10 noviembre 2015

Del diario de oración 4

Y decía el Señor mirando a mi alma:
 
María, ahí va mi espíritu y no en el aire fuerte
 de la satisfacción propia.
Ahí no voy ni asisto, sino en el sosiego,
en la paz y en lo que te he enseñado.

Estando en la oración un día en los postreros de agosto, con algunas penas por ver lo mal que yo al Señor le correspondía. Y, particularmente, me lo daba de ver que en algunas ocasiones, y personas, me pedían algunas cosas con devoción y pedían los encomendase a Dios; y, en particular, me pidieron tomase una criatura enferma en los brazos; y esto lo hicieron algunas veces. Yo tomé alguna pena, y me daba vergüenza y no sabía cómo me hacer: si responder despidiéndome o hacer que no lo entendía. Y con esta pena, viendo yo mi miseria y lo poco que en mí había, acudí al Señor y dile mis quejas: que por qué permitía aquello y por qué no les quitaba de la memoria tal cosa, pues veía lo poco que yo valía y lo poco que tenía, pues solo lo bueno era suyo. El Señor, con una luz que atravesaba mi corazón, dijo: Bien dices, María, y tú lo dices y dices bien: todo lo bueno es mío. Y así es, y Yo lo doy a quien quiero porque es mío, y te lo doy a ti por ser obra mía y mi retrato. Y esto es también mío, y pues Yo quise estar en tus brazos, que es más que esté en ellos una criatura. Yo me enternecí y acordé de lo que el Señor decía, aunque había cerca de dos años que el Señor me había hecho este favor un Viernes Santo, que había hecho con mi alma lo que con su Madre, poniéndose Su Majestad en mis brazos, así, muerto. Y díjome: ¿Acuérdaste, María, de mis espinas y corona? Yo le dije: Señor, sí, y el afecto que disteis y compasión. Y cómo yo llegué a vuestra cabeza santísima y me hizo detener una espina que me atravesó el corazón. Y me disteis particular luz de lo que quisisteis decir: “Como está escrito”. Dijo el Señor: Pues donde Yo estuve, bien puedo Yo poner fruto y valor.
Y con estos pensamientos me llegué a comulgar. Y el Señor, asentándose en su trono, que era el de su ser, y como que hacía asiento en mi corazón, mostró ser el verdadero Salomón y el verdadero juez, y cómo con verdad podía hacer este oficio y lo hacía. Y mostraba cómo por todas aquellas gradas que eran sus atributos subía y estaba sin subir, porque todo lo tenía de suyo. Y cómo allí hacía asiento la sabiduría de Dios y este Dios era el que recibíamos, adonde asistía el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Y allí se me mostraba este Señor como sabiduría eterna, que era el bien del alma adonde, como a su descanso y trono, había de subir; para esta subida y asiento llamaban a mi alma, como a esposa y amada del Señor. La grandeza me espantaba, mas veía y conocía, como me lo daban a conocer, era el Libro de la Vida el que estaba allí sentado, y el que juzgaba y por el que se juzgaba. Y los renglones y letras que se leían eran todas las obras de la cruz y las obras del Señor, que eran lo mismo. Y para juzgar nuestros males y para perdonarlos, miraban estos bienes de la cruz, y toda la sabiduría del verdadero Salomón estaba en esto ocupada. Y esta era la sabiduría del Espíritu Santo y el amor y principio del Padre. Todos leían esta lección que en este libro de vida, Cristo, estaba escrita. Yo lo miraba y veía lo que no podré decir, y allí era enseñada en lo que no podía saber. Allí estaba todo el poder y todo el querer de Dios. Y allí veía todos éramos como nada en la presencia de este Señor, y el que más sabía era ignorante y como nada. Y los ángeles adoraban a este Señor en este trono, como a bien y principio suyo, y como asombrados decían: Sanctus, Sanctus, Sanctus. Tú, Señor, eres el verdadero Señor, y el que eres y tienes que ser, que nosotros no sabemos nada ni podemos nada.
Yo miraba este trono y compostura y orden de la casa del verdadero Salomón, adonde estaba todo el conocimiento de los hombres, pues a todos nos lo daban, pues de allí recibíamos todos el sustento y a todos repartían y daban lo que habíamos menester. Y conocía el amor del Padre, de donde todos teníamos principio, y veía el valor del Hijo haciendo, todo y en todo, la voluntad del Padre, y el Espíritu Santo que de los dos procedía: eternos en el ser, y en el poder iguales, y distintos en las personas. Y esta unión y sabiduría, ocupada y dando ser a las obras del Hijo con valor eterno, como lo son estas personas. Y con esta sabiduría estaban obrando todas las obras de la cruz, adonde se leía la lectura de todos los hombres que tuvieron ser y habían de tenerlo. Aquí, en este libro de vida, estaban escritos todos; y este libro era Cristo, y los renglones sus obras, y la tinta con que se escribía la cruz.
