16 agosto 2014

Siempre confiar y esperar en Dios


       En sintiendo que sobreviene alguna tribulación o trabajo, acudir luego a Dios y encomendaros todo a Él, sin murmurar ni pedir razón ninguna de sus penas. Y ponerse delante del Señor con humildad, tratando con Él todo lo que da pena, como con un padre piadosísimo y ayudador fidelísimo, y por su amor sufre todas las cosas con igual ánimo. Aunque halléis gran trabajo en el camino de la virtud, aunque el demonio os fatigue y os vaya a la mano, considerad que todas estas cosas os [las] envía Dios, y abrazadlas como si fueran regalos que os envía el Todopoderoso. Imaginad que todas estas tropelías vienen de la Divina Providencia y disposición suya. Porque cuando nuestro común enemigo fatigó tanto a Job quitándole la hacienda y los hijos, no dijo el santo: El Señor me lo dio y el demonio me lo quitó. ¿Pues qué dijo?: El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Como fue su voluntad, así se hizo. Sea el nombre del Señor bendito.

En las mismas molestias que sufrís esperad el alivio del vuestro creador y redentor. Aunque os parezca que el Señor os haya como desechado de sí y os haya entregado en alguna manera a Satanás, de suerte que, desamparado lo interior y exteriormente os veáis por todas partes cercadas de angustias terribles, por todas partes fatigadas de pensamientos espantosos, no os pase por la imaginación creer que por eso os quiere menos vuestro Padre piadoso, ni por eso determinéis dejarlo, ni hurtar el cuerpo a la tribulación en que estuviereis, ni buscar remedios ilícitos y vanos, ni entregaros a algún consuelo torpe. Mas, llegándoos a Dios con una fe pura y con una caridad entera, consiente ser atormentada y azotada como Él quisiere y cuando Él quisiere. Esperad con paciencia el fin como Él lo dispusiere y ordenare, diciendo muchas veces en su corazón: Hágase la voluntad del Señor, que no puede ser mala.

Y perseverad llenas de esperanza y con buen ánimo, porque cerca está el Señor de los que tienen el corazón atribulado y Él labrará a los humildes de espíritu. Por ventura no sabéis ahora por qué así os castiga y aflige. Cuando os veáis con Él entenderéis que estos azotes con que os ejercitaba y prueba, procedían del puro amor con que os amaba. Jamás suele permitir que vengan trabajos ningunos, por pequeños que sean, sin grandísimo provecho del que los padece si tuviere paciencia. Más gusto le da el sufrimiento humilde en los desconsolados interiores, que una gran dulzura de devoción. No consentirá que seáis tentadas más de lo que pudieren las fuerzas, como no os fiéis en vosotras, como tengáis paciencia, un pecho ancho y esperéis su favor con una santa confianza.

Y para tener algún conocimiento del pecado, si he consentido o no he consentido, van con estos versos[2]:

El sentir no es consentir,
ni el pensar mal es querer,
voluntad dada ha de haber
junto con el advertir.
Mal puedo yo consentir,
los pecados que no advierto
y aunque advertido y despierto esté,
si no quiero el mal
de que no hay culpa mortal
puedo estar seguro y cierto.

Os aconsejo mucho, sobre todo, que os deis fielmente en apacentar vuestras almas en aquellas cosas que Jesucristo nuestro Señor hizo, habló y padeció por nosotros. Porque en ninguna parte se hallarán atajos más ciertos para todas las virtudes y para alcanzar las perfecciones de todas ellas como en la vida de nuestro Salvador, con cuyo ejercicio ordinario se limpia el alma de todas las manchas de los pecados; porque el dulcísimo Jesús, a quien se junta y llega a Él, le es un fuego abrasador que limpia los vicios.

El mismo Jesús, a cuyo lado anda, es luz verdadera que alumbra a todos los hombres. Pues, conforme a la gracia que Dios os diere, [hay que] ocuparse en la vida de Jesucristo, meditar en ella y deleitarse en ella; porque no ha dado Dios otro mayor beneficio que el que nos dio cuando se quiso hacer hombre y padecer por nosotros. Y para suavizar esta devoción y presencia de Dios, pondré algunas jaculatorias o flechas del alma.
Oh alma mía, ves ahí a tu Dios, ves ahí tu Creador y Redentor, ves ahí al que limpia tus pecados, al que te santifica; ves ahí vuestra vida, vuestra salud y todo bien. Mira cuánto se humilló por ti el Rey de los Reyes, mira cuántas molestias sufrió por ti tu Salvador. Considera con cuánta caridad te ama quien recibió por ti tanta pobreza y tantos trabajos. Persevera con tu Señor, no te apartes de su rostro, porque no te podrá ir bien si dejas a tu Dios, ni mal si con Él perseveras. Da de mano a muchas cosas y abrazaros con una, porque una sola es la que nos importa, uno es el que nos ama inefablemente; sea también uno aquel a quien tú ames singularmente[3].

