29 diciembre 2015

NAVIDAD: DIARIO DE ORACIÓN


Estando en Maitines el día de Navidad, cogiendo el Señor a mi alma, enseñándole los misterios grandes de aquel Misterio, con ternura y amor que a mi alma hacía admiración, llegó el tiempo de hacer la ceremonia de adorar al Niño. Como iba el convento por su orden, llegué yo a adorarlo y, descubriéndose el Señor como cuando estaba en el portal, me mostraba cómo su Madre allí hacía oficio de la Iglesia, y cómo lo confesó y cómo le entregaba su corazón. Yo le pedía recibiese el mío Su Majestad, con un ímpetu grande de amor que a mi alma dio de ver su grandeza en aquel traje, solo por el hombre abrazado con la cruz. Y enseñándome cómo era la joya que más quería, pues era y tenía el hombre vida por su fruto, y el ángel, también, enseñando grandes verdades en esto. Yo le entregaba mi corazón y Su Majestad, con un amor de padre, lo recibió, de manera que todas las veces que miraba al Señor lo veía lo tenía en sí. Y dijo el Señor: Toma tú el mío, pues a eso vengo al mundo: a tomar del hombre sus deseos, y trocarle su vida en la mía y hacerlo conmigo una cosa.
Yo me hallaba mudada. Y enseñando el Señor cómo su Madre se le había entregado, y con la reverencia que asistía allí, en aquel lugar, y cómo le entregaba todos los de los hombres y se los ponía allí, en su presencia, deseosa que todos lo conociesen; y penada de ver los pocos que lo conocían, supliendo esta Señora por ellos, con un amor grande que en su corazón ardía suplía por todos y, como Madre, nos amaba por hijos a todos. Ella suplía nuestras faltas y enseñaba el Señor cómo a todos nos había tenido presentes. Y, mirando a mi alma con amor, dijo el Señor cómo me había mirado como a su esposa, y había visto y gozádose de ver [que] yo había de conocer sus caminos, seguir sus pisadas. Y como mirase a su Madre y viese cómo conservaba allí aquellos misterios y les daba ser, así había visto cómo Su Majestad había de dar a mi alma luz de ellos, y había de ser otra María que conociese su cruz y gozase de su camino y pasos. Y de esto había tenido Su Majestad gusto, entre tantos disgustos como en aquel portal, pobre de todo abrigo, había tenido; y este abrigo y desabrigo que el portal tenía, en significación del desabrigo que todos le dábamos al Señor con todas nuestras faltas; y sola la Virgen, con su amor, lo abrigaba, como lo conocía, y sola ella, como justa, sola estaba dándole gloria.
Y como yo me gozase de ver a Su Majestad que me había llevado el corazón con el amor grande que al hombre tenía, enseñando cómo era la gloria del Cielo y la vida del alma, le dije: Señor, y a mí ¿qué me dais? Pues a vuestra Madre Vos le dabais lo que ella os daba y la alumbrabais con la luz de vuestro espíritu para que ella conociese tan altas cosas y misterios como Vos le enseñabais, y a mí me mostráis lo hacíais. El Señor, con amor, dijo: Mírame, María: Yo lo hice. Y mirando a Su Majestad vi tenía una cruz, y dijo: Esta vine Yo a buscar, y esta tengo Yo en mi alma, y esta es la vida del hombre: esta te daré, María, y esta es la mayor dádiva que te puedo dar, y esta es la riqueza de cielo y tierra.
Diome temor, y reparé y dije, como yo estaba tan apretada y el Señor daba tantas ocasiones, díjele: Señor, ya veo que es lo que más estimáis y la mayor de las joyas de vuestra casa, mas témo que, si no con vuestro favor, no puedo yo nada. Y si es que queréis enviar alguna cosa de nuevo, como soléis cuando hacéis estas cosas y me enseñáis tales joyas, como siempre esté mi corazón en Vos yo no os lo vuelva a tomar: tomadlo y, con tenerlo para siempre, podéis enviar todo lo que quisiéredes. El Señor dijo: No doy Yo mi cruz sino dando Yo mi favor, porque adonde Yo pongo este tesoro doy Yo luz de él. Y la cruz y Yo somos una cosa, de manera que Yo asisto en la cruz y por ella se sube a mí, y Yo me comunico en ella; y la cruz y Yo somos una misma cosa porque los frutos de la cruz son míos, y toda la vida de la Iglesia es de la cruz y mi sangre es fruto de la cruz.
Como el Señor enseñase y dijese estas palabras, daba luz a mi alma de estos frutos y tesoros escondidos en su corazón. Como abriendo el libro de su sabiduría los comunicaba a mi alma; yo, como los conociese y viese, le dije: Señor, conservad vuestra Iglesia, pues no hay vida en el alma que no vive en ella, y no permitáis viva la mentira. El Señor, como agradecido de esta petición, dijo: María, pues tú tienes cuidado de mí, Yo cuidaré de tus cuidados y acudiré a ellos como si tú los hubieras de cuidar, de manera que Yo haré todo lo que me pides. Y mostrando el Señor hacerlo, veía acudía a muchas necesidades que yo había deseado pedir al Señor, y sacaba muchas almas del Purgatorio que yo tenía deseo de pedirle.
Y como yo estuviese como espantada de ver al Señor y a su Madre, cómo le estaba volviendo todo lo que le daba y dándole la gloria que tenía, y cómo lo miraba, a su Hijo y Señor, con grande reverencia y gozo, junto con el dolor que atravesaba su corazón de verlo tan desconocido de los hombres y a quien Su Majestad venía a buscar; deseosa mi alma de hacer lo mismo que veía a su Madre, en cuanto mi pobreza y poco caudal, sin poderme ir a la mano, viendo las riquezas del Señor en aquella nueva iglesia de aquel portal, las recogía y ofrecía al Padre por los pecados del mundo. El Señor, como mirando a mi alma, le dijo: Bien puedes hacer eso y derramarlas por los que no me conocen, que aunque ahora me miras Niño, ya he padecido en la cruz, ya tiene fruto. Pues desde que me encarné, puse a mi alma en ella y ella ha sido mi descanso. Ya he comenzado a satisfacer por el hombre, que no hizo desorden ni dio paso que no le soldase Yo, pues los pasos del hombre todos son torcidos. Y enseñando el Señor el valor grande de estas sus obras, hechas en el vientre de su Madre como obras perfectas y acabadas, solo Su Majestad podrá dar luz a un alma para conocer tales cosas, pues solas estas obras llevan la virtud de Dios y son obradas por obra del Espíritu Santo, y tienen sus favores y valor; enseñaba el Señor a muchas almas sin luz de ellas, y a otras, aunque estaban en su presencia, no lo sabían ni alcanzaban su profundidad.

Yo le dije: Señor, ¿quién os comprehenderá sino solo Vos, y quién las ha de conocer sino Vuestra Majestad? Solo Vos mismo y a quien Vos, con vuestro espíritu, diereis luz para conocerlo. Dijo el Señor: Ese no lo negaré Yo a quien lo quisiere, mas no lo quieren porque se quieren a sí más que a mí. Yo no soy conocido porque me desechan como me ven desechado y amigo de cruz. Yo le dije: Señor, ¿y a estas qué les darás? El Señor respondió: Lo que me dieren: si ellas me dan sus corazones Yo les daré a mí mismo; si no me dan nada no puedo Yo darme. ¿No ves que no quepo Yo en corazones que no están vacíos de sí? Si ellas se desocupan Yo entraré a ocuparlas y a morir con ellas, que a eso vengo. Y mirando el Señor mi alma, le enseñaba las penas que las criaturas le daban y cómo están atravesando su corazón porque no se acordaban de sus misterios. Estaban como sin jugo, no lo conocían; olvidadas en sus culpas celebraban estos misterios olvidados de su alma, como si no hubiera nacido Dios. Y enseñaba que había algún cristiano que aún no sabía qué cosa era hacerse Dios hombre por él. Solos, enterrados en gustos sensuales, como bestias


De los escritos de María Evangelista

28 diciembre 2015

DISCURSO DEL POSTULADOR GENERAL DE LA ORDEN CISTERCIENSE

EN EL CAPÍTULO GENERAL DE 2015


            Aun pudiendo parecer extraño, mi intervención tendrá como base el título de una famosa frase de Cicerón: Cicero pro domo sua, por lo que yo hablaré a mi favor o mejor, a favor de la santidad proclamada por la Iglesia. Me  gustaría hacerlo comenzando con las palabras del grande teólogo Hans Urs von Balthasar que escribe sobre Teresa de Liseux e Isabel de la Trinidad: “Dios mismo pone (a los santos) como hitos, como signos distintivos, como ejemplos válidos y explicativos del Evangelio para hoy y quizás también para los siglos futuros. Ciertos santos “se abaten sobre la Iglesia como rayos celestes, en cuanto deben hacer conocer la voluntad única e irrepetible de Dios”. El pueblo de Dios en seguida advierte que ellos son grandes regalos que Dios les da, no solamente como “patronos” para invocarlos en determinadas necesidades, sino luces puestas por Dios en medio de la Iglesia  para calentarla e iluminarla. Para el pueblo representan sobre todo una nueva forma de imitación de Cristo sugerida por el Espíritu Santo”.[1] Surge espontáneamente preguntarnos si estamos verdaderamente convencidos que los santos son Grandes regalos de Dios, o bien ¿pensamos que son una “creación” de la Iglesia para sonsacar dinero a los fieles con los procesos de canonización o para favorecer los deseos de un pueblo ignorante? Perdonad esta pregunta pero, desgraciadamente, está constatado que el prejuicio sobre este tema está muy difundido; después daré breves ejemplos.

