y habla por nosotros para que, si nos pesa de los pecados pasados, tengamos siempre fácil el perdón. Así lo dice el amado apóstol San Juan Evangelista: Si alguno pecare, a Jesucristo tenemos por abogado delante del Padre eterno. Él es quien nos reconcilia con Él y nos lo aplaca para que nos perdone nuestros pecados.

Pues no te hagan tus pecados pusilánime, sino humíllate, ya que los has aborrecido de corazón y deseas agradar a tu Dios. Siente bien del Señor como lo aconseja la divina Escritura. No imagines que es cruel e inexorable y que no se quiere aplacar; mas antes cree que es poderoso y clemente para los que de corazón se arrepienten y son de buena voluntad, porque conoce la obra de sus manos, contempla la imagen y considera nuestra flaqueza, nuestro error y nuestra ceguedad. Y si de Dios se dice que es terrible y castiga con ira a los malos, no se dice sino por aquellos que, dando de mano a todo respeto y vergüenza santa, perseveran en las torpezas de sus vicios. A los cuales los condena Él y los castiga con su dulzura y pureza muy ajena de ellos, quedándose en sí tan sosegado y quieto como antes, porque Él no quiere la muerte del pecador: lo que Él más quiere es que se convierta y viva.


Y así dice la Sagrada Escritura por San Juan[1]: Si confesamos nuestros pecados, fiel es, y justo, para perdonarnos y limpiarnos de toda mancha y maldad. Tanto más resplandece su gloria cuanto más y mayores fueren los pecados que perdona.

(De los escritos de M. María Evangelista)

BIENES DE LA INOCENCIA



        Gran bien es el de la inocencia. Y no por haberla perdido desespere el pecador si se lavare en la lejía fuerte de la penitencia y logra la amistad y excepción divina, porque estas aguas le borrarán las manchas, de forma que en los ojos divinos no comparezcan. Si todo hombre es pecador, todo hombre tiene remedio para purificarse de las manchas de sus pecados. Para este fin dejó Cristo en la Iglesia sus vicarios y las llaves para absolver. A todo pecado se extiende esta jurisdicción, todas las culpas en que miserablemente caemos son capaces de perdón, y por enormes que sean las maldades las excede la potestad que el Señor dejó en la Iglesia.

Llega, cristiano, a recibir este santo sacramento, no seas perezoso en acudir a esta medicina. Enfermo estás de muerte, no mueras con la eterna muerte pues puedes lograr la eterna vida. Lágrimas y entera confesión son necesarias de tu parte; dolor y manifestación de tus pecados has menester para que Dios te perdone. Llora y confiesa, gime y humíllate en presencia de tu Dios, a los pies de su ministro que es el médico espiritual y el que te ha de sanar, el juez que te ha de libertar y absolver por medio de la Pasión de Jesucristo.

Lágrimas, compunción y dolor necesita el pecador para lograr fructuosa la penitencia. El corazón contrito y humillado roba de Dios las atenciones. Los llantos llegan a la divina presencia veloces y consiguen breve despacho de su piedad. Son las lágrimas llaves de perlas que, cuajadas en la encerrada concha del corazón, salen por los ojos con poder [de] abrir las puertas del Cielo. Llegan solas a la presencia del Rey soberano y, sin llevar medianeros ni necesitar de favores, logran feliz despacho.

Si llama el can infernal (que es el demonio) fiscalizando nuestras culpas, le condenan a perpetuo silencio con los tiernos clamores de las lágrimas. Si el Dios invencible y omnipotente extiende el brazo para condenar, le aprisionan con las dulces cadenas de sus aguas vertidas con dolor. Y a la verdad, no todos los llantos tienen esta virtud porque no todas las lágrimas se vierten por este motivo sagrado.