Buen Jesús, piadoso Pastor, dulce Maestro, Rey de eterna gloria. Yo te adoro, yo te bendigo, yo te doy gracias porque tanto me estimaste que hiciste por mí cosas tan espantosas y las sufriste tan afrentosas. Perdona, Señor, mi Dios, a esta miserable pecadora; límpiame, sáname, esfuérzame, guíame, enséñame y alúmbrame.
Ojalá, Señor, mi bien, no hubiera sido contigo tan ingrata hasta aquí. Ojalá siquiera ahora te agradase. Ojalá estuviese en tu acatamiento, humilde y mansa de veras, libre y sosegada. Ojalá tú solo poseyeses mi corazón. Ojalá eternamente anhelase por ti con encendidísimos deseos. Ojalá de todo punto menospreciase todas las cosas transitorias. Ojalá a ti solo buscase, y toda yo fuese para ti sola y me juntase contigo en un nudo ciego.

¡Oh si te amase sin que otro amor me pudiese distraer! Ah, Señor mío, ¿cuándo te serviré con puro, simple y alegre corazón? ¿Cuándo te serviré quieta, firme y serena conciencia? ¿Cuándo se abrasará y consumirá mi espíritu en esa inmensidad de tu divino amor? ¿Qué quiero yo sino a ti? ¿O qué me pueden aprovechar todas las cosas sin ti? Tú solo bastas para mi alma y la llenas. Oh mi Dios, oh mi amor, oh mi deseo, oh mi refugio, oh mi consuelo y esperanza y confianza mía. Oh paz, descanso y lumbre de mi alma. Oh mi gloria y todos mis deleites y todo mi gozo. Oh dulzura mía, oh mi tesoro y todo mi bien. Oh luz divina, ¿cuándo te veré? ¿Cuándo estaré contigo? ¿Cuándo no me hablará ya este mundo? ¿Cuándo cesarán en mí todos los impedimentos y mudanzas de este siglo? ¿Cuándo me veré libre del miserable cautiverio de este destierro? ¿Cuándo se acabarán las sombras de la muerte y vendrá el día de la eternidad? ¿Cuándo, dejada la penosa carga de este cuerpo, dichosa y eternamente te alabaré con tus santos? Ave, misericordia de mi buen Jesús; ave, misericordia de mí porque en ti solo confía mi alma.

Otros suspiros o aspiraciones innumerables podéis ordenar según la devoción de cada una. Por si acaso alguno de estos os ayudaren en algo, van estos para refrescar la memoria. Y aún suelen ser más sabrosas las que ordena cada uno conforme a su devoción o le inspira la gracia del Espíritu Santo, que no las que ofrece un pecador al juicio y devoción ajena. Son muy eficaces el ejercicio espiritual que va mezclado con semejantes aspiraciones breves, para desarraigar los vicios y aumentar la caridad. Y no se ha de turbar el alma devota que se ocupa en estos ejercicios porque acaso sienta pocas veces aquella unión con Dios, por quien suspira. Pues el mismo Dios recibe su buena voluntad y sagrado deseo, como si toda derecha en amor se juntase con Él perfectísimamente. 

Para que el alma devota se haga apta para el sagrado recogimiento interior y para acudir al centro de su alma, aprenda y encomiende a la memoria algunas inspiraciones suaves y encendidas, que como flechas las tire a Dios. Con que en donde quiera, ora esté sentada, ora esté paseando, pueda acudir al Señor y juntarse y unirse con Él, haciéndolo no con un ímpetu demasiado (porque con la fatiga no dé el ejercicio en el suelo), sino con suavidad, se señalan aquí algunas formas.

Oh buen Jesús, oh esperanza mía y refugio mío, oh mi amado, amado, amado; el más amado de los amados. Oh mi especial amor. Oh florido esposo, esposo suave. Oh dulzura de mi corazón y vida de mi alma. Oh mi deseado consuelo y mi gozo sin mezcla. Oh día eterno de la eternidad y serena luz de mis entrañas. Oh amable principio mío. Oh suma abundancia mía, ¿qué quiero yo fuera de ti? Tú eres mi verdadero y eterno bien. Ea, Señor, llévame en pos de ti para que, alegre, pura y perseverante, corra al olor de tus vitales ungüentos.