             En estos cuatro años en los cuales he desarrollado el cargo de Postulador General, he tenido la impresión, espero que equivocada, que no se comprende plenamente el “Estupor y admiración por los Santos, esplendor de la Iglesia y gloria de la humanidad”[2].

            Concretamente en mi nombramiento aprobado por la Congregación de la Causa de los Santos el 25 de noviembre del 2011, he encontrado  presentes en la congregación, las siguientes causas:

            1. Beato Vincenzo Kadlubek
            2. Venerable Verónica Laparelli
            3. Venerable Felice Kebreamblach
            4. Siervo de Dios Jean Leonard

            Exceptuando Dom Felice, las otras causas estaban dormidas, es decir, que ya hacía bastante tiempo que ninguno se ocupaba de ellas. Tuve cuidado de sondear el terreno de estas causas. Algo se ha movido por parte de los monasterios,  principalmente interesados, pero todavía es demasiado poco. Entretanto se han introducido en las diócesis las siguientes causas:

            1. Sierva de Dios Madre María Evangelista
            2. Siervo de Dios Padre Simeone Cardon y cinco compañeros mártires
            3. Siervo de Dios Padre Henri Denis Benoit

             A estas causas se añade la de P. Plácido Grenenec y cinco religiosos de la Abadía de Sticna que, por el momento, permanecen en el grupo de 204 mártires eslovenos presentados a la congregación de la Causa de los Santos por la Conferencia Episcopal Eslovena, cuando, si se decide, el monasterio de Sticna puede separarse de ellos y hacer que la causa vaya adelante individualmente, como así me ha confirmado el arzobispo de Lubiana.  Lo mismo referimos de los irlandeses Padre Gelasius O’Cullenan y Padre Luke Bergin que forman parte del segundo grupo de los Mártires de Irlanda, cuya causa, con otros cuarenta mártires, tiene como actor a la diócesis de Dublín. En este caso no he podido hacer mucho.

            La causa de Madre Evangelista, terminado el proceso diocesano, está siendo ahora analizada por la Congregación de la Causa de los Santos.

            A mi parecer se habrían podido abrir otras causas (pienso en Hungría: el Abad Wendelin y Sor Mónica).
            Un Capítulo aparte es la causa del Doctorado de Santa Gertrudis de Helfta; yo soy el vicepostulador y ecónomo de la causa. La causa a pequeños pasos, en colaboración con la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia y la Congregación Benedictina de Solesmes, va adelante aunque la respuesta del episcopado Alemán no ha sido precisamente positiva y además se siente el influjo de los prejuicios. La Conferencia Episcopal Alemana ha puesto , a mi parecer, muchos pretextos inútiles en cuanto se refiere a la Santidad de vida de Gertrudis, repitiendo continuamente el término “autenticidad”, olvidando que existe en este sentido una tradición consolidada. Por otra parte, se cuenta con el apoyo de la casi totalidad de las Conferencias Episcopales de Hispanoamérica y de otras instituciones eclesiales. Madre Hildegarda podrá tratar mejor esta cuestión. No se trata de dar un título de licenciada a Santa Gertrudis, sino más bien, de estimular a los fieles (comprendidos entre ellos los monjes) a caminar, con los pies en la tierra, -de acuerdo-, pero sobre todo con la mirada del corazón dirigida a Dios: esta es la enseñanza de la santa de Helfta que durante siglos ha impartido a generaciones de fieles, tanto que es la única mujer que en la Historia de la Iglesia se le ha asignado el título de “Grande”.

            Además de esto, tantas persona escriben para tener objetos devocionales de nuestros monjes, por tanto he hecho imprimir libritos, estampas y producido un DVD, que puedan ayudar a los fieles en su camino de fe. A este propósito, mi conocimiento de idiomas es escaso y con alguna ayuda he podido hacer algo en español además del italiano. Si tuviese algún apoyo para las traducciones se podría hacer mucho más.

            Alguno sonreirá después de haber escuchado los términos de objetos devocionales, como respuesta a tal sonrisa, hago mía las palabras de Péguy hacia uno que lo acusaba que su libro sobre Juana de Arco era fruto de ingenuidad porque no tenía un sólido fundamento escriturístico e histórico; Péguy respondió: “En el fondo de lo que piensa (su denigrador), digámoslo sin pudor, es que aquellos que creen (en la santidad) son imbéciles… Que quien cree, no es verdad, es siempre un poco bobo, entre nosotros, un poco estúpido, un poco ingenuo. Él (el tipo que sonreía sobre su Juana de Arco), es uno de los más altos ejemplos de hombres que no creen y pretenden restringir la fe de los otros”. Os invito a no delimitar la fe ajena, en este campo, casi como si nosotros estuviésemos en un Olimpo de personas privilegiadas que, ricas por sus estudios, puedan estar cerca de Dios, puedan hablar de Dios sin necesidad de nada.

            El mensaje de un santo no puede envejecer porque el santo vive en su tiempo concreto el Mensaje evangélico; puede envejecer la forma de vivir este mensaje, pero nunca el amor que ha movido a estas personas y es precisamente en este amor donde debemos encontrar estímulo para vivir nuestra vocación monástica.

            Los santos hablan, también si han vivido hace siglos, de la vitalidad de nuestra Orden: entre los últimos santos y beatos proclamados por el Papa Francisco, más de una decena han vivido en el siglo XVII, el siglo de la Madre Evangelista, otros son de siglos precedentes como Verónica Laparelli, unos quince en el siglo XIX y cerca de veinte en el siglo XX: precisamente en estos días han sido proclamadas las virtudes heroicas de Sor Benedetta Frey muerta en 1913, monja cisterciense del monasterio de la Duquesa de Viterbo: ¿cómo no ver en ella una ejemplo y un estímulo de resignación en la enfermedad no dejando atrás su consagración de monja cisterciense? No olvidemos que los santos son siempre la verdadera actualidad del carisma de una Familia religiosa.

            Cómo no fijarse en la fidelidad al carisma en las palabras de P. Simón Cardon (uno de los mártires de Casamari) que, después de haber sido herido de muerte, dijo al general francés que vino en su ayuda: “Cuando tomé este hábito he renunciado a la ayuda de los hombres. Sometido sólo a Dios, no haré nada para abreviar  mi vida ni haré nada para prolongarla… Yo perdono a aquellos que me han causado esta noche de expiación”. O bien el Padre Felice Ghebre Amlak que consciente de su cercana muerte escribe al prior de Casamari: “Le ruego de obtenerme una gracia, es decir: si como mi muerte es inminente, deseo morir unido a este ideal de vida monástica ya emprendido, y por esto, si es posible, poder hacer la profesión solemne… Yo, vivo o muerto quiero permanecer en este monasterio. Si el Señor me dice de esperar, esperaré, para aquel monasterio que se fundará, pero si me llama antes soy siempre hijo de la Regla de S. Benito, hijo de S. Bernardo y Cisterciense, espero morir así”.

             ¿Cómo no maravillarnos del camino monástico de Madre Evangelista que a pesar de las adversidades, desde su entrada a las Cisterciense Recoletas como Conversa mientras ella deseaba ser Corista, a la fundación del monasterio de Casarrubios del Monte, se mantuvo fiel a su vocación monástica? En una visión la Madre, ve a San Ignacio de Loyola y San Bernardo y el rostro de este último está más resplandeciente; la Madre Evangelista asombrada se dirige a Jesús pidiéndole una explicación, le responde: ¡Pídeselo tú, a tu Padre! En San Bernardo ella descubre la paternidad de la Orden a la cual no despreciará.

            No es posible silenciar tampoco la experiencia  monástica y mística de la Venerable Verónica Laparelli de la que se afirma que: De su Patriarca S. Benito le fueron consignadas una vez las reglas, y del Padre S. Bernardo le fueron comunicadas unas instrucciones exactas que la llevaron a la perfección ansiada[3].

            Haciendo un salto de algunos cientos de años, el Diario de sor Mónika no puede dejar de estimularnos a vivir plenamente nuestra vocación; escribe en el prefacio al Diario el cardenal Hans Urs vonBalthasar: “elige libremente, sin constricciones, la pobreza y espera la misma elección de los demás. Se une en el curso de toda su vida el cielo y la tierra, abiertos: el primero hacia la tierra, la segunda hacia el cielo. La sencilla liturgia en la espiritualidad de san Benito, que todo lo invade –y que la comunidad practica en modestas habitaciones- es el signo elocuente de tal unidad”[4]. Después de haber pronunciado los votos, el uno de enero de 1959 escribe en su Diario: “Me hubiera gustado muchísimo enseñar a los jóvenes (las jóvenes de la comunidad) a amar la Regla, a fin de que se convierta verdaderamente en el pan de sus almas, para que resuene dentro de ellas tanto en la alegría de la fiesta, come en las fútiles dificultades de la vida cotidiana”[5].