Si cuando nos exhorta el Bautista a penitencia diciendo: Haced penitencia, porque se os llega el Reino del Cielo, este es motivo que ha de causar nuestra compunción. En este Reino asiste la bondad amable de un inmenso Dios y en este imperio está el premio a que debemos aspirar, que lágrimas vertidas por temporales respetos y humanos motivos no son del gusto de Dios, ni bastantes para que se les dé el nombre de penitencia, ni eficaces para lograr el perdón de la culpa.


Todos los pecados se han de manifestar, sin callar ninguno por vergüenza o malicia; de otra suerte no se puede conseguir el fruto santo de la penitencia. Y para que sea fructuosa la penitencia, la ha de acompañar un eficaz, firme y verdadero propósito de la enmienda, y considerar que el Reino de los Cielos se acerca. La muerte es camino forzoso para pasar allí, y este cáliz es amargo y lo hemos de beber. Y aún no se acaban ahí los acíbares; se ha de pasar por el estrecho de una severísima cuenta donde se ha de dar razón de los pensamientos, de las palabras, de las obras, de las comisiones, de las omisiones: si salimos bien de este lance, entraremos en el Reino de Dios.

(De los escritos de M. María Evangelista)

Bienes de la oración


El cuidado de orar les es, sobre todo, a las almas que tratan de vida espiritual. ¿A qué venimos a la religión y nos sacrificamos a Él? La oración es una armadura que no hay penetrarla, un refugio cierto, un puerto seguro, un castillo roquero. Sola ella ahuyenta todos los males del alma y le trae todos los bienes. Limpia el alma, quita la pena debida a los pecados, repara las negligencias pasadas, alcanza la gracia divina, consume los malos deseos, doma las pasiones desenfrenadas del alma, sujeta a los enemigos, vence las tentaciones, alivia los trabajos, desecha la tristeza, hincha de alegría el alma devota, renueva la paz, junta al hombre con Dios y, unida con Él, la levanta a la eterna gloria.

Con la oración se alcanza todo lo que hubiéremos menester; y, si no alcanzamos luego lo que pedimos, no os turbéis, porque Dios, por su piedad, algunas veces dilata el conceder (aun lo que santamente se le pide), no porque lo quiere negar, sino para darles después con más abundancia y para más provecho, y premiar mejor la fe y perseverancia.

Nunca se ha de decir ni sentir en el corazón lo que dijo aquel ciego del Evangelio (después que había recibido la luz en los ojos del cuerpo, aunque no estaba en los del alma muy alumbrado), que decía: Sabemos que no oye Dios a los pecadores. Avísoos que no lo digáis, porque es cosa, y segura, que oye Dios a los pecadores cuando lo llaman con humilde corazón. Porque, de otra suerte, muy desgraciado fuera el pueblo de Dios, como todos seamos en este valle de lágrimas y nos confesamos por pecadores, y tengamos a cada paso necesidad de reparos y acudir a las puertas de la misericordia de Dios.

Pero si alguno quisiera sustentar la proposición del ciego, se debe entender de aquellos que no quieren enmendar la vida y estarse envueltos en sus pecados. Pero tú, cualquiera que seas y te tienes por pecador, no por eso desconfiadamente menosprecies tu oración, que no la menosprecia Dios, antes la estima y guarda escrita en su memorial. Ora, pues, tú, devota santa, con humildad y atenta, sin ninguna desconfianza, antes ten por cierto que siempre oye el Señor al que ora con devoción y asiste en ella con reverencia.

Tened buen ánimo y perseverad, que sin duda al fin veréis por la obra cuán verdadero es lo que dijo Cristo: Pedid y recibiréis, que sin falta os darán lo que pidiereis si conviene que lo recibáis. Él sabe el cuándo y el cómo ha de acudir a vuestras peticiones. Y decidle con devoción: Señor, si te agrada, si conviene que se haga, hágase; pero si no te agrada, ni conviene, no se haga. En todo y por todo, se cumpla tu santa voluntad. Y trabajad cuanto se pudiere por tener allí el alma cuando alabáis a Dios. Y esperad en Él, que es muy fiel, acudiendo a la gloriosísima Virgen María Madre de Dios pidiéndole su favor. Y alabadla, porque ella lo merece todo y excede siempre a toda alabanza. El mismo Hijo suyo tiene, con el Padre celestial, en su pecho; y de su vientre virginal concibió a Dios, parió a Dios y le dio leche de sus mismos pechos. Trajo a Dios en sus brazos y lo recogió en su regazo. ¿Qué cosa más alta? ¿Qué cosa más honrosa que ser llamada Madre de Dios y serlo? ¿Qué dignidad más soberana que esta? ¿Qué cosa más admirable?