Se ha de poner mucha cuenta en que no desfallezca la cabeza; ha de haber término en las lágrimas (si Dios las diere); no se debiliten, por que no se dé en tierra con todo y que haya sujeto para más días. 
(De los escritos de M. María Evangelista)



En la tribulación acudir siempre a Dios


Alma devota, teme y ama a tu Dios. Guarda con toda diligencia tu corazón y procura siempre tenerlo limpio y puro para Dios. Siempre se ha de estar con cuidado de no ofenderle y, si pecares, no desconfíes de su misericordia. Por muchos y muy graves que sean tus pecados, nunca desesperes del perdón. Caíste: levántate, vuélvete al médico de tu alma que hallarás abiertas las entrañas de su piedad y misericordia.

Caíste otra vez: otra vez te levanta. Gime y llora, y la misericordia de tu Redentor te recibirá. ¿Caíste la tercera vez y la cuarta y muchas veces?: otra vez te levanta. Llora, suspira y humíllate, y tu Dios no te desampara. Nunca despreció ni despreciará jamás al corazón contrito. Nunca desechó ni desechará jamás a los que acuden a Él con verdadera penitencia. Si tú no dejas de levantarte, Él no dejará de recibirte. Por lo cual, aunque en espacio de una hora caigas cien veces, aunque caigas millares de veces, tantas cuantas cayeres te levanta con la santa esperanza del perdón. Y cuando te vieres en pie, alaba al Señor y dale gracias, porque no permitió o que fuese más peligrosa tu caída o que durases más tiempo en ella. Conoce humildemente tu culpa y abomina firmemente de vivir mejor enmendando la vida, y con esto asegúrate de que Dios te perdonará.

Porque no puede ser tan grande tu malicia ni tan grave tu enfermedad que sobrepuje a la misericordia de Dios, que no conoce término ni medida. Dios es todopoderoso: con la misma facilidad perdona en un momento innumerables millares de pecados que perdona uno. También es benignísimo: en todo anda a tu gusto y en todo te quiere ser favorable si te quieres humillar, si quieres dar de mano a los pecados y enmendar la vida.

Así que no es razón que os turbe la memoria de los pecados pasados; antes os deben consolar con las palabras del apóstol San Pablo que dice: Esto es lo que fuisteis algún tiempo; mas ya lavados estáis, ya estáis santificados, justificados estáis en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.

Por mucho que te confíes de su bondad no es confiar demasiado, de suerte que semejante confianza no uséis para facilitaros a pecar. ¡Oh, si supiéredes cuán aparejado está Jesucristo nuestro Señor, con su inocencia, para aplacar al Padre eterno y reconciliarle sus escogidos, que por flaqueza pecaron y tienen propósito [de] huir de ahí adelante los pecados! Él es nuestro abogado y habla por nosotros para que, si nos pesa de los pecados pasados, tengamos siempre fácil el perdón. Así lo dice el amado apóstol San Juan Evangelista: Si alguno pecare, a Jesucristo tenemos por abogado delante del Padre eterno. Él es quien nos reconcilia con Él y nos lo aplaca para que nos perdone nuestros pecados.

Pues no te hagan tus pecados pusilánime, sino humíllate, ya que los has aborrecido de corazón y deseas agradar a tu Dios. Siente bien del Señor como lo aconseja la divina Escritura. No imagines que es cruel e inexorable y que no se quiere aplacar; mas antes cree que es poderoso y clemente para los que de corazón se arrepienten y son de buena voluntad, porque conoce la obra de sus manos, contempla la imagen y considera nuestra flaqueza, nuestro error y nuestra ceguedad. Y si de Dios se dice que es terrible y castiga con ira a los malos, no se dice sino por aquellos que, dando de mano a todo respeto y vergüenza santa, perseveran en las torpezas de sus vicios. A los cuales los condena Él y los castiga con su dulzura y pureza muy ajena de ellos, quedándose en sí tan sosegado y quieto como antes, porque Él no quiere la muerte del pecador: lo que Él más quiere es que se convierta y viva.


Y así dice la Sagrada Escritura por San Juan[1]: Si confesamos nuestros pecados, fiel es, y justo, para perdonarnos y limpiarnos de toda mancha y maldad. Tanto más resplandece su gloria cuanto más y mayores fueren los pecados que perdona.

