12 marzo 2017

Diario de Oración -LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


La M. María Evangelista muchas veces no habla de sí misma, de sus experiencias espirituales en primera persona, sino que lo explica como si su alma con la que Dios se comunica no fuera ella misma si no otra. Quizá resulte más fácil explicar, lo casi inexplicable con palabras, así, como si de otra persona se tratara.
Al leer sus escritos hay que tener muy en cuenta esto para poder darle el sentido que tiene lo que lo que escribe.

Estando en la comunión el día de la Transfiguración, miraba mi alma al Señor y a sus pasos y a lo mucho que le debía. Y el Señor, como enseñando a mi alma los muchos misterios que encerraban todos sus pasos, y cómo en sus pasos, dados acá en su vida, había consistido la nuestra, enseñaba los secretos de su corazón y encendía el mío en un agradecimiento grande en ver lo mucho que le debía. El Señor, enseñaba a mi alma cómo se transfiguraba Él en ella y lo hacía cada vez con más intensidad de luz. Le daba a conocer sus caminos y enseñaba sus obras, y, para que fuera consciente de esta verdad, parecía que con una luz superior le enseñaba cómo actuaba en ella. Y mi alma, llevada de este conocimiento, veía las obras de que a lo largo de su vida el Señor hacía en ella,  y al mismo Señor en esas obras. Y con un amor que atravesaba mi corazón, de conocimiento y agradecimiento al Señor que era el que hacía a mi alma conociese estas verdades, me parece recogía todos los afectos de mi corazón y los llevaba al Él. Y el Señor, mirando a mi alma, le daba vida. Y decía que esto era la transfiguración, transfigurarse en sus obras y obrar con Él y hacerse una cosa con Él: el hacer en el corazón el alma gran aprecio de sus obras.
Esas obras, parecía que el Señor las descubría a mi alma, y eran como unas saetas que atravesaban mi corazón, por lo que mi alma quería irse tras el Señor. Y así, le dije: Señor, vuestro mirar es de vida pues la das a quien miras y le enseñas verdades de tu doctrina y camino. El Señor decía y enseñaba cómo, en aquel día que la Iglesia celebraba la Trasfiguración del Señor, había dado a su naturaleza unos asomos de la gloria que por medio de la cruz se le había de dar. Y dice que no fue más de unos resplandores, porque fue como animarla a lo que siempre padecía y enseñarle lo mucho que se le había de dar por merecerlo la cruz que en su corazón estaba figurada. Y así decía, como le había enseñado, cómo por medio de la muerte de cruz había de alcanzar todo esto y cómo no se le había de dar más de lo que en la cruz mereciese, y cómo estaban medidos sus trabajos y el Padre los tenía señalados.
 Y allí se le fue como representada la muerte de la cual hablaba el Señor. Y en todas estas cosas, que parecía que el alma del Señor conocía, se hizo capaz también la parte inferior de Cristo nuestro Señor; con ansias de morir y acabar la vida en la cruz por amor al hombre, con las ansias grandes que en su corazón ardían y con un sacrificio al Padre de su vida y voluntad. Y dice que, aunque siempre lo estaba haciendo, en esta ocasión lo hizo mayor. Y decía que habían llegado estas ansias a las que había tenido en el huerto, y que había sido menester alentar a su naturaleza, con los rayos de gloria que el poder de Dios tenía, para coronar la cruz y su obra. Y mostraba cómo se había transfigurado Cristo nuestro Señor en el conocimiento profundo de estas cosas, con las cuales había dado a conocer a sus discípulos la grandeza de su reino, y había querido se hallasen allí los que habían de dar cuenta de él. Y como yo le dijese cómo era aquello, dijo: María, como todos estos mis pasos son el adorno de la Iglesia, quise que se hallase allí Pedro, como cabeza, y Juan, y también los que después habían de predicar al Señor[1]. Y así, se hallaron para ser testigos de vista que conociesen mis obras y poder, y viesen cómo Yo era Dios y hombre, pues obraba tales cosas.