Realmente ello es así: ninguna cosa se puede pensar debajo de Dios más excelente que la madre del mismo Dios. Confesamos que recibió todas las cosas de aquel de quien fue criada y escogida; y que todas las puede ella en aquel a quien parió y dio sus pechos. Dio el Creador a la criatura, el Hijo a la Madre, cierto poder inefable, y quiso honrarla con un privilegio singular. Y esta es la causa por que ponemos en ella y en su misericordia la esperanza de nuestra salvación, no primero que en Dios, sino después de Él.

Pues del Señor todopoderoso, a quien conocemos por origen y principio de todo nuestro bien, esperamos principalmente nuestra salud y remedio, y por medio de la Santísima Virgen, que es un dechado perfecto de toda pureza y santidad. Es un singular refugio de los pecadores, es un castillo roquero donde se guarnecen las almas devotas fatigadas de alguna tentación y de las molestias de este miserable mundo. Ella es poderosa Reina del Cielo, ella es liberalísima despensera de las gracias, ella es Madre de misericordia de todos los fieles. Toda es mansa, toda es serena, toda es benigna, no solamente a los perfectos, sino también a los pecadores y a los que parece están sin remedio. Que cuando ve que de corazón acuden a ella, luego los ayuda, recibe, recoge, y con una confianza, al fin de Madre, los torna a hacer amigos del espantoso Juez.

A ninguno desprecia, a ninguno se niega, a todos consuela, a todos abre su piadoso pecho, y apenas es llamada cuando acude. Con su bondad y dulzura natural atrae suavemente al servicio de Dios aun [a] aquellos que casi no lo conocen, y los mueve poderosamente para que por aquel camino se dispongan a recibir la divina gracia y finalmente se hagan aptos para el Reino de los Cielos.


Tal es y tal la hizo Dios, y tal nos la dieron para que nadie se espante de ella, nadie huya de ella y nadie tema de acudir a ella. No es posible que se condene el que fuere solícito y humilde servidor de la gloriosísima Virgen María.


 (De los escritos de M.María Evangelista)

08 agosto 2014

Espejo de cristianos que anhelan la virtud



Lo que os aconsejo, por las llagas de Cristo, [es] que se den mucho a la virtud y al estado en que Dios las ha puesto, sacándolas del siglo y de tantos tropiezos y miserias que hay en él, considerando cómo Dios socorre a los buenos y a sus amigos. Y si me preguntáreis quién son estos: son los humildes de corazón y los que guardan sus leyes.

Bien es verdad que en el camino de la virtud hay muchos altos y bajos, pero la sierva o siervo de Dios todos los vencen con su favor y ayuda. Si nosotros nos queremos aprovechar, aun en las tribulaciones y angustias del alma que se padecen, que estas tienen tan maravillosa virtud que es alcanzar por ellas fuerzas para pasar alegremente los ahogos del alma. Que mientras vivimos en esta vida, grandes o pequeños, malos y buenos, no les pueden faltar, porque sabemos que no hay mar en el mundo tan intempestuoso y tan inestable como ella; pues no hay felicidad tan segura que no esté sujeta a infinitas maneras de accidentes y desastres, nunca pensados, que a cada paso nos saltean.