(De los escritos de M. María Evangelista)

BIENES DE LA INOCENCIA



        Gran bien es el de la inocencia. Y no por haberla perdido desespere el pecador si se lavare en la lejía fuerte de la penitencia y logra la amistad y excepción divina, porque estas aguas le borrarán las manchas, de forma que en los ojos divinos no comparezcan. Si todo hombre es pecador, todo hombre tiene remedio para purificarse de las manchas de sus pecados. Para este fin dejó Cristo en la Iglesia sus vicarios y las llaves para absolver. A todo pecado se extiende esta jurisdicción, todas las culpas en que miserablemente caemos son capaces de perdón, y por enormes que sean las maldades las excede la potestad que el Señor dejó en la Iglesia.

Llega, cristiano, a recibir este santo sacramento, no seas perezoso en acudir a esta medicina. Enfermo estás de muerte, no mueras con la eterna muerte pues puedes lograr la eterna vida. Lágrimas y entera confesión son necesarias de tu parte; dolor y manifestación de tus pecados has menester para que Dios te perdone. Llora y confiesa, gime y humíllate en presencia de tu Dios, a los pies de su ministro que es el médico espiritual y el que te ha de sanar, el juez que te ha de libertar y absolver por medio de la Pasión de Jesucristo.

Lágrimas, compunción y dolor necesita el pecador para lograr fructuosa la penitencia. El corazón contrito y humillado roba de Dios las atenciones. Los llantos llegan a la divina presencia veloces y consiguen breve despacho de su piedad. Son las lágrimas llaves de perlas que, cuajadas en la encerrada concha del corazón, salen por los ojos con poder [de] abrir las puertas del Cielo. Llegan solas a la presencia del Rey soberano y, sin llevar medianeros ni necesitar de favores, logran feliz despacho.

Si llama el can infernal (que es el demonio) fiscalizando nuestras culpas, le condenan a perpetuo silencio con los tiernos clamores de las lágrimas. Si el Dios invencible y omnipotente extiende el brazo para condenar, le aprisionan con las dulces cadenas de sus aguas vertidas con dolor. Y a la verdad, no todos los llantos tienen esta virtud porque no todas las lágrimas se vierten por este motivo sagrado.

Si cuando nos exhorta el Bautista a penitencia diciendo: Haced penitencia, porque se os llega el Reino del Cielo, este es motivo que ha de causar nuestra compunción. En este Reino asiste la bondad amable de un inmenso Dios y en este imperio está el premio a que debemos aspirar, que lágrimas vertidas por temporales respetos y humanos motivos no son del gusto de Dios, ni bastantes para que se les dé el nombre de penitencia, ni eficaces para lograr el perdón de la culpa.


Todos los pecados se han de manifestar, sin callar ninguno por vergüenza o malicia; de otra suerte no se puede conseguir el fruto santo de la penitencia. Y para que sea fructuosa la penitencia, la ha de acompañar un eficaz, firme y verdadero propósito de la enmienda, y considerar que el Reino de los Cielos se acerca. La muerte es camino forzoso para pasar allí, y este cáliz es amargo y lo hemos de beber. Y aún no se acaban ahí los acíbares; se ha de pasar por el estrecho de una severísima cuenta donde se ha de dar razón de los pensamientos, de las palabras, de las obras, de las comisiones, de las omisiones: si salimos bien de este lance, entraremos en el Reino de Dios.

(De los escritos de M. María Evangelista)

Bienes de la oración


El cuidado de orar les es, sobre todo, a las almas que tratan de vida espiritual. ¿A qué venimos a la religión y nos sacrificamos a Él? La oración es una armadura que no hay penetrarla, un refugio cierto, un puerto seguro, un castillo roquero. Sola ella ahuyenta todos los males del alma y le trae todos los bienes. Limpia el alma, quita la pena debida a los pecados, repara las negligencias pasadas, alcanza la gracia divina, consume los malos deseos, doma las pasiones desenfrenadas del alma, sujeta a los enemigos, vence las tentaciones, alivia los trabajos, desecha la tristeza, hincha de alegría el alma devota, renueva la paz, junta al hombre con Dios y, unida con Él, la levanta a la eterna gloria.

Con la oración se alcanza todo lo que hubiéremos menester; y, si no alcanzamos luego lo que pedimos, no os turbéis, porque Dios, por su piedad, algunas veces dilata el conceder (aun lo que santamente se le pide), no porque lo quiere negar, sino para darles después con más abundancia y para más provecho, y premiar mejor la fe y perseverancia.