            No olvidemos al abad Wendelin que después de ser torturado, fue amenazado que la imagen de la Orden sería destruida a base de calumnias y que tenía 72 horas de tiempo para reflexionar y adherirse a la petición de sus torturadores (admitir que era un espía); él responde: No necesito ni siquiera de un minuto para reflexionar, no hay nada que reflexionar. Las torturas y la prisión continuaron por años.

            Estos sólo son algunos ejemplos de fidelidad intrépida y alegre al carisma monástico de algunos de nuestros hermanos y hermanas; mi misión es la de no hacer caer en el olvido su precioso testimonio: Cristo tiene necesidad de Testigos para instaurar Su Reino y éstos, no lo son de un monasterio o de una Orden, sino de toda la Iglesia.

            Termino con las palabras del cardenal Juan Colombo, arzobispo de Milán en los turbulentos años del post-Concilio: “Cuánto me gustaría que mis sacerdotes tuvieran entre sus manos cada día un libro de la vida de un santo”[6]. Quizás si también los monjes cistercienses tuvieran, cada día, entre las manos un libro de la vida, al menos de un santo de la propia Orden… Os dejos a vosotros la continuación. Gracias por la paciencia de haberme escuchado.
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[1] H.U. von  Balthasar, Sorelle nello spirito, Teresa di Liseux e Eelisabetta di Digione, p. 26-27, Jaka Book, Milano 1991.
[2] Título de la introducción al Studium de la Congregación de la Causa de los Santos, en la Pontificia Universidad Urbaniana el 12 dicembre 2012, por parte del cardinal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos.
[3] F.M. Salvatori, Vita della Venerabile Veronica Laparelli di Cortona, Roma 1779, p. 124.
[4] Monika, Diario, Ediciones Piemme, Casale Monferrato 1996, p. 6.
[5] Ibid., p. 67.
[6] I. BIFFI, Il cardinale Giovanni colombo, Jaca Book, Milano 2012.

10 noviembre 2015

Del diario de oración 4

Y decía el Señor mirando a mi alma:
 
María, ahí va mi espíritu y no en el aire fuerte
 de la satisfacción propia.
Ahí no voy ni asisto, sino en el sosiego,
en la paz y en lo que te he enseñado.

Estando en la oración un día en los postreros de agosto, con algunas penas por ver lo mal que yo al Señor le correspondía. Y, particularmente, me lo daba de ver que en algunas ocasiones, y personas, me pedían algunas cosas con devoción y pedían los encomendase a Dios; y, en particular, me pidieron tomase una criatura enferma en los brazos; y esto lo hicieron algunas veces. Yo tomé alguna pena, y me daba vergüenza y no sabía cómo me hacer: si responder despidiéndome o hacer que no lo entendía. Y con esta pena, viendo yo mi miseria y lo poco que en mí había, acudí al Señor y dile mis quejas: que por qué permitía aquello y por qué no les quitaba de la memoria tal cosa, pues veía lo poco que yo valía y lo poco que tenía, pues solo lo bueno era suyo. El Señor, con una luz que atravesaba mi corazón, dijo: Bien dices, María, y tú lo dices y dices bien: todo lo bueno es mío. Y así es, y Yo lo doy a quien quiero porque es mío, y te lo doy a ti por ser obra mía y mi retrato. Y esto es también mío, y pues Yo quise estar en tus brazos, que es más que esté en ellos una criatura. Yo me enternecí y acordé de lo que el Señor decía, aunque había cerca de dos años que el Señor me había hecho este favor un Viernes Santo, que había hecho con mi alma lo que con su Madre, poniéndose Su Majestad en mis brazos, así, muerto. Y díjome: ¿Acuérdaste, María, de mis espinas y corona? Yo le dije: Señor, sí, y el afecto que disteis y compasión. Y cómo yo llegué a vuestra cabeza santísima y me hizo detener una espina que me atravesó el corazón. Y me disteis particular luz de lo que quisisteis decir: “Como está escrito”. Dijo el Señor: Pues donde Yo estuve, bien puedo Yo poner fruto y valor.
Y con estos pensamientos me llegué a comulgar. Y el Señor, asentándose en su trono, que era el de su ser, y como que hacía asiento en mi corazón, mostró ser el verdadero Salomón y el verdadero juez, y cómo con verdad podía hacer este oficio y lo hacía. Y mostraba cómo por todas aquellas gradas que eran sus atributos subía y estaba sin subir, porque todo lo tenía de suyo. Y cómo allí hacía asiento la sabiduría de Dios y este Dios era el que recibíamos, adonde asistía el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Y allí se me mostraba este Señor como sabiduría eterna, que era el bien del alma adonde, como a su descanso y trono, había de subir; para esta subida y asiento llamaban a mi alma, como a esposa y amada del Señor. La grandeza me espantaba, mas veía y conocía, como me lo daban a conocer, era el Libro de la Vida el que estaba allí sentado, y el que juzgaba y por el que se juzgaba. Y los renglones y letras que se leían eran todas las obras de la cruz y las obras del Señor, que eran lo mismo. Y para juzgar nuestros males y para perdonarlos, miraban estos bienes de la cruz, y toda la sabiduría del verdadero Salomón estaba en esto ocupada. Y esta era la sabiduría del Espíritu Santo y el amor y principio del Padre. Todos leían esta lección que en este libro de vida, Cristo, estaba escrita. Yo lo miraba y veía lo que no podré decir, y allí era enseñada en lo que no podía saber. Allí estaba todo el poder y todo el querer de Dios. Y allí veía todos éramos como nada en la presencia de este Señor, y el que más sabía era ignorante y como nada. Y los ángeles adoraban a este Señor en este trono, como a bien y principio suyo, y como asombrados decían: Sanctus, Sanctus, Sanctus. Tú, Señor, eres el verdadero Señor, y el que eres y tienes que ser, que nosotros no sabemos nada ni podemos nada.
Yo miraba este trono y compostura y orden de la casa del verdadero Salomón, adonde estaba todo el conocimiento de los hombres, pues a todos nos lo daban, pues de allí recibíamos todos el sustento y a todos repartían y daban lo que habíamos menester. Y conocía el amor del Padre, de donde todos teníamos principio, y veía el valor del Hijo haciendo, todo y en todo, la voluntad del Padre, y el Espíritu Santo que de los dos procedía: eternos en el ser, y en el poder iguales, y distintos en las personas. Y esta unión y sabiduría, ocupada y dando ser a las obras del Hijo con valor eterno, como lo son estas personas. Y con esta sabiduría estaban obrando todas las obras de la cruz, adonde se leía la lectura de todos los hombres que tuvieron ser y habían de tenerlo. Aquí, en este libro de vida, estaban escritos todos; y este libro era Cristo, y los renglones sus obras, y la tinta con que se escribía la cruz.
Yo me espantaba de ver lo que no podré decir. Y el Señor, con una fuerza y vehemencia que atravesaba mi corazón de ver lo mucho que Dios hacía por el hombre, pues todo estaba ocupado en este trono, en su bien, y todo lo que aquí se leía era o premiar o castigar sus males, causó en mí admiración; y, con esta admiración, un afecto y amor que el Señor infundía en mi alma, [que] la arrebató y llevó a sí con un conocimiento grande y, como perdida en la profundidad de aquel ser, me fueron dichas aquellas palabras que se dijeron a Elías diciendo: Yo soy el carro y el carretero de Israel, y el dueño de todo, y el que llevo adonde Yo quiero a las almas. Y veía ser esto así porque veía cómo Su Majestad era el que llevaba al alma a sí, y el que la movía, y el que la sacaba y metía en el Paraíso, adonde conocía lo que por sí no podía alcanzar. Y así, era Su Majestad carro en donde iba el alma, y era el carretero porque era el que la guiaba, y era el que todo era, y era el que la llevaba y trasladaba del no ser al paraíso de sí mismo, que era adonde le daban ser. Y allí, en aquel asiento, veía en este Señor cosas que no se podían decir. Y podía decir que allí era adonde se aprendía la ciencia del predicar. Y allí, sin que haya vejez ni mudanza en el alma, podrá estar toda la eternidad. Y cada día se hará nueva esta doctrina del Señor, porque allí conoce y se admira de ver lo que el Señor hace, y está contenta, sin poder desear otra cosa porque ve no hay qué desear.
Y mostrando el Señor ser, este que a mi alma había movido y llevado a sí, el espíritu que había llevado a sí a Elías. Pues era el poder del Señor, que hace esto y saca de la tierra de esta vida al alma y de todos sus pensamientos, que muchas veces los tiene enterrados en la miseria de sí mismo. Y este Señor, con un vuelo e ímpetu, saca al alma de esto y la lleva al paraíso de su ser, para darle [al] alma y hacer conozca lo bien que le está este asiento. Y como el Señor, como vida y Señor, mueve los ayes del corazón y, como dueño, le enseña do viene el Señor que es en el aire sosegado del Espíritu Santo, adonde el alma conoce que viene el Señor por lo que en ella sopla; porque luego se conoce en los afectos que son de conocimiento de sí y de Dios, de temor del Señor, de desprecio de sí, y una luz en que ve lo que es suyo y lo que es del Señor, ve lo que debe y lo mal que corresponde con lo mucho que debe al Señor. Ve muchas cosas que le dan motivo de conocerse y, con todo eso, no le causa desconfianza, porque ve que las obras del Señor, adonde tiene su mira, son para remedio de estas sus quiebras. Y como corre este aire en su alma, con eso conoce lo malo suyo y lo bueno del Señor.
Y decía el Señor mirando a mi alma: María, ahí va mi espíritu y no en el aire fuerte de la satisfacción propia. Ahí no voy ni asisto, sino en el sosiego, en la paz y en lo que te he enseñado. Yo veía ser esto así y mi alma, por estas verdades, conocía era el aire del Espíritu Santo el que se las enseñaba e imprimía, y el que daba la luz y poseía el corazón. Y con eso venía a conocer [que] el Señor era el descanso del alma, y la vida, y todo, y el Paraíso adonde había de tener su vida y descanso si se dejaba guiar y gobernar de aquel viento, que era en el que venía Dios y asistía. Yo lo deseaba y temía de mí, y pedía al Señor fortaleza para seguirlo. Y con algunas penas de ver las muchas veces que no me había dejado gobernar por este viento, sino del aire recio de mis pasiones, dábame pena, y con temor que en mi alma se levantaba me parecía yo ver mi nada. Y tierna y temerosa de mí le decía al Señor me perdonase y me diese que yo no lo perdiese. Y veía yo que yo no había hecho nada en el servicio del Señor. Y el Señor, movido de lo que Él mismo me da, como obligándose con mis lágrimas, dijo: María, mira que eso es para derribar Yo todo el Cielo en tu alma y bajarme Yo a morar en ella, porque gusto de los corazones que se conocen. Y no hay, para hacer Yo nuevas mercedes y dar Yo todo lo que tengo, otro camino, porque Yo no me podré detener. Y mostraba hacer una mudanza dando a mi alma nuevos conocimientos de sus obras y caminos; y no por eso se me quitaban los temores de mí, antes me crecían y me veía con más ansias de serle a Dios agradecida y de no lo ofender. Y solo veía [que] en Su Majestad estaba todo lo bueno.