Pues es mucho para notar ver cuán diferentemente pasan por estas mudanzas los buenos y los malos. Porque los buenos, considerando que tienen a Dios por padre y que el Señor les envía aquel cáliz de amargura, como una purga ordenada por mano de un médico sapientísimo para su remedio, y que las tribulaciones son como una lima de hierro que cuanto es más áspera tanto más limpia el alma del orín de los vicios, y que ella es la que hace al hombre más humilde en sus pensamientos, más devoto en su oración y más puro y limpio en la conciencia; con estas y otras consideraciones, bajan la cabeza y humíllanse blandamente al tiempo de la tribulación, y aguan el cáliz de la pasión que les molesta o, por mejor decir, águasela el mismo Dios. El cual, como dice el profeta David en el salmo 79: Les da a beber las lágrimas por medida (porque no hay médico que con tanto cuidado mida las onzas del acíbar que da conforme a la disposición que tiene), cuanto aquel físico celestial mide el acíbar de la tribulación que da a los justos, conforme a las fuerzas que tienen para pasarla. Y si alguna vez acrecienta el trabajo, acrecienta también el favor y ayuda para llevarla, para que así quede el paciente con la tribulación tanto más enriquecido cuanto más atribulado, y de ahí adelante no huya de ella como de cosa dañosa, sino antes la desee como mercaduría de mucha ganancia. Porque, como dice el salmo: La salud de los justos viene del Señor y él es su defensor en el tiempo de la tribulación; y ayudarlos he, y librarlos he, y defenderlos he del demonio y de los pecadores; y salvarlos he por cuanto en él pusieron su esperanza.

Y en el salmo: Cuán grandes son, Señor, los bienes que habéis hecho a todos los que esperan en Vos. Porque muchas veces los santos varones, cargados de grandísimos peligros y tentaciones, estaban con un ánimo quieto y esforzado, y con un rostro y semblante sereno. Porque veían que tenían sobre sí esta guarda tan fiel que nunca los desamparaba, antes entonces se hallaba más presente cuando los veía en mayor peligro. Y así, dice el salmo: Con él estoy en la tribulación, librarlo he y glorificarlo he. Y nuestro padre San Bernardo dice: Dichosa, por cierto, la tribulación, pues merece tal compañía. Pues, Señor, dadme siempre tribulaciones por que siempre estéis conmigo; por que miren que no es ser buen cristiano solamente en rezar, ayunar y oír misa, sino que nos halle Dios fieles, como otro Job y otro Abraham en el tiempo de la tribulación.

Hemos de suponer que cuando Dios nos envía algún trabajo, sea del alma o del cuerpo, es regalo que Él nos envía y nos quiere bien, y se acuerda de nosotros y nos tiene en su memoria. No hay libro espiritual que no nos lo dice y señal de predestinación. Y si volvemos los ojos a la razón y a lo que padecieron los santos, un San Pablo, vaso de elección, ¿qué no padeció? En toda su vida le acosó un estímulo de la carne, pues quejándose el santo le respondió Dios: Paulo, Paulo, bástate mi gracia porque siempre estoy contigo. Que la virtud en las enfermedades, sean del espíritu o corporales, con la paciencia se perfeccionan. Otrosí, ¿qué no padeció San Antonio con tanto desasosiego de demonios, ya de fantasías lascivas del demonio, ya de maltratarlo tanto?
 (De los escritos de M. María Evangelista)    
    
          


16 abril 2014

DIARIO DE ORACIÓN -Extractos 3-


María Evangelista, no tenía una docilidad natural o enfermiza. Era dócil al querer de Dios, porque tenía la certeza que el amor da, de que el querer de Dios era el bien infinitamente mayor que todos los demás bienes juntos. Cuando le costaba  comprender, e incluso aceptar, le preguntaba, humildemente, sí, al Señor, el por qué, de aquello.  Leed atentamente este día de oración y  veréis que esto que digo esta aquí mismo justificado.

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  Un día en la oración unos pensamientos me tenían un poco fatigada. Me daban pena, algunas ocasiones que se me ofrecían, veía el ambiente en la comunidad un poco turbado  por comentarios que había dentro y fuera de casa. Por unos escritos míos mal interpretados y que habían llegado a manos de otros contra mi voluntad. Sin encontrar motivos sentía temor de ser culpable de aquel desasosiego comunitario de lo contrario me parecía que Dios me daría luz para encontrar una solución al problema. Aunque seguía confiando que Dios como Poderoso Señor, podía allanar  toda dificultad. Le pedí que no permitiese que yo fuera engañada por esta confusión.
El Señor me  dio a entender, cómo, en medio de todas las ocasiones y temores, estaba en mi corazón y en mi alma,  que Él era el que la guiaba y daba luz, y como reprendiéndome por esos temores, me decía que si aún no había caído en la cuenta de cómo vencía siempre su proceder.
 Yo miraba al Señor que se descubría a mi alma como en la figura del Padre y con amor de tal, y le dije: Señor ¿qué significado tiene ese brazo que se mueve en esa inmensidad?
Dijo el Señor: Esto, María, significan las criaturas que te persiguen y procuran estorbar y obscurecer mis obras en ti.  Y respecto de mi poder y querer, y de lo que Yo tengo determinado, es como querer estorbarme a mi poder una hormiga e irme a la mano a lo que Yo tengo determinado de obrar en ti y ya [he] comenzado.
Yo, como me enternecí de ver lo que veía y ver al Señor con el ansia que yo tenía de la paz y de que Él sosegase cosas, le dije: Padre, quiero pediros a Vos, pues  que a vuestro Hijo no me atrevo porque siempre me sale con su camino de Cruz. Pues decidme, Señor, ¿por qué no componéis estas cosas? Sosegadlas y dadnos un poco de sosiego. El Señor, mirando mi alma con amor, dijo: María, ¿no ves que todas esas cosas son como espuelas y despertadores para ir a mí y para ir subiendo aquellas gradas de virtudes, significadas por las 15 gradas que subió la Madre de mi Hijo en el templo, con tanto denuedo y perfección? ¿Qué piensas que es virtud sino pelear? ¿Y qué subir a la virtud y conocimiento mío, sino una continua abnegación de tu voluntad y un continuo ejercicio de Cruz en que siempre estuvo mi Hijo? Ya te acordarás de aquel camino que te enseñé al principio de de estas cosas, antes de comenzar; el cual estaba tan lleno de torpes espinas que no hallabas adónde poner el pie, y que de solo verlo te acongojabas y afligías. Solo veías que iba Yo allí contigo, y no me aparté. Iba delante y te llevaba  como de la mano. Te iba diciendo cómo habías de caminar y, al fin, era tu guía.
Yo le dije: Señor, bien me acuerdo. Señor ya antes de ésto habíais comenzado a darme cruz. Y paréceme que ha veinticinco años que estoy en casa, y los cumpliré pronto, que no habéis permitido a mi alma ni cuerpo una sola cosa de alivio ni dilatación, solo habéis querido se dilate en la Cruz y allí se goce.
 Esto ha sido de modo que, si alguna vez me alegraba en algo, interiormente, Vos me atajabais pronto con la reprehensión exteriormente; eso siempre con ocasiones y cosas, que parece han sido de manera que solo Vos lo podéis saber. Y las que me habéis dado a sentir, algunas interiormente harto. Y tenéis unos síes que son eternos. Y una vez me dijisteis haríais una cosa y tardasteis 18 años[1]. Yo, Señor, no siento tanto el padecer cuanto el ver no se hable con verdad, diciendo lo que no es. Y en vuestras mismas cosas tropiezan y esas les son de estorbo también. Me espanto no calméis los ánimos, por vuestra gloria.
El Señor, con amor, dijo: Mira, María, en eso mismo vuelvo Yo por ella, porque mayor gloria es para mí que una criatura conozca mis secretos y le descubra Yo mis misterios, y eso aún contradiciéndolo toda criatura.