Nunca se ha de decir ni sentir en el corazón lo que dijo aquel ciego del Evangelio (después que había recibido la luz en los ojos del cuerpo, aunque no estaba en los del alma muy alumbrado), que decía: Sabemos que no oye Dios a los pecadores. Avísoos que no lo digáis, porque es cosa, y segura, que oye Dios a los pecadores cuando lo llaman con humilde corazón. Porque, de otra suerte, muy desgraciado fuera el pueblo de Dios, como todos seamos en este valle de lágrimas y nos confesamos por pecadores, y tengamos a cada paso necesidad de reparos y acudir a las puertas de la misericordia de Dios.

Pero si alguno quisiera sustentar la proposición del ciego, se debe entender de aquellos que no quieren enmendar la vida y estarse envueltos en sus pecados. Pero tú, cualquiera que seas y te tienes por pecador, no por eso desconfiadamente menosprecies tu oración, que no la menosprecia Dios, antes la estima y guarda escrita en su memorial. Ora, pues, tú, devota santa, con humildad y atenta, sin ninguna desconfianza, antes ten por cierto que siempre oye el Señor al que ora con devoción y asiste en ella con reverencia.

Tened buen ánimo y perseverad, que sin duda al fin veréis por la obra cuán verdadero es lo que dijo Cristo: Pedid y recibiréis, que sin falta os darán lo que pidiereis si conviene que lo recibáis. Él sabe el cuándo y el cómo ha de acudir a vuestras peticiones. Y decidle con devoción: Señor, si te agrada, si conviene que se haga, hágase; pero si no te agrada, ni conviene, no se haga. En todo y por todo, se cumpla tu santa voluntad. Y trabajad cuanto se pudiere por tener allí el alma cuando alabáis a Dios. Y esperad en Él, que es muy fiel, acudiendo a la gloriosísima Virgen María Madre de Dios pidiéndole su favor. Y alabadla, porque ella lo merece todo y excede siempre a toda alabanza. El mismo Hijo suyo tiene, con el Padre celestial, en su pecho; y de su vientre virginal concibió a Dios, parió a Dios y le dio leche de sus mismos pechos. Trajo a Dios en sus brazos y lo recogió en su regazo. ¿Qué cosa más alta? ¿Qué cosa más honrosa que ser llamada Madre de Dios y serlo? ¿Qué dignidad más soberana que esta? ¿Qué cosa más admirable?

Realmente ello es así: ninguna cosa se puede pensar debajo de Dios más excelente que la madre del mismo Dios. Confesamos que recibió todas las cosas de aquel de quien fue criada y escogida; y que todas las puede ella en aquel a quien parió y dio sus pechos. Dio el Creador a la criatura, el Hijo a la Madre, cierto poder inefable, y quiso honrarla con un privilegio singular. Y esta es la causa por que ponemos en ella y en su misericordia la esperanza de nuestra salvación, no primero que en Dios, sino después de Él.

Pues del Señor todopoderoso, a quien conocemos por origen y principio de todo nuestro bien, esperamos principalmente nuestra salud y remedio, y por medio de la Santísima Virgen, que es un dechado perfecto de toda pureza y santidad. Es un singular refugio de los pecadores, es un castillo roquero donde se guarnecen las almas devotas fatigadas de alguna tentación y de las molestias de este miserable mundo. Ella es poderosa Reina del Cielo, ella es liberalísima despensera de las gracias, ella es Madre de misericordia de todos los fieles. Toda es mansa, toda es serena, toda es benigna, no solamente a los perfectos, sino también a los pecadores y a los que parece están sin remedio. Que cuando ve que de corazón acuden a ella, luego los ayuda, recibe, recoge, y con una confianza, al fin de Madre, los torna a hacer amigos del espantoso Juez.

A ninguno desprecia, a ninguno se niega, a todos consuela, a todos abre su piadoso pecho, y apenas es llamada cuando acude. Con su bondad y dulzura natural atrae suavemente al servicio de Dios aun [a] aquellos que casi no lo conocen, y los mueve poderosamente para que por aquel camino se dispongan a recibir la divina gracia y finalmente se hagan aptos para el Reino de los Cielos.


Tal es y tal la hizo Dios, y tal nos la dieron para que nadie se espante de ella, nadie huya de ella y nadie tema de acudir a ella. No es posible que se condene el que fuere solícito y humilde servidor de la gloriosísima Virgen María.


 (De los escritos de M.María Evangelista)

08 agosto 2014

Espejo de cristianos que anhelan la virtud



Lo que os aconsejo, por las llagas de Cristo, [es] que se den mucho a la virtud y al estado en que Dios las ha puesto, sacándolas del siglo y de tantos tropiezos y miserias que hay en él, considerando cómo Dios socorre a los buenos y a sus amigos. Y si me preguntáreis quién son estos: son los humildes de corazón y los que guardan sus leyes.

Bien es verdad que en el camino de la virtud hay muchos altos y bajos, pero la sierva o siervo de Dios todos los vencen con su favor y ayuda. Si nosotros nos queremos aprovechar, aun en las tribulaciones y angustias del alma que se padecen, que estas tienen tan maravillosa virtud que es alcanzar por ellas fuerzas para pasar alegremente los ahogos del alma. Que mientras vivimos en esta vida, grandes o pequeños, malos y buenos, no les pueden faltar, porque sabemos que no hay mar en el mundo tan intempestuoso y tan inestable como ella; pues no hay felicidad tan segura que no esté sujeta a infinitas maneras de accidentes y desastres, nunca pensados, que a cada paso nos saltean.

Pues es mucho para notar ver cuán diferentemente pasan por estas mudanzas los buenos y los malos. Porque los buenos, considerando que tienen a Dios por padre y que el Señor les envía aquel cáliz de amargura, como una purga ordenada por mano de un médico sapientísimo para su remedio, y que las tribulaciones son como una lima de hierro que cuanto es más áspera tanto más limpia el alma del orín de los vicios, y que ella es la que hace al hombre más humilde en sus pensamientos, más devoto en su oración y más puro y limpio en la conciencia; con estas y otras consideraciones, bajan la cabeza y humíllanse blandamente al tiempo de la tribulación, y aguan el cáliz de la pasión que les molesta o, por mejor decir, águasela el mismo Dios. El cual, como dice el profeta David en el salmo 79: Les da a beber las lágrimas por medida (porque no hay médico que con tanto cuidado mida las onzas del acíbar que da conforme a la disposición que tiene), cuanto aquel físico celestial mide el acíbar de la tribulación que da a los justos, conforme a las fuerzas que tienen para pasarla. Y si alguna vez acrecienta el trabajo, acrecienta también el favor y ayuda para llevarla, para que así quede el paciente con la tribulación tanto más enriquecido cuanto más atribulado, y de ahí adelante no huya de ella como de cosa dañosa, sino antes la desee como mercaduría de mucha ganancia. Porque, como dice el salmo: La salud de los justos viene del Señor y él es su defensor en el tiempo de la tribulación; y ayudarlos he, y librarlos he, y defenderlos he del demonio y de los pecadores; y salvarlos he por cuanto en él pusieron su esperanza.

Y en el salmo: Cuán grandes son, Señor, los bienes que habéis hecho a todos los que esperan en Vos. Porque muchas veces los santos varones, cargados de grandísimos peligros y tentaciones, estaban con un ánimo quieto y esforzado, y con un rostro y semblante sereno. Porque veían que tenían sobre sí esta guarda tan fiel que nunca los desamparaba, antes entonces se hallaba más presente cuando los veía en mayor peligro. Y así, dice el salmo: Con él estoy en la tribulación, librarlo he y glorificarlo he. Y nuestro padre San Bernardo dice: Dichosa, por cierto, la tribulación, pues merece tal compañía. Pues, Señor, dadme siempre tribulaciones por que siempre estéis conmigo; por que miren que no es ser buen cristiano solamente en rezar, ayunar y oír misa, sino que nos halle Dios fieles, como otro Job y otro Abraham en el tiempo de la tribulación.

Hemos de suponer que cuando Dios nos envía algún trabajo, sea del alma o del cuerpo, es regalo que Él nos envía y nos quiere bien, y se acuerda de nosotros y nos tiene en su memoria. No hay libro espiritual que no nos lo dice y señal de predestinación. Y si volvemos los ojos a la razón y a lo que padecieron los santos, un San Pablo, vaso de elección, ¿qué no padeció? En toda su vida le acosó un estímulo de la carne, pues quejándose el santo le respondió Dios: Paulo, Paulo, bástate mi gracia porque siempre estoy contigo. Que la virtud en las enfermedades, sean del espíritu o corporales, con la paciencia se perfeccionan. Otrosí, ¿qué no padeció San Antonio con tanto desasosiego de demonios, ya de fantasías lascivas del demonio, ya de maltratarlo tanto?
 (De los escritos de M. María Evangelista)