04 octubre 2016

Diario de oración M.C. Nº 60


Otra vez me recogió el Señor, y metida yo en aquella luz inmensa –no con los sentidos corporales, porque la naturaleza no percibe nada de aquel purísimo ser– allí tenía lo que había necesitaba, que era a Dios, y en Él tenía el entendimiento pastos abundantes. Dijo el Señor:
Esta es la bodega de mis vinos, adonde se gusta de mí.
Yo me hallé en una inmensa anchura y vi estaban en ella todos los nacidos, y que muchísimos no gozaban de este bien ni gustaban de este vino. Yo le pregunté al Señor por qué no daba a todos de aquel vino. M respondió:
No entran en mi casa sino mis amigos. A estos muestro mis riquezas y doy mi pan y mi vino. Y si de las sobras se da algo, se lo sacan fuera, que son las migajas que pedía la cananea[1].
Yo, espantada de que me metiese a mí, le dije: ¿Pues cómo me dais a mí tanto? Dijo el Señor:
 ¿No puedo hacer Yo, de mi hacienda, lo que quisiere?
Y me mostraba cómo no hallaba vasos en que echar este su vino precioso, y la gracia especialísima que me había hecho en haberme escogido para vaso suyo desde su eternidad. Y conocí cómo Su Majestad hace como dueño y reparte su hacienda entre sus criados, más o menos, como el Señor gusta.
Reparando yo en mi simpleza y cómo osaba preguntar a un Señor tan grande mis ignorancias y boberías, me dijo con grande amor:
María, Yo gusto mucho de tus preguntas. Soy como un padre que se entretiene y gusta que -su hijo- le pregunte sus dudas para satisfacerlo; por eso, en lo que te muestro, dejo algunas obscuridades de industria para que me las preguntes y así las percibas mejor, como quien desea saberlas. Y si reparas, a un punto es la pregunta y la duda, con la resolución y la respuesta. Y no te dé pena no saber decir todo lo que en mí ves, que ninguno que gusta de mi vino sabe decir a qué sabe. Solo para mí se queda eso.
En ésto me acordé de la ausencia de mi confesor y le dije: ¿Cómo, Señor, no me traéis a mi confesor, que ya tarda? Dijo el Señor:
Yo no lo necesito a él para guiar a mi oveja. Yo la guiaré siempre y sustentaré en mis pastos, donde no hay falta ninguna. Su frescura y sus  fuentes son eternas. Yo quiero a tu confesor para que te proteja al modo que protegió a mi Madre, José, y así Yo voy perfeccionando mi obra.
Habiéndome dicho Su Majestad, en un gran recogimiento, lo que Cristo Señor nuestro había amado la cruz y lo que en su interior había obrado en ella, que es indecible, sin descansar un solo instante de su vida, llegó a mostrarme cómo los mismos ángeles habían entrado a la vista clara de Dios por la cruz. Y, por no adorarla ni estimarla, los soberbios están condenados, porque les pareció cosa baja tener por rey y señor un crucificado. Y decía el Señor cuán ingratos habían sido los demonios después  de haber recibido de Dios el ser y tantos beneficios. Y viendo que era aquel su gusto y decreto eterno, y sabía que no podía Dios errar, se olvidó de todo por no aceptar lo que Dios le mandaba. Y después me mostró el Señor cómo los santos ángeles habían entrado a ver a Dios por la cruz, porque de ver a los compañeros tan ciegos y duros en su juicio, y rebelados contra su criador, les dio tan grande tormento cuanto tenía cada uno de celo a la gloria de Dios. Y así, padecieron lo que ellos y su criador saben.
Otra vez me mostró el Señor algunas almas que lo buscaban y deseé me mostrase una de quien yo tenía mucha relación. Me la mostró y vi que el Espíritu Santo estaba en ella y que le daba muchos dolores que padecer. Mas la honra y buen nombre se lo defendía con mano poderosa, y hacía la venerasen todos por lo que de verdad era: sierva suya. Y luego me mostró mi camino, todo turbación y dichos, y esconder cuantas mercedes me hacía y las que se descubrían para más desprecio y murmuraciones. Yo, sin mirar el respeto que le debía, le dije: ¿Habéis visto, Señor, lo que estáis haciendo? Jesús, ¡qué cosas tenéis! Por cierto, que tenéis gracia en deshacerlo todo. Y parece que me enojaba de verlo deshecho. Dijo el Señor:
En aquel camino estoy Yo y en este también: Yo guío el uno y el otro.
Yo le pregunté enseguida: Señor, ¿pues cuál es el mejor? El Señor dijo:
¿Eso me preguntas? No me has de preguntar sino cuál camina mejor por su camino, que en eso está vuestro crecimiento. El camino de cruz, siendo el mío, no hay duda que es el mejor; porque es tesoro escondido y porque no es de gusto del hombre, no lo busca. En este camino de cruz está la vida del alma y los tesoros de mi luz y el descanso de mis ovejas. El hombre vano busca su descanso en cosas altas, aunque me busque a mí, y no estoy ahí, sino en las bajas de mi humildad, de mi cruz y de mi muerte. Ahora hay algunos presumidos que enseñan ser cosa baja pensar en mi pasión y mi vida, y no ven los ciegos que por seguir mis pasos se sube a la alteza de mi contemplación, porque soy la escala donde está el mismo Dios. Y para llegar a unirse con mi gusto se han de unir con la cruz, donde Yo lo tengo puesto como paso forzoso para llegar a mí. Porque la voluntad que se une con la cruz, se une con la voluntad de mi Padre y halla todo lo que es de su gusto. Y la llave con que se abren los secretos de aquel libro que Yo abrí por mi muerte, no la saben mirar los que se aman a sí y a su estima, y por eso buscan caminos por el aire.
Misericordias continuadas nº 60
  [1] La fe de la cananea,  Mt 15, 21-28: Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.