Él sea bendito por todo. Amén.
(Misericordias comunicadas)

28 mayo 2015

P. DAMIÁN YÁÑEZ NEIRA

2014, junto con el P. Gerardo, Superior de Oseira, 
y del P. Plácido actual Prior y ex abad del cenobio gallego.

Hoy el artículo no trata de María Evangelista directamente, aunque sí tiene mucho qué ver con ella. Queremos dedicárselo a P. DAMIÁN YÁÑEZ NEIRA Monje del Monasterio cisterciense de S. Isidro de Dueñas, connovicio del Hermano Rafael Arnáiz (Hoy ya San Rafael) y  como veréis, ahora residía en el Monasterio de Oseira (Ourense).
          A modo de homenaje  queremos dedicarle un espacio en este Blog dedicado a M. María Evangelista, porque a era un gran devoto de ella, por el conocimiento que de sus escritos e historia tenía desde hace muchos años. Él, refiriéndose a estos escritos, insistía que luchara por sacar del baúl, (donde estaban guardados hace casi cuatro siglos) “ese tesoro” que tanto bien puede hacer a los hombres de hoy.

El es el autor de la oración que se ha puesto en reverso de las estampas de M. María Evangelista y que ya  personas de todo el mundo rezan pidiendo favores. Los testimonios que  llegan a este monasterio de palabra o escritos, son numerosos. En esa oración el P. Damián reflejaba el profundo conocimiento que tenía del espíritu y santidad de esta sencilla monja que en el momento actual muy pocos conocíamos. Él vivió desde su Monasterio de Oseira (ya que por la avanzada edad no podía viajar) con gran gozo la Apertura y Clausura del Proceso Diocesano de Beatificación. No dejaba de llamar por teléfono para animar y estimular a seguir trabajando por la Causa. Estaba entusiasmado y contagiaba el entusiasmo. Desde ayer él, goza también ya en plenitud, con M. María Evangelista y todos los santos de la Gloria de Dios. No hay duda, de que ahora desde allí, ese “allí” que está en todos lados y en cada uno, nos seguirá estimulando y ayudando en este proceso y en nuestro caminar hacia Dios, como también lo hace M. María Evangelista.

  
          En la madrugada del día 27 de mayo de 2015, hacia la 1,20h, partió a la casa del Padre nuestro querido P. Damián Yáñez, Neira a los 98 años de edad.

          Era hijo de Alejandro y Tomasa, nació en Morales del Rey (Zamora), el 12 de diciembre de 1916. Fue el cuarto hijo de seis hermanos (cuatro varones y dos mujeres, entre ellas Sor Natividad, Hija de la Caridad). A los 12 años, el 18 de septiembre de 1929 ingresó en el Monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia), y se le dio el hábito de oblato el 6 de octubre siguiente, festividad de san Bruno. El 26 de mayo de 1932 inició el noviciado canónico recibiendo el hábito de novicio corista. Hizo la profesión temporal el 25 de julio de 1934, habiendo coincidido en el noviciado los meses precedentes con el H. Rafael Arnáiz desde su ingreso el 15 de enero hasta su salida por enfermedad el 26 de mayo de este mismo año de 1934. El 1 de noviembre en la solemnidad de Todos los Santos de 1940, hizo la profesión perpetua, y fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1941.

          El 26 de abril de 1942 partió a San Pedro de Cardeña con el grupo de fundadores permaneciendo allí hasta el 2 de septiembre de 1944. De nuevo regresó a Cardeña el 22 de noviembre de 1950 hasta el año 1953 en que fue nombrado capellán de las monjas bernardas de la Zaydia que preparó para su incorporación a la Estrecha Observancia. regresó de Valencia en noviembre de 1954. El mismo cometido tuvo con las monjas de Arévalo desde marzo de 1957 hasta el 26 de febrero de 1963 que regresó de nuevo a San Isidro.

          Fue nombrado enfermero de San Isidro el 6 de diciembre de 1963 combinando este cargo con cronista que desempañaba en San Isidro desde 1949, excepto en los años en que estuvo ausente en Cardeña y en las capellanías, retomando este servicio cuando regresaba y hasta el 26 de septiembre de 1966 que fue enviado al monasterio de Oseira donde hizo su estabilidad junto con los demás fundadores el 30 de octubre de ese mismo año.
          A lo largo de su vida el P. Damián se ha entregado enteramente a la investigación histórica de la Orden, especialmente de la Congregación de Castilla y en la elaboración de reseñas biográficas de destacados personajes de la Orden; ha sido destacado cronista tanto de San Isidro como posteriormente de Oseira, y ha trabajado incansablemente en la formación de la biblioteca y del archivo del monasterio gallego.

          Sin poder ser exhaustivos contamos entre sus trabajos más de cuarenta libros escritos y preparados entre 1955 y 2009, además de prólogos e introducciones de otros libros; contabilizamos más de 400 artículos en diversas revistas desde 1947 a 2013 y un largo etcétera de columnas en periódicos locales de Palencia, Burgos, Ávila, Benavente, Zamora, Ourense, Lugo...
           Entre otras actividades merece señalar los cuatro Congresos Cistercienses Internacionales sobre Císter en Galicia y Portugal, que organizó en 1992, 1998, 2006 y 2009, además del que organizó en 1953 en Valencia con motivo de Centenario de san Bernardo; también el organizado en 1969 con motivo del VIII Centenario de la fundación del monasterio de Gradefes (León), y en 1981, con motivo del XV centenario del nacimiento de san Benito, promoviendo un Congreso internacional en Orense.

18 marzo 2015

Libro: Diario de oración - II

Agosto Año 1627


La Sierva de Dios María Evangelista, como se ha dicho ya en este Blog, por obediencia a algunas de las abadesas y confesores que  tuvo en el Monasterio de Santa Ana de Valladolid, en algunos momentos de su vida, escribió a modo de un diario lo que de Dios recibía en la oración. Por eso, los que después hicieron copias de sus escritos los titulaban y subtitulaban ateniéndose al tema que más se desarrollaba en la doctrina destacada en ese momento.
El escrito que vamos a ir publicando aquí para que todos podáis enriqueceros con ellos, titula: “Libro de la Venerable[1] Madre María Evangelista. Año 1627". No desarrolla un tema especial a lo largo del libro, así como ocurre con otros. Sí como en todos, está presente el tema de la Cruz.
  
Domingo, 1 de agosto
En la oración de la mañana el Señor me decía: María, el alma que no me tiene confidente en su alma, no crecerá en mi doctrina; no tendrá paz en su corazón si no me tiene a mi presente. Y para conformar esta paz debe renunciar todos sus gustos y comodidades. ¿Qué piensas que quiere decir Jerusalén, que es la ciudad de los justos? Quiere decir ciudad de paz. Pocos son los que de veras quieren ser habitantes de esta ciudad de paz, porque son pocos los justos que tratan de veras de serlo y de justificarse más y más, despidiendo de su corazón todo lo que puede impedir esta paz. Decía también que era figura de la Iglesia, significada en un alma justa.
En la oración de la tarde el Señor se descubría a mi alma y mostraba cómo Su Majestad iba adelante en la obra interior, y la tela de esta obra la tejía y daba vida con la suya.
Lunes, 2 de agosto
Estuve achacosa y ocupada y falta de la oración, aunque no faltaron ansias de darme a Su Majestad. Llegó la comunión y el Señor, mostrándose a mi alma, decía que, en cuanto al aumento de gracia, Él suplía lo que había de haber dado en la oración de la mañana si la hubiera tenido, juntamente con lo que a la comunión correspondía. Y decía: Pues Yo os pongo en la pureza bautismal y quedáis como el día de vuestro bautismo, procurad vosotros corresponder como debéis y guardar con todo cuidado esta pureza, y trabajar en lo que os pongo, que por mi parte Yo os ayudaré y no faltaré a lo que he comenzado. Pedí luego por la comunidad y me mostró que daba aumento de gracia a todas, a cada cual conforme su disposición.
Martes, 3 de agosto
En la oración de la mañana el Señor se descubría más a mi alma y daba luz de sí mismo, y mostraba cómo la purificaba de todo lo que no es Él, que todo ello estorba para que no obre como quiere en su criatura. Y decía: María, sola la pureza puede hacerme a mí habitar en un alma. Los del mundo están muy engañados, que todos se van tras sus gustos, intereses y comodidades temporales, y no ven que no hay bien sin pureza, y que con sus gustos y deseos no puede haberla, sino que antes la destierran de sus corazones y me despiden a mí de ellos para que no los mire con agrado. Y así, muchas veces me vuelvo a poner los ojos en un alma que tiene y conserva la pureza, para aplacar la justa ira a que los del mundo me provocan. Y por ella perdono y disimulo con el mundo, como lo hago contigo, que por la pureza que en ti pongo me llevas los ojos. Conservadla, que ésta es la que os hará medrar en mi presencia.
En la comunión de la Misa el Señor derramaba su sangre en mi alma y la renovaba, aumentaba. Yo me espantaba de mi flaqueza, que tan presto tuviese necesidad de purificación. Y el Señor decía que también lo hacía para que la flor creciese, que ya me había mostrado cómo el cogollo estaba en alto, sobre tres altos de diferentes hojas de flores, y que para llegar a él era necesario crecer por las virtudes de las hojas, y que en ninguna virtud se crecía sin pureza, y que con ella se llegaba a lo más alto, que era a la unión perpetua con Él, que llegaría a plenitud en la gloria. Aquí está el camino que lleva a laconsumación y perfección. Con ésto el Señor me daba grandísimas ansias de esta unión consumada y perfecta, y de la pureza necesaria para alcanzarla. Y parece que el Señor ponía a mi alma en ella, transformándola en sí mismo y haciéndola olvidarse de sí misma.
Este día en la Misa de Prima hubo comunión y el Señor derramó la sangre diciendo: Crezca la flor, crezca, que Yo gusto de ello y con este riego ha de crecer. Y dijo el Señor que Él daba a mi alma tanto aumento de gracia como en las otras comuniones.
Miércoles, 4 de agosto
En la de la mañana el Señor se descubría a mi alma y daba grandes ansias de amarlo y reverenciarlo por señor suyo y de todas las cosas. Y decía: María, Yo coronaré este reconocimiento. Los príncipes del mundo andan ciegos, que solo conocen por señores a sus honras, riquezas e intereses. No tendrán corona, por que son indignos de ella, y la que tienen en el mundo es aborrecible a mis ojos, porque me desconocen y no hacen caso de mí, que soy el que solo se la puedo dar y quitar. Aborrecen mi doctrina y siguen la del mundo, que es toda engañosa y mentirosa. Después me mostraba mi alma a modo de aquella flor que otras veces me ha mostrado, con cuatro diferencias de hojas y colores, y la mostraba en un huerto cerrado. Y Su Majestad, por su mano, la estaba regando y decía: la riego con mi doctrina, que es sola la que la puede hacer crecer, que quiero Yo que crezca y progrese  en mi Iglesia.
En la comunión de hoy el Señor se descubría a mi alma como que iba en la navecilla que ahora navegaba con prosperidad, a vela tendida y viento en popa, y Su Majestad la iba llevando con seguridad. Mostraba al Espíritu Santo que la soplaba, a manera de un espíritu de majestad y grandeza tal que no se puede significar, el cual soplaba en todo el mundo con su gracia, que todo lo llenaba y vivificaba. Y decía el Señor que ahora cumplía la palabra que me había dado: que mientras durasen en mi pecho las especies sacramentales haría mucho bien al mundo. Yo le pedía por la guía que me había dado, que iba allí con la navecilla navegando, y Su Majestad la bendecía con mucho agrado. A la comunidad le daba mucho aumento de gracia.
Hoy que es Santo Domingo, el Señor al derramar su Sangre en mi alma, me puso en cruz interior como otras veces, y ofreció el sacrificio a su Padre. Y del fruto que salía de la cruz, como licor, tomaba Su Majestad y lo repartía (dándole valor con su sangre) sobre las ánimas del Purgatorio, y las aliviaba mucho por su bondad y poder. Y decía: Yo haré que vean el fruto de esta cruz todos mis escogidos, los que moran conmigo. Y como este obrero de hoy dio mucho fruto en el mundo con mi doctrina, así quiero que tú la des también y que lo vean todos los míos. Y mostraba nuestro Señor el fruto que hacía con el valor de su cruz en las almas del Purgatorio, y daba a ver cómo los del Cielo me veían en cruz con con Él, y bendecían de su sabiduría y del amor que a los hombres tiene.
Jueves, 5 de agosto
Día de Nuestra Señora de las Nieves. En la oración de la mañana mostraba el Señor mi alma como un arca cerrada donde Su Majestad asistía, y decía: María, mi Madre fue arca cerrada que guardó la paz de su corazón con todas veras, y en esto trabajó e hizo fruto digno de la gloria que tiene. A ti te tengo puesta a su semejanza, como arca cerrada, y así, has de procurar que no se abra, sino guardar su cerradura que es la paz de tu corazón. Y mientras así lo hicieres, el demonio, que anda rabioso y no para de procurar abrir esta arca, no tendrá poder ninguno, porque la paz es la que él quiere que pierdas, y para esto ofrece y mueve tantas ocasiones. No son así los que están en pecado mortal, que son arcas y sepulcros abiertos donde entran todas las sabandijas de la tierra, donde el demonio entra a su placer, porque en lugar de paz están llenos de guerras y desasosiegos, rabias e impaciencias. Lejos andan de mi espíritu y doctrina, siguen en todo la de su mayor enemigo, el demonio, que les procura su perdición. En el arca de mi Madre jamás cayó migaja de polvo, por delicado que fuese, porque nunca en ella hubo pecado. En ti algo entra y es necesario no te descuides, que te  puede hacer mucho daño.
En la comunión conventual mostraba el Señor a su Madre santísima, cómo había, con sus ruegos y pureza, detenido y aplacado la ira que justamente tenían merecida los pecadores. Y decía que aquello que había hecho con su Madre hacía ahora conmigo, y que aunque la diferencia era tanta, con todo esto, a su modo, hacía conmigo lo mismo. Porque cuando los pecados del mundo eran muchos, solía Él poner los ojos en un alma dotada de pureza, y se agradaba tanto de ella que perdía que reparase por el mundo, y así Él lo sufre y tolera  y hace muchas mercedes. Y así, ahora ponía los ojos en mí por la pureza que mi alma tenía y por este medio no castigaba al mundo. Yo me comencé a afligir mucho y me vinieron pensamientos de que era tentación lo que por mí pasaba, porque me parecía que no podía se de Dios aquella ya que me veía con las muchas faltas flaquezas. Entonces el Señor me consoló diciendo que no me fatigase, que aquello no procedía de mis propias fuerzas, sino de la gracia que Él ponía en mi alma y de la pureza que le comunicaba y con que la conservaba, pues ya me había dicho otras veces que desde que nací puso los ojos en mí. Y que a aquello poquito que yo obraba con su ayuda, juntaba Él sus merecimientos y le daba santo valor, todo era por su valor y sangre, y por ese medio hacía mucho bien al mundo.
En la comunión de la Misa el Señor estaba muy liberal, como siempre, y derramando su divina sangre en mi alma, decía que esta vez era con más aumentos que otras Y mostraba el Señor los grandes y esclarecidos aumentos de gracia que su Madre había tenido en el mundo, dándole Él, según su disposición, algunas veces, grandísimos aumentos de su gracia y como renovación de esta gracia, ahora hacía en las nuestras. Y que aquellos aumentos de su Madre se habían significado en el denuedo con que subió sin ayuda, siendo tan niña, las gradas del templo. Que así convenía que yo me dispusiese y subiese las gradas de las virtudes: con denuedo y fortaleza y perseverancia.

