16 agosto 2014

Siempre confiar y esperar en Dios


       En sintiendo que sobreviene alguna tribulación o trabajo, acudir luego a Dios y encomendaros todo a Él, sin murmurar ni pedir razón ninguna de sus penas. Y ponerse delante del Señor con humildad, tratando con Él todo lo que da pena, como con un padre piadosísimo y ayudador fidelísimo, y por su amor sufre todas las cosas con igual ánimo. Aunque halléis gran trabajo en el camino de la virtud, aunque el demonio os fatigue y os vaya a la mano, considerad que todas estas cosas os [las] envía Dios, y abrazadlas como si fueran regalos que os envía el Todopoderoso. Imaginad que todas estas tropelías vienen de la Divina Providencia y disposición suya. Porque cuando nuestro común enemigo fatigó tanto a Job quitándole la hacienda y los hijos, no dijo el santo: El Señor me lo dio y el demonio me lo quitó. ¿Pues qué dijo?: El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Como fue su voluntad, así se hizo. Sea el nombre del Señor bendito.

En las mismas molestias que sufrís esperad el alivio del vuestro creador y redentor. Aunque os parezca que el Señor os haya como desechado de sí y os haya entregado en alguna manera a Satanás, de suerte que, desamparado lo interior y exteriormente os veáis por todas partes cercadas de angustias terribles, por todas partes fatigadas de pensamientos espantosos, no os pase por la imaginación creer que por eso os quiere menos vuestro Padre piadoso, ni por eso determinéis dejarlo, ni hurtar el cuerpo a la tribulación en que estuviereis, ni buscar remedios ilícitos y vanos, ni entregaros a algún consuelo torpe. Mas, llegándoos a Dios con una fe pura y con una caridad entera, consiente ser atormentada y azotada como Él quisiere y cuando Él quisiere. Esperad con paciencia el fin como Él lo dispusiere y ordenare, diciendo muchas veces en su corazón: Hágase la voluntad del Señor, que no puede ser mala.

Y perseverad llenas de esperanza y con buen ánimo, porque cerca está el Señor de los que tienen el corazón atribulado y Él labrará a los humildes de espíritu. Por ventura no sabéis ahora por qué así os castiga y aflige. Cuando os veáis con Él entenderéis que estos azotes con que os ejercitaba y prueba, procedían del puro amor con que os amaba. Jamás suele permitir que vengan trabajos ningunos, por pequeños que sean, sin grandísimo provecho del que los padece si tuviere paciencia. Más gusto le da el sufrimiento humilde en los desconsolados interiores, que una gran dulzura de devoción. No consentirá que seáis tentadas más de lo que pudieren las fuerzas, como no os fiéis en vosotras, como tengáis paciencia, un pecho ancho y esperéis su favor con una santa confianza.

Y para tener algún conocimiento del pecado, si he consentido o no he consentido, van con estos versos[2]:

El sentir no es consentir,
ni el pensar mal es querer,
voluntad dada ha de haber
junto con el advertir.
Mal puedo yo consentir,
los pecados que no advierto
y aunque advertido y despierto esté,
si no quiero el mal
de que no hay culpa mortal
puedo estar seguro y cierto.

Os aconsejo mucho, sobre todo, que os deis fielmente en apacentar vuestras almas en aquellas cosas que Jesucristo nuestro Señor hizo, habló y padeció por nosotros. Porque en ninguna parte se hallarán atajos más ciertos para todas las virtudes y para alcanzar las perfecciones de todas ellas como en la vida de nuestro Salvador, con cuyo ejercicio ordinario se limpia el alma de todas las manchas de los pecados; porque el dulcísimo Jesús, a quien se junta y llega a Él, le es un fuego abrasador que limpia los vicios.

El mismo Jesús, a cuyo lado anda, es luz verdadera que alumbra a todos los hombres. Pues, conforme a la gracia que Dios os diere, [hay que] ocuparse en la vida de Jesucristo, meditar en ella y deleitarse en ella; porque no ha dado Dios otro mayor beneficio que el que nos dio cuando se quiso hacer hombre y padecer por nosotros. Y para suavizar esta devoción y presencia de Dios, pondré algunas jaculatorias o flechas del alma.
Oh alma mía, ves ahí a tu Dios, ves ahí tu Creador y Redentor, ves ahí al que limpia tus pecados, al que te santifica; ves ahí vuestra vida, vuestra salud y todo bien. Mira cuánto se humilló por ti el Rey de los Reyes, mira cuántas molestias sufrió por ti tu Salvador. Considera con cuánta caridad te ama quien recibió por ti tanta pobreza y tantos trabajos. Persevera con tu Señor, no te apartes de su rostro, porque no te podrá ir bien si dejas a tu Dios, ni mal si con Él perseveras. Da de mano a muchas cosas y abrazaros con una, porque una sola es la que nos importa, uno es el que nos ama inefablemente; sea también uno aquel a quien tú ames singularmente[3].

Buen Jesús, piadoso Pastor, dulce Maestro, Rey de eterna gloria. Yo te adoro, yo te bendigo, yo te doy gracias porque tanto me estimaste que hiciste por mí cosas tan espantosas y las sufriste tan afrentosas. Perdona, Señor, mi Dios, a esta miserable pecadora; límpiame, sáname, esfuérzame, guíame, enséñame y alúmbrame.
Ojalá, Señor, mi bien, no hubiera sido contigo tan ingrata hasta aquí. Ojalá siquiera ahora te agradase. Ojalá estuviese en tu acatamiento, humilde y mansa de veras, libre y sosegada. Ojalá tú solo poseyeses mi corazón. Ojalá eternamente anhelase por ti con encendidísimos deseos. Ojalá de todo punto menospreciase todas las cosas transitorias. Ojalá a ti solo buscase, y toda yo fuese para ti sola y me juntase contigo en un nudo ciego.

¡Oh si te amase sin que otro amor me pudiese distraer! Ah, Señor mío, ¿cuándo te serviré con puro, simple y alegre corazón? ¿Cuándo te serviré quieta, firme y serena conciencia? ¿Cuándo se abrasará y consumirá mi espíritu en esa inmensidad de tu divino amor? ¿Qué quiero yo sino a ti? ¿O qué me pueden aprovechar todas las cosas sin ti? Tú solo bastas para mi alma y la llenas. Oh mi Dios, oh mi amor, oh mi deseo, oh mi refugio, oh mi consuelo y esperanza y confianza mía. Oh paz, descanso y lumbre de mi alma. Oh mi gloria y todos mis deleites y todo mi gozo. Oh dulzura mía, oh mi tesoro y todo mi bien. Oh luz divina, ¿cuándo te veré? ¿Cuándo estaré contigo? ¿Cuándo no me hablará ya este mundo? ¿Cuándo cesarán en mí todos los impedimentos y mudanzas de este siglo? ¿Cuándo me veré libre del miserable cautiverio de este destierro? ¿Cuándo se acabarán las sombras de la muerte y vendrá el día de la eternidad? ¿Cuándo, dejