16 abril 2014

DIARIO DE ORACIÓN -Extractos 3-


María Evangelista, no tenía una docilidad natural o enfermiza. Era dócil al querer de Dios, porque tenía la certeza que el amor da, de que el querer de Dios era el bien infinitamente mayor que todos los demás bienes juntos. Cuando le costaba  comprender, e incluso aceptar, le preguntaba, humildemente, sí, al Señor, el por qué, de aquello.  Leed atentamente este día de oración y  veréis que esto que digo esta aquí mismo justificado.

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  Un día en la oración unos pensamientos me tenían un poco fatigada. Me daban pena, algunas ocasiones que se me ofrecían, veía el ambiente en la comunidad un poco turbado  por comentarios que había dentro y fuera de casa. Por unos escritos míos mal interpretados y que habían llegado a manos de otros contra mi voluntad. Sin encontrar motivos sentía temor de ser culpable de aquel desasosiego comunitario de lo contrario me parecía que Dios me daría luz para encontrar una solución al problema. Aunque seguía confiando que Dios como Poderoso Señor, podía allanar  toda dificultad. Le pedí que no permitiese que yo fuera engañada por esta confusión.
El Señor me  dio a entender, cómo, en medio de todas las ocasiones y temores, estaba en mi corazón y en mi alma,  que Él era el que la guiaba y daba luz, y como reprendiéndome por esos temores, me decía que si aún no había caído en la cuenta de cómo vencía siempre su proceder.
 Yo miraba al Señor que se descubría a mi alma como en la figura del Padre y con amor de tal, y le dije: Señor ¿qué significado tiene ese brazo que se mueve en esa inmensidad?
Dijo el Señor: Esto, María, significan las criaturas que te persiguen y procuran estorbar y obscurecer mis obras en ti.  Y respecto de mi poder y querer, y de lo que Yo tengo determinado, es como querer estorbarme a mi poder una hormiga e irme a la mano a lo que Yo tengo determinado de obrar en ti y ya [he] comenzado.
Yo, como me enternecí de ver lo que veía y ver al Señor con el ansia que yo tenía de la paz y de que Él sosegase cosas, le dije: Padre, quiero pediros a Vos, pues  que a vuestro Hijo no me atrevo porque siempre me sale con su camino de Cruz. Pues decidme, Señor, ¿por qué no componéis estas cosas? Sosegadlas y dadnos un poco de sosiego. El Señor, mirando mi alma con amor, dijo: María, ¿no ves que todas esas cosas son como espuelas y despertadores para ir a mí y para ir subiendo aquellas gradas de virtudes, significadas por las 15 gradas que subió la Madre de mi Hijo en el templo, con tanto denuedo y perfección? ¿Qué piensas que es virtud sino pelear? ¿Y qué subir a la virtud y conocimiento mío, sino una continua abnegación de tu voluntad y un continuo ejercicio de Cruz en que siempre estuvo mi Hijo? Ya te acordarás de aquel camino que te enseñé al principio de de estas cosas, antes de comenzar; el cual estaba tan lleno de torpes espinas que no hallabas adónde poner el pie, y que de solo verlo te acongojabas y afligías. Solo veías que iba Yo allí contigo, y no me aparté. Iba delante y te llevaba  como de la mano. Te iba diciendo cómo habías de caminar y, al fin, era tu guía.
Yo le dije: Señor, bien me acuerdo. Señor ya antes de ésto habíais comenzado a darme cruz. Y paréceme que ha veinticinco años que estoy en casa, y los cumpliré pronto, que no habéis permitido a mi alma ni cuerpo una sola cosa de alivio ni dilatación, solo habéis querido se dilate en la Cruz y allí se goce.
 Esto ha sido de modo que, si alguna vez me alegraba en algo, interiormente, Vos me atajabais pronto con la reprehensión exteriormente; eso siempre con ocasiones y cosas, que parece han sido de manera que solo Vos lo podéis saber. Y las que me habéis dado a sentir, algunas interiormente harto. Y tenéis unos síes que son eternos. Y una vez me dijisteis haríais una cosa y tardasteis 18 años[1]. Yo, Señor, no siento tanto el padecer cuanto el ver no se hable con verdad, diciendo lo que no es. Y en vuestras mismas cosas tropiezan y esas les son de estorbo también. Me espanto no calméis los ánimos, por vuestra gloria.
El Señor, con amor, dijo: Mira, María, en eso mismo vuelvo Yo por ella, porque mayor gloria es para mí que una criatura conozca mis secretos y le descubra Yo mis misterios, y eso aún contradiciéndolo toda criatura.
 ¿No ves que con todo éso manifiesto Yo mi poder y lo poco que pueden los hombres respecto de mis juicios? Y así, mira ¿cómo puede irme a la mano nadie pues son como unas hormigas en mi presencia? Se cansan y hacen ruido, y es para mí como el brazo que viste, seco y sin sustancia, que andaba y bullía y no podía sujetar nada; porque en mi presencia, solo por mi querer se hacen las cosas.
Y así, solo Yo reino, aunque el hombre, como no tiene esta fe, anda vagando con pensamientos varios y sin provecho porque no está en la verdad. Y así, María, mi querer y poder es tal como viste, grande, y que no me pueden ir a la mano los hombres. Aunque hagan los mayores desórdenes que quisieren, los tomaré Yo por instrumentos para hacer mi voluntad, que es vuestro bien como lo está siendo ahora ahora en ti.
 Lo que el hombre toma por medio para deshacerlo todo, con eso hago Yo mi obra, y tomo por espuelas para que tú vengas a mí, como Yo quiero, en Cruz y padeciendo, y parezcas a mis ojos mejor. Y Yo cuidaré de volver por ti, y premiaré como fuere mi gusto y pidiere mi justicia. Y volveré por la sangre de Abel que me da voces desde la tierra. Y tú me buscarás por mis sendas ya señaladas para tu camino. Y este camino es el de la verdad, pues vas por el de mi gusto y el que escojo Yo para mis amigos escogí  para mi Hijo, a quien has de mirar, y en el que verás toda la verdad en sus obras.
Yo, con el amor y luz que el Señor daba, y me enseñaba, me enternecía. Y le dije: Señor, ya veo que en la Cruz está mi bien, que no la deseo desestimar, sino que me atrevo a tener estas llanezas con Vos, por ver tu grande amor. Que bien veis Vos que en mi alma hay conocimiento de la verdad, y veo cómo vuestro Hijo hizo siempre vuestra voluntad, que era padecer en Cruz por amor al hombre, y en esto siempre estuvo.
 Y enseñaba el Señor cómo en toda su vida, en cuanto estuvo en el mundo, estuvo en esta Cruz con tanto gusto por hacer el gusto de su Padre. Y decía El Señor, cómo había de mirar el hombre sus pasos, con fe y verdad. Y enseñándolo el Señor con la perfección que había obrado, con el silencio en las cosas que se le ofrecieron, con la mira siempre en el gusto todo de su Padre, enseñaba cómo, siendo niño y de mediana edad y en todo tiempo, conservaba Su Majestad aquel ser en su corazón, e iba dando ser a las obras de su Padre. Y como veía en los hombres tan poca luz y tantos desórdenes, y trataba con ellos, iba mirándolos sin dar muestra de nada y padecía gran dolor de ver el poco que el hombre tenía.
Y me enseñaba el Señor la alta obra que traía en su corazón, y la aprehensión y dolor en que traía a su naturaleza, siempre en Cruz, que solo Su Él lo podrá enseñar y decía cómo le agradaba mucho este modo de seguirlo y acompañarlo, en estos pasos y camino. Y me daba tanta luz de sus caminos y de su modo de actuación, y cómo no había dado paso Él, que el alma no pudiese mirar y tener provecho y se cómo había hecho capaz al alma de la comprensión y misterios de esos caminos. Y enseñaba que la riqueza de la Iglesia y su adorno, y la vida de cada alma, era la vida del Hijo y sus y pasos, y cómo Él había venido a dar vida y acabar la obra comenzada del entendimiento de su Padre, y no se acabaría ésta, hasta que se acabasen de llenar los lugares que había en el Cielo para el hombre. La vida del Hijo dio ser al hombre, que lo había perdido por el pecado, pues al pecar perdió la gracia y se hizo el hombre indigno de todo bien, mas que, por la Cruz, el Hijo se la recobró. El Señor sea bendito y nos haga merecedores de este bien. Amén.




[1] Se refiere a la profesión para monja de coro