Sábado, 7 de agosto

En la oración de la mañana, por habérseme mandado que escribiese lo que ayer el Señor había dado, parece que recorría la memoria de ello y el Señor se descubría a mi alma y decía: María, bien tienes en qué sustentarte de mi doctrina, ora sea en lo que ayer, ora en lo que daré hoy. Con esto parecía que el Señor daba un grande conocimiento y estima de su doctrina, y que iba llevando tras sí el corazón con grandes ansias. Y decía que los tibios no hacían la estima de ella que debían, y así, nunca darían paso con medra ni que les fuese de provecho. Que muy diferente suerte quería que obrase yo en sus obras, con las veras y resolución que me había enseñado. Iba el Señor metiendo en sí mismo a mi alma y allí le daba el Señor aumentos de gracia y alientos para seguirlo a todo lo que llamaba. No se puede decir lo mucho que nuestro Señor daba a conocer de sí mismo y de su doctrina y verdad.
En la misma Misa, antes de la comunión, yo estaba dando gracias al Señor porque de tan lejanas tierras como está Roma, me había traído la persona que me había dado por guía y ayuda. Y decía que cómo había hecho aquello, pues allí, y en otras partes, pudiera ser de más servicio suyo, empleándose en negocios mayores, y no ahora ocupado en una cosa tan sin provecho. El Señor me respondió a estos pensamientos: ¿Pues de eso te espantas? Lo he traído Yo para que me labre una margarita[2] y la vaya engastando hasta que de todo punto esté perfecta y preciosa a mis ojos. Yo con esto quedé humillada y confusa, viendo cuán lejos estaba de la perfección a que el Señor llamaba. Al  tiempo de la comunión e hizo el Señor renovó mi alma de una forma muy particular y con mayor claridad que nunca. Aplicó el valor de su sangre en mi derramada en muchas necesidades de muchas almas, en particular a las almas del Purgatorio. Y aunque fue necesario dejar el puesto y acudir a la portería en acabando la Misa, no por esto el Señor dejaba de aplicar este fruto de su sangre a las almas y mostrar que lo hacía como tenía prometido. Él sea bendito. Amén.

[1] Venerable, en aquella época se denominaba a todos los que tenían fama de santidad.
[2] Del latín, significa “perla”.

15 enero 2015

Libro: Diario de oración. Julio Año 1627 -1-

“Libro de la Venerable
M.
 María Evangelista. Año 1627"
La M. María Evangelista, por obediencia a algunas de las abadesas que tubo a lo largo de su vida en Santa Ana de Valladolid, y a sus confesores, escribió en algunos momentos de su vida, a modo de un diario de lo que de Dios recibía en la oración. Por eso, los que después hicieron copias de sus escritos los titulaban y subtitulaban ateniéndose al tema que más se desarrollaba en la doctrina recibida por ella en ese momento.
El escrito que vamos a ir publicando aquí para que todos podáis enriqueceros con ellos, titula: “Libro de la Venerable[1] Madre María Evangelista. Año 1627", No desarrolla un tema especial a lo largo del libro, así como ocurre con otros. Sí como en todos, está presente el tema de la Cruz.

Domingo, 11 de julio

Estando ocupada mientras la oración de la tarde, pasando por los claustros, el Señor desde su corazón me decía que, aunque estuviese por la obediencia más ocupada, no faltaría Él en llevar adelante su obra comenzada.

Lunes, 12 de julio

En la oración de la mañana puso Su Majestad mi alma en cruz, más al vivo que hasta entonces, y con un tormento y quebranto muy particular y nuevo. Y decía que quería perfeccionar su obra en mi, y por el valor de su cruz, hacía bien a las almas del Purgatorio, ya que era día de almas. Aliviaba a muchas y sacaba algunas. De esta manera la tuvo en quebranto, como colgada en el aire, hasta la comunión de la Misa, en la cual Su Majestad mostró que el quebranto nuevo procedía de otro quebranto que a Él le había sido el mayor de todos, que era este: le mostró como una boca del Infierno y cómo en ella cabían gran multitud de almas, ciento y más, por una que iba al Purgatorio y se salvaba; al ver que tanta inmensidad de almas, por sus pecados no se aprovechaban de su sangre, que derramaba como otras veces, en su corazón, le fue el mayor tormento. Y así, le causó a ésta el mayor que hasta hasta entonces, y quedó con él mucho después. Hizo Su Majestad bien por su sangre a muchas almas del Purgatorio.
El domingo, con la cogulla de gracia, puso Su Majestad al corazón de su sierva en una paz muy superior, y tal que no llegaban a él nuevas inquietudes que contra ella andaban en casa, movidas del demonio por medio del natural de una religiosa inquieta .
Prometiole[2] el Señor que algunas veces la visitaría llegando al torno. Y le parece que llegó a dos o tres días Su Majestad en figura de un pobre, muy amoroso y apacible, que muy a deshora, cuando cerraban el torno, llegó a pedir limosna.

Martes, 13 de julio

En la oración de la mañana el Señor se descubrió más de lo ordinario y la bendijo, diciendo que la suya siempre era con aumentos de gracia, y que se los daba para que todos los pasos que diese aquel día fuesen con ella y agradables a sus ojos, pues los del mundo le eran tan abominables[3].

Sábado ,17 de julio

En la oración de la tarde el Señor mostraba la nave que otras veces y decía: María, Yo haré lo que tengo prometido. Yo guiaré a la que va en la nave y a quien la gobierna. Pero advertid que en esta nave principal de mi Iglesia han navegado personas muy ilustres. Con esto mostraba el Señor una gran multitud del coro de las santas vírgenes que seguían con suma pureza al Cordero, y decía: Mirad que os he dado lo mejor de mis tesoros, que es la doctrina más pura que Yo enseñé y ejercité, dando a entender que era menester trabajar como ellos lo hicieron. Díjome también el Señor que ya se habían abierto las primeras hojas de la flor de Santa Flora[4].

Domingo, 18 de julio

En la oración de la mañana el Señor se descubría a mi alma y decía: María, mi yugo es fácil y suave. Y con esto mostraba cómo Él iba en una parte del yugo y yo en la otra. Y decía que Él iba continuamente untando este yugo con el óleo de su gracia para que fuese más ligero. Mostrábase Su Majestad muy liberal por ser día de vírgenes (era fiesta de Santa Marina), y hacía bien al a la comunidad y a muchas almas.

Domingo, 18 de julio

En la oración de la tarde no pude estar en ella, ocupada en su obediencia, el Señor en mi corazón, más claro que lo ordinario y me dijo que aunque yo no podía descansar[5] tan quietamente como antes en la oración, Él cumplía su palabra de no faltar de obrar en mi alma.

Lunes, 19 de julio

En la oración de la mañana el Señor me ponía en el ejercicio y obra de cruz interior muy al vivo, y decía cómo no había cosa en que el alma más creciera, porque trae consigo el ejercicio de todas las virtudes, y es como un tesoro escondido y una mina de valor inestimable, que nunca se acaba de explicar su precio. Y parecía que con el peso de la cruz iba el Señor exprimiendo el jugo y fruto de ella, que era su sangre. Y por este valor alivió a muchas almas del Purgatorio y, en particular, sacó X, el cual me saludó mostrando agradecimiento de lo que se le había ayudado, y decía que por el valor de la cruz le había el Señor librado de gravísimas penas en que estaba.

Martes, 20 de julio

En la oración de la mañana el Señor se descubría y decía: María, los del mundo viven en un grande engaño y error, que mi doctrina y verdad la tienen por engañosa, porque habiendo Yo enseñado desprecio y humildad, ellos se despistan de esto y en todo lo que ponen su atención  es vanidad y soberbia. Y así, se van despeñando en muchos y grandes pecados, sin tener luz de la verdad que debían seguir. Y lo que más es de llorar: hasta en las religiones[6] ha entrado este mal, de modo que son rarísimos los que me siguen y tienen luz de mi doctrina y aman la verdad. Todos, casi, se van tras sus gustos, todos buscan honras y oficios[7] para ser estimados y tenidos, y se desatienden de seguir la virtud y humildad. Hasta en las recoletas[8] hay muchos humos de soberbia, como algunas que se desprecian de traer poca dote o que su dote, o parte, sea de prebendas[9]. No lo hagas tú así, sino en estas materias guarda silencio y humildad.
En la oración de la tarde estaba algo rendida del trabajo del oficio de la portería este día, y postrándose en el coro el Señor se descubría y decía: María, recuéstate en mi corazón y descansa en mí, que es en quien está el verdadero descanso. Y así lo hacía el Señor con mi alma.

Miércoles, 21 de julio

En la oración de la mañana estaba fatigada y falta de sueño, y yéndome a dormir algo, el Señor se descubrió y dijo: Revertere, revertere Sulamitis[10]. Vuélvete a mí para que te vea y me veas, que sin verme no puede haber corona. Entre los del mundo no hay a quien Yo pueda decir esta palabra, “revertere”, porque como se van tras sus gustos, honras e intereses, no son capaces de volverse a mí con todo el corazón, y así, sus coronas no lo son a mis ojos, sino desprecio y deshonra. Tú, para llevar y ganar corona, has de volverte a mí solo, sin que ocupes tu corazón en otra cosa. Y como que el Señor daba y ponía a mi alma en ello; Su Majestad llevaba tras sí todo el corazón y me tenía en sí recogida.
En la oración de la tarde no pude estar en ella por las continuas ocupaciones y, afligiéndome de esto por parecerme que las ocupaciones me apartaban de Dios, el Señor se descubrió, y consolándome (en mi corazón) decía: María, donde quiera que vayas miro todos tus pasos con gracia, que te la doy para que los des con ella y sean agradables a mis ojos. Y con esto iba llevando mi alma tras sí y sustentándola de sí mismo.