 ¿No ves que con todo éso manifiesto Yo mi poder y lo poco que pueden los hombres respecto de mis juicios? Y así, mira ¿cómo puede irme a la mano nadie pues son como unas hormigas en mi presencia? Se cansan y hacen ruido, y es para mí como el brazo que viste, seco y sin sustancia, que andaba y bullía y no podía sujetar nada; porque en mi presencia, solo por mi querer se hacen las cosas.
Y así, solo Yo reino, aunque el hombre, como no tiene esta fe, anda vagando con pensamientos varios y sin provecho porque no está en la verdad. Y así, María, mi querer y poder es tal como viste, grande, y que no me pueden ir a la mano los hombres. Aunque hagan los mayores desórdenes que quisieren, los tomaré Yo por instrumentos para hacer mi voluntad, que es vuestro bien como lo está siendo ahora ahora en ti.
 Lo que el hombre toma por medio para deshacerlo todo, con eso hago Yo mi obra, y tomo por espuelas para que tú vengas a mí, como Yo quiero, en Cruz y padeciendo, y parezcas a mis ojos mejor. Y Yo cuidaré de volver por ti, y premiaré como fuere mi gusto y pidiere mi justicia. Y volveré por la sangre de Abel que me da voces desde la tierra. Y tú me buscarás por mis sendas ya señaladas para tu camino. Y este camino es el de la verdad, pues vas por el de mi gusto y el que escojo Yo para mis amigos escogí  para mi Hijo, a quien has de mirar, y en el que verás toda la verdad en sus obras.
Yo, con el amor y luz que el Señor daba, y me enseñaba, me enternecía. Y le dije: Señor, ya veo que en la Cruz está mi bien, que no la deseo desestimar, sino que me atrevo a tener estas llanezas con Vos, por ver tu grande amor. Que bien veis Vos que en mi alma hay conocimiento de la verdad, y veo cómo vuestro Hijo hizo siempre vuestra voluntad, que era padecer en Cruz por amor al hombre, y en esto siempre estuvo.
 Y enseñaba el Señor cómo en toda su vida, en cuanto estuvo en el mundo, estuvo en esta Cruz con tanto gusto por hacer el gusto de su Padre. Y decía El Señor, cómo había de mirar el hombre sus pasos, con fe y verdad. Y enseñándolo el Señor con la perfección que había obrado, con el silencio en las cosas que se le ofrecieron, con la mira siempre en el gusto todo de su Padre, enseñaba cómo, siendo niño y de mediana edad y en todo tiempo, conservaba Su Majestad aquel ser en su corazón, e iba dando ser a las obras de su Padre. Y como veía en los hombres tan poca luz y tantos desórdenes, y trataba con ellos, iba mirándolos sin dar muestra de nada y padecía gran dolor de ver el poco que el hombre tenía.
Y me enseñaba el Señor la alta obra que traía en su corazón, y la aprehensión y dolor en que traía a su naturaleza, siempre en Cruz, que solo Su Él lo podrá enseñar y decía cómo le agradaba mucho este modo de seguirlo y acompañarlo, en estos pasos y camino. Y me daba tanta luz de sus caminos y de su modo de actuación, y cómo no había dado paso Él, que el alma no pudiese mirar y tener provecho y se cómo había hecho capaz al alma de la comprensión y misterios de esos caminos. Y enseñaba que la riqueza de la Iglesia y su adorno, y la vida de cada alma, era la vida del Hijo y sus y pasos, y cómo Él había venido a dar vida y acabar la obra comenzada del entendimiento de su Padre, y no se acabaría ésta, hasta que se acabasen de llenar los lugares que había en el Cielo para el hombre. La vida del Hijo dio ser al hombre, que lo había perdido por el pecado, pues al pecar perdió la gracia y se hizo el hombre indigno de todo bien, mas que, por la Cruz, el Hijo se la recobró. El Señor sea bendito y nos haga merecedores de este bien. Amén.




[1] Se refiere a la profesión para monja de coro