Yo veía al Señor tan amoroso y cuidadoso del bien del hombre que enternecía mi corazón, y quisiera que los hombres no fuéramos desagradecidos, y que conociéramos a este Señor por sus obras y por sus pasos como Él lo quería y decía. Y que el corazón del hombre no lo dejase de conocer por estar enterrado en la tierra, que no le servía más que para cegar al alma y así no conocer las obras del Espíritu. El Señor dijo: María, el que es de carne, carne es, y el que es de espíritu y vive con él, ese conocerá mis obras. Yo le dije: Señor, ¿cómo es eso? El Señor dijo: Quien oye mi llamamiento y es hijo de la cruz, ese será el que siga mi doctrina. Y enseñando cómo era su doctrina, mostraba era la que Él, en sí mismo, había enseñado y obrado. Era su doctrina obrar todo género de virtudes, alejando de su corazón toda vanidad y abrazando todo desprecio por lo que alejara al hombre de Él. Y enseñaba el Señor cómo el alma que no buscaba a Dios por sus pasos y los desconocía, no se acertaba a transfigurar en Él, porque no anhelaba a la vida de su corazón, siguiendo la cruz y sus pasos, trabajando en estimar lo que el Señor estimó, que fue el camino de la cruz adonde siempre había el Señor llamado a sus discípulos.
Y decía que el discípulo era amador de su Padre, que buscaba su honra y por ella ponía la suya y venía a morir por defenderla. Y mostraba cómo este tal era amador de sus caminos pues desechaba toda estima por solo dar gusto al Señor. Los discípulos –decía el Señor– eran los obreros de su Evangelio y amadores de la verdad, pues por ella se arrojan a perder la vida; éste –decía el Señor– era su camino y éste su deseo y su gusto. Y enseñaba cómo Pedro, entonces, no lo conocía, pues decía que se hiciesen allí las tiendas porque había visto la gloria o asomo de descanso, y no veía cómo el Señor no quería este descanso en esta vida, sino el trabajo y cruz, que era en la que el Señor triunfaba y a la que su naturaleza animaba.
Como me mirase el Señor, decía: María, para quien bebiere mi cáliz es mi descanso. Y así, esta es la doctrina que te enseño: la de mis caminos. Y así, Yo, para fundar mi Iglesia, que la fundé con mis pasos, todos dados en la cruz y no en otro descanso, todos fueron para sacar al hombre del engaño que en su corazón tenía, que era buscar todo alivio, toda honra. No se fundan así mis verdades, que son todas con diferente doctrina porque es una sabiduría enseñada y obrada en mi corazón, con el sosiego y estima de la cruz experimentada en mis pasos y seguida y hollada por mis pasos, toda segura. Y así, hallarás en lo que te he enseñado una sombra de estas verdades, de modo que en mi camino, María, hallarás que Yo llamé para él a mis amigos y discípulos para padecer. Y en el tuyo no ha faltado esto pues he llamado a esto mismo a los que te han ayudado y enseñado. Que a estos que les daba el padecer, les había dado tal estima y conocimiento de la cruz y de la profundidad de sus secretos, con este conocimiento del sentido de la cruz, sabían padecer por la verdad y por la obra del Señor. Y así, les mostraba que por Él habían experimentado más estima por padecer que por el gozar. Y mostraba cómo la tierra y ceguedad del hombre le hacían no ver estas verdades y estima de su cruz. Él sea bendito, porque también enseñaba cómo solo el Espíritu Santo era el maestro de esta doctrina. Como yo mirase esta gran verdad, me confundía por verme tan pobre en la práctica de esta verdad.
El Señor enseñaba cómo con el fuego y obra de este espíritu, hacía lugar en mi corazón para que tuviese descanso el Señor, Y decía y mostraba que había conservado una pureza en él para que no fuese estorbo la culpa para que el Señor plantase la cruz en mí, que era las obras de su humanidad. Las obras de la cruz que se darán en un corazón puro y no se pueden dar sino en el corazón sin culpa. Yo le decía al Señor: Pues, Señor, en el mío hay muchas. Y el Señor mostraba cómo, con el fuego de su mismo espíritu, lo consumía y perdonaba, por no ser hecho con malicia.
Misericordias de Dios comunicadas 54




[1] Nota del copista al margen: “Elías y Moisés”.




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