Jueves, 22 de julio

En la oración de la mañana, día de la Magdalena, el Señor decía: María, hoy es día de pedir por los que están en pecado mortal, y muy acomodado con el ejemplo de mi querida María Magdalena, que se dispuso tan bien para que Yo le perdonase todos sus pecados. Y te digo de verdad que este día, por lo que amo a la segunda María que eres tú, deseo perdonar a todos los pecadores, y de hecho los perdonara a culpas y penas si trajeran el aparejo que deben, a imitación de la primera María. Y pidiéndole yo por la comunidad, el Señor las bendijo, y fue como promesa y prevención del favor que después les hizo en la comunión de la Misa.
En la oración de la tarde el Señor decía: María, ¿quieres ir con Magdalena al sepulcro a ver si he resucitado? Cuando ella fue y llegó allí no me halló, pero halló dentro las señales de mi resurrección, que eran las señales de mi pasión y mis llagas en los lienzos de mis mortajas. Tú, ahora, entra en tu corazón, que es mi sepulcro, y verás cómo he dejado en él las señales de mi resurrección y pasión, que son mis llagas. En él las he dejado impresas, para que te sean señales ciertas de que he resucitado en el sepulcro de tu corazón, en el cual también he escrito mi doctrina porque tomo valor de mi resurrección, que si Yo no resucitara vana fuera mi doctrina. Y así, las obras que tienen valor son las obras resucitadas y, con el valor de mi pasión y vida de mi resurrección, tales quiero que sean las tuyas, hechas con vida.

Viernes, 23 de julio

El Señor, en la oración de la mañana, decía: María, grandísimo descuido y olvido hay en el mundo de mi pasión, y siendo así que este fue el mayor beneficio que de mí recibió, y en el cual está todo su remedio y su gloria, no tiene cosa más olvidada que esta. La consideración de este descuido me puso a mí de ordinario en cruz, y algunas veces di lugar de tanto sentimiento a mi naturaleza, que ofrecí al Padre sacrificio por remedio del mismo mundo, y olvido, y le fue muy acepto y agradable a sus ojos. Ahora quiero Yo que tú también se lo ofrezcas, poniéndote en cruz, el mismo descuido del mundo. Y como que el Señor ponía a mi alma en cruz con harto quebranto, y Su Majestad se ponía en ella para darle valor a este sacrificio. Se lo ofrecía al Padre eterno por reparo de este descuido del mundo y, de camino, el Señor hacía mucho bien a la comunidad, con aumentos de su gracia, aunque desigualmente, según la disposición de cada una. Y viéndome Su Majestad quebrantada y sin aliento, que lo estaba por lo que Él daba a padecer por el ánima de D. Laysa, dijo: Aliéntate, María, que tus hermanas Módica, Flora y Lucila, y Valeriano[11], no se descuidan de pedir continuamente por vosotros –como Yo se lo tengo mandado– para que vayáis adelante.
Mientras la oración de la tarde estuve ocupada. Con todo esto, el Señor se me mostraba dentro de mi corazón y lo atraía a sí con deseos vivos de agradarle.

Sábado, 24 de julio

En la oración de la mañana el Señor decía: María, anímate y pasa adelante con buen ánimo, que el que echa una vez la mano al arado y vuelve atrás no es para el Reino de Dios, donde solos entran los animosos y esforzados. Los tibios no lo hacen así, que como pierden el ánimo con que comenzaron no llegan a mí, que soy el Reino del Cielo; todo cuanto hacen es con frialdad.
En la oración de la tarde estuve hablando más de una hora con la Superiora, y aunque cosas buenas, pero que no eran necesarias en aquel tiempo, lo cual castigó nuestro Señor con un nuevo quebranto y con reprehensión del descuido, diciendo que si hubiese sido necesario, que Él supliera la falta del tiempo y diera el fruto de la oración a su alma, como si la hubiese tenido en mucho sosiego, pero que no sufría que el tiempo de la oración se emplease sino con Él o en forzosa ocupación de obediencia.

Domingo, 25 de julio

En la oración de la mañana daba al Señor grandes ansias de estarse con Él y entregarse toda a su voluntad. Y decía: María, ¿qué piensas que es beber más o menos de mi cáliz, sino gozar más o menos de mi doctrina y obrar en ella con el desengaño y verdad que Yo enseño? Y así, el que hubiese bebido más de esta doctrina, con obras verdaderas y puras, será mayor en mi reino. Con ésta justifico Yo las almas. Y tanto le puedo dar a beber, que sea agradable a mis ojos a maravilla y Yo haga por ella mucho bien a muchos. Así quiero que beba tu alma de mi doctrina y que llegues a justificarte, de modo que tenga tu alma asiento entre todas las personas de la Trinidad Santísima. Esto quise darte a entender en las tres hojas postreras que te trajo Santa Flora, que son símbolo de las tres divinas Personas. Y la letra significa que todas ellas serán todo para ti y tú para solo ellas. Y quiero que estés entre ellas como los granitos de la flor, que están cerrados dentro de ella, que así quiero que sea tu alma conmigo y con el Padre y Espíritu Santo.
En la oración de la tarde el Señor se descubría a mi alma y ponía en el ejercicio y obra interior de cruz, que es solo donde crece el alma.

Lunes, 26 de julio

Día de Santa Ana. En la oración de la mañana el Señor decía: María, son tantas las gracias que tengo puestas en la cruz que son más que migajas de ella, con ser tan innumerables, como multiplicadas milagrosamente hay repartidas en todo el mundo. Y luego ponía el mismo Señor a mi alma en ella y en la obra interior de cruz muy al vivo; y haciendo trabajar el alma en ella dándole de su fruto, que es el de su gracia, con muchos aumentos de ella. Y decía: María, hoy es día de ánimas y de hacer bien a las del Purgatorio. Y diciendo esto las aliviaba a todas con mayor liberalidad y en mayor grado que otras veces.
En la oración de la tarde el Señor se le mostraba y daba muchas ansias de unirse con Él. Estuve muy ocupada en la portería.

Martes, 27 de julio

En la oración de la mañana el Señor se quejaba del mundo, que lo desconocía a Él y a su doctrina, y decía: María, no hay quien me conozca y obre en mi doctrina y en la verdad que enseñé y enseño. Todos están entretenidos en sus gustos e intereses, y a éstos tienen por su dios y no reconocen otro; cosa digna de ser llorada y sentida de todos mis amigos. Y diciendo esto, el Señor prometía que había de llevar adelante la obra que había comenzado en mi alma, con el poder de su brazo poderoso.
En la oración de la tarde el Señor se mostraba a mi alma mucho más manifiestamente que los días pasados y me decía grandes excelencias de la cruz. Y decía: María, amé siempre tanto a la Santa Cruz, que no sólo –como otras veces te he enseñado– la traje siempre en mi corazón y anduve siempre, desde que tomé carne humana, puesto en ella, para ofrecer al Padre eterno sacrificio continuo por los pecados de los hombres, para aplacar la justa ira que tenía del desagradecimiento y olvido de mi pasión; pero aún tuve tanta estima de la cruz y de su obra, que aun en lo exterior anduve siempre como crucificado. Y aquí sabrás por qué gusté de andar descalzo (este secreto –parece que daba a entender el Señor– no lo había descubierto a otra persona del mundo): fue por una como estima que tuve siempre de la cruz, en la cual traje siempre los pies como enclavados, y con esta consideración y obra continua quise traerlos desnudos, como previniendo lo que después habían de pasar en el madero de la cruz.

Miércoles, 28 de julio

En la oración de la mañana el Señor reprehendía unas faltas que tenía que eran unos pensamientos que me distraían algo de Su Majestad. Y decía que cualquier falta estorbaba su trato y comunicación, porque Él no podía ser visto ni conocido sino de las almas puras. Y particularmente la obra de cruz interior, en que Su Majestad había puesto a mi alma, pedía más pureza, porque la cruz era la que no sufría falta ninguna. Y con esto parece que el Señor iba perdonando y quitando las faltas que tenía, y comunicándose más a mi alma.
En la oración de la tarde dio el Señor luz de la causa por [la] que aquel día me había tenido muy apretada y quebrantada, con mucha copia de lágrimas, tantas, que sin poderlas detener caían de los ojos en el coro y refectorio. Y decía que un religioso, por cuya alma yo padecía, había tenido un corazón muy perezoso y no había llorado sus pecados. Y pues ellos no se perdonan sin contrición y lágrimas, era necesario que yo los llorase; y por esto me había dado aquellas lágrimas.