Yo me espantaba de ver lo que no podré decir. Y el Señor, con una fuerza y vehemencia que atravesaba mi corazón de ver lo mucho que Dios hacía por el hombre, pues todo estaba ocupado en este trono, en su bien, y todo lo que aquí se leía era o premiar o castigar sus males, causó en mí admiración; y, con esta admiración, un afecto y amor que el Señor infundía en mi alma, [que] la arrebató y llevó a sí con un conocimiento grande y, como perdida en la profundidad de aquel ser, me fueron dichas aquellas palabras que se dijeron a Elías diciendo: Yo soy el carro y el carretero de Israel, y el dueño de todo, y el que llevo adonde Yo quiero a las almas. Y veía ser esto así porque veía cómo Su Majestad era el que llevaba al alma a sí, y el que la movía, y el que la sacaba y metía en el Paraíso, adonde conocía lo que por sí no podía alcanzar. Y así, era Su Majestad carro en donde iba el alma, y era el carretero porque era el que la guiaba, y era el que todo era, y era el que la llevaba y trasladaba del no ser al paraíso de sí mismo, que era adonde le daban ser. Y allí, en aquel asiento, veía en este Señor cosas que no se podían decir. Y podía decir que allí era adonde se aprendía la ciencia del predicar. Y allí, sin que haya vejez ni mudanza en el alma, podrá estar toda la eternidad. Y cada día se hará nueva esta doctrina del Señor, porque allí conoce y se admira de ver lo que el Señor hace, y está contenta, sin poder desear otra cosa porque ve no hay qué desear.
Y mostrando el Señor ser, este que a mi alma había movido y llevado a sí, el espíritu que había llevado a sí a Elías. Pues era el poder del Señor, que hace esto y saca de la tierra de esta vida al alma y de todos sus pensamientos, que muchas veces los tiene enterrados en la miseria de sí mismo. Y este Señor, con un vuelo e ímpetu, saca al alma de esto y la lleva al paraíso de su ser, para darle [al] alma y hacer conozca lo bien que le está este asiento. Y como el Señor, como vida y Señor, mueve los ayes del corazón y, como dueño, le enseña do viene el Señor que es en el aire sosegado del Espíritu Santo, adonde el alma conoce que viene el Señor por lo que en ella sopla; porque luego se conoce en los afectos que son de conocimiento de sí y de Dios, de temor del Señor, de desprecio de sí, y una luz en que ve lo que es suyo y lo que es del Señor, ve lo que debe y lo mal que corresponde con lo mucho que debe al Señor. Ve muchas cosas que le dan motivo de conocerse y, con todo eso, no le causa desconfianza, porque ve que las obras del Señor, adonde tiene su mira, son para remedio de estas sus quiebras. Y como corre este aire en su alma, con eso conoce lo malo suyo y lo bueno del Señor.
Y decía el Señor mirando a mi alma: María, ahí va mi espíritu y no en el aire fuerte de la satisfacción propia. Ahí no voy ni asisto, sino en el sosiego, en la paz y en lo que te he enseñado. Yo veía ser esto así y mi alma, por estas verdades, conocía era el aire del Espíritu Santo el que se las enseñaba e imprimía, y el que daba la luz y poseía el corazón. Y con eso venía a conocer [que] el Señor era el descanso del alma, y la vida, y todo, y el Paraíso adonde había de tener su vida y descanso si se dejaba guiar y gobernar de aquel viento, que era en el que venía Dios y asistía. Yo lo deseaba y temía de mí, y pedía al Señor fortaleza para seguirlo. Y con algunas penas de ver las muchas veces que no me había dejado gobernar por este viento, sino del aire recio de mis pasiones, dábame pena, y con temor que en mi alma se levantaba me parecía yo ver mi nada. Y tierna y temerosa de mí le decía al Señor me perdonase y me diese que yo no lo perdiese. Y veía yo que yo no había hecho nada en el servicio del Señor. Y el Señor, movido de lo que Él mismo me da, como obligándose con mis lágrimas, dijo: María, mira que eso es para derribar Yo todo el Cielo en tu alma y bajarme Yo a morar en ella, porque gusto de los corazones que se conocen. Y no hay, para hacer Yo nuevas mercedes y dar Yo todo lo que tengo, otro camino, porque Yo no me podré detener. Y mostraba hacer una mudanza dando a mi alma nuevos conocimientos de sus obras y caminos; y no por eso se me quitaban los temores de mí, antes me crecían y me veía con más ansias de serle a Dios agradecida y de no lo ofender. Y solo veía [que] en Su Majestad estaba todo lo bueno.

Él sea bendito por todo. Amén.
(Misericordias comunicadas)