Jueves, 29 de julio

Día de Santa Flora. En la oración de la mañana estaba muy oprimida y lo había estado desde el día pasado. Y el Señor se mostraba a mi alma y como que ponía su mano sobre mi corazón. Hizo como que lo lavaba o frotaba por dos veces y decía que era necesario purificar el corazón de las faltas que tenía; y así mostraba Él mismo que lo hacía con su gracia. Y con esto apartó del todo el quebranto y pena que tenía desde el día pasado, que era mucha, y desahogó el corazón, y llevó todo a sí, que es el centro de él.
Este día, en la comunión de la Orden, el Señor se comunicaba a mi alma y decía: María, ¿cómo ha de crecer la flor y cómo se ha de abrir si no le da el calor del sol? Si el corazón no se guarda puro y limpio, con mucho cuidado, no podré Yo insuflar el calor necesario en él y, sin calor, no crecerá ni se abrirá. Con esto daba el Señor a entender que las segundas hojas de la flor en que ahora estaba, de la continua mortificación, eran las que más habían de durar en abrirse, y que las últimas del amor recíproco las abría Él en las comuniones. Y lo mostraba, que entonces lo hacía, y ponía en ello a mi alma de modo que yo no podía ignorar que era Su Majestad quien lo obraba. Luego comenzó el Señor a repartir sus misericordias en la Comunidad, y por todo el mundo parece que caían a manera de una lluvia menuda, como maná.
El mismo día en la comunión de la Misa, que fue solemne de Santa Flora y su hermana, Santa Lucila, y San Valeriano, con una conmemoración de Santa Módica, me trajo el Señor los cuatro santos. Venía Santa Módica en medio de las dos hermanas –Flora a mano derecha, Lucila a la izquierda– y, junto a ellas, Valeriano, y todos me saludaron amorosamente y me hablaron. Módica dijo que fuese muy adelante [en] la obra de la cruz que el Señor había comenzado en mi alma y que no desfalleciese, y para ello guardase con cuidado la pureza del corazón, sin la cual no podía crecer la obra de cruz; que ella así se lo rogaba y rogaría al Señor continuamente por nosotros. Flora dijo que pedía al Señor creciese mucho la flor y se abriese con toda perfección para mucha gloria de su divina Majestad. Lucila dijo que le rogaba que el bordado de la cogulla[12] de cruces fuese adelante y que no pusiese yo los ojos sino en la cruz, pues no había otra cosa que así agradase al Señor. Valeriano dijo que él pedía al Señor honrase a los que los honraban y celebraban su fiesta. Y con esto se despidieron los cuatro santos y volaron al Cielo.
Este día me mostró el Señor al demonio Elación, que anda furiosísimo inquietando a las monjas de casa y había hecho efecto en algunas. Yo le dije al Señor que cómo andaba tan rabioso, y me dijo: María, ¿de qué te sorprendes, que es la misma soberbia? Este demonio había tentado mucho tiempo a la prelada pasada contra mí, y ahora, en particular, tentaba a una monja con mucha impiedad.
En la oración de la tarde no pude estar por ocupaciones, pero después me postré en el coro y me quejaba al Señor de ellas (las ocupaciones), temerosa de que me apartasen de la comunicación con Su Majestad y de que por mis faltas, Su Majestad así lo ordenase. Y el Señor me decía: María, a la manera que está un río cuando le detienen su corriente y un padre que con ansias desea aumentar un hijo que mucho quiere, pero algún impedimento no lo deja  obrar como quisiera, así estoy Yo cuando las ocupaciones te impiden de llegar a mí con la quietud que es menester para recibir de lleno mi espíritu. Y mostrábame el Señor cómo era así y las ansias que Su Majestad de esto tenía; me las da a mi grandes de darme toda a Su Majestad y de comunicar de sus tesoros.

Viernes, 30 de julio

En la oración de la mañana, viéndome cansada de ocupaciones y con gana de no pasar adelante en la escritura, el Señor me decía: Al fin, María, si te quito el maná no puedes pasar y si te lo doy te cansa. Allá en el desierto, cuando a los hijos de Israel sustentaba con maná del cielo, se cansaron de él y les daba en rostro, y apetecían las cebollas de Egipto. No seas tú así. El maná que te doy es mi doctrina, no te canses de escribirla. Escríbela, que hay mucha necesidad de ella en el mundo y no tienen cosa más olvidada que ésta, siendo la más necesaria, y sola la necesaria. No veo por qué que lo dejes de escribir: escríbela que es mucho menester en el mundo. Era día de sacrificio y dijo Su Majestad, que en la Misa se haría.
En la comunión de la Misa, que fue por una difunta que la tarde antes habían enterrado en casa, el Señor hacía lo que siempre y derramaba su sangre. Y decía: María, ya te dije que hoy es día de sacrificio y que se había de hacer ahora. Puso luego el Señor en él, con mucho sufrimiento mío, y lo ofrecía al Padre por una religiosa que estaba muy inquieta, por quien yo le había pedido. Y decía: Padre eterno, recibid este sacrificio por aquella oveja, que si hay una descarriada que anda fuera de vuestros pastos y doctrina, otra hay que está en cruz y sigue mis pisadas. Esta os ofrezco por aquella, para que no miréis sus faltas, sino antes la perdonéis y subyuguéis.
En la oración de la tarde estuve ocupada, y volviendo después un rato al coro, estando recogida, me dieron grandes ansias de no faltar a los tiempos de la oración. Y descubriéndose nuestro Señor como en figura humana, aunque solo el alma lo vio, me eché a sus pies con ansias, dándole quejas de que permitía tantas ocupaciones y que daba lugar al demonio para que me ocupase algunas veces sin necesidad precisa. El Señor me apartó de sí, como a la Magdalena, y dijo: No me toques, que estoy resucitado. Yo le repliqué: Pues Señor, ahora no os toco exteriormente como la Magdalena, sino en espíritu. Así es, verdad –dijo el Señor–, pero llegas con imperfección, y estas quejas no traen la pureza de resignación y paz interior que Yo quiero, y esto solo basta a apartarte de mí.

Sábado, 31 de julio

En la oración de la mañana me cargó algo de sueño, aunque no mucho, y el Señor dijo: María, despierta. Y con esto quitó de mí toda la gana de dormir. Y prosiguió diciendo: Los tibios, María, siempre están dormidos, nunca acaban de despertar y echar de ver lo que les importa aprovechar y trabajar en mi doctrina. Todo es olvido de mí y de ella, andan lejos de la verdad, no despiertan a mis inspiraciones.
En la comunión de la Misa el Señor hizo lo que siempre y derramó su sangre aumentando su gracia en mi alma. Y en acabando de comulgar me borró de la memoria la comunión. Yo me afligí mucho y me ocurrieron los pensamientos ordinarios de falta de satisfacción de lo que por mí pasaba. Se mostró el Señor entonces en mi corazón en figura de niño y esto me causó más novedad. Y volviéndome a Él le dije: Señor, ¿qué es esto? ¿Qué novedades son estas? Su Majestad respondió: ¿Qué quieres? Que en el mundo estoy niño, nunca acaban de buscarme en edad perfecta. Todas son niñerías las obras que hacen, aun los que profesan estado de perfección, porque cuando piensan que me tienen es buscando sus comodidades e intereses, y en faltándoles éstos no hacen nada. Y añadió: Permití la distracción y pena que has tomado porque los pecados no se perdonan sin alguna satisfacción, que es siempre penal, y por esto todas las obras que Yo hice en el mundo fueron penales, porque con ellas satisfacía al Padre por vuestras culpas. Y a esta pena que tuviste he aplicado Yo el valor de las mías y le he dado que tenga el efecto que verás. Con esto enseñaba el Señor que aplicaba el fruto de su sangre, derramada en mi alma, a las almas del Purgatorio, y salían de él como una legión de almas llenas de gozo y alegría, caminando al Cielo y cantando alabanzas a la sangre del Señor, por cuyo valor eran libres. Y con ellas iban sus ángeles, que las acompañaban, gozosísimos del fruto de la cruz que llevaban a presentar al Señor en su gloria.
En la oración de la tarde yo estaba algo oprimida con lo que en casa había de dichos y ocasiones contra mí y contra cosas mías, y pedía al Señor las sosegase. El Señor me decía: María, ¿no has oído decir que un hombre tenía convidados y que fue a casa de su vecino a pedir panes que darles, y que aunque no se los quería dar, finalmente, por su mucha importunación, se los dio? Yo tengo a quien dar el pan del fruto que saco de estas ocasiones que, con el valor que les doy de mis obras y pasión, hago bien y sustento a muchas personas de mi familia. Pero si tú eres importuna, vendré a concederte lo que pides y dejaré sin pan a los que se habían de sustentar con él. Con esto daba el Señor conformidad con su voluntad, y deseos de padecer por Él todo lo que Su Majestad quisiere, y desengaño de no pedirle más que el cumplimiento de su santísima voluntad.



[1] Venerable, en aquella época se denominaba a todos los que tenían fama de santidad.
[2] A veces habla como si de otra persona se tratara no se si misma, en realidad se refiere a su alma.
[3] Nota del padre Vibar tachando este párrafo: “Está en la hoja siguiente”.
[4] Santa flora martir
[5] Descansar, holgar.
[6] Monasterios, congregciones.
[7] Cargos
[8] La propia comunidad.
[9] Rentas anejas a un canonicato u otro oficio eclesiástico.
[10] Revertere, revertere Sulamitis; revertere, revertere ut intueamur te. (Biblia Sacra Vulgata, Cantar de los Cantares 6, 12): “Vuélvete, vuélvete Sulamita; vuélvete, vuélvete y te miraremos” (Cnt 7,1).
[11] Santos mártires
[12] Hábito que se utiliza sólo cuando se reza el Oficio Divino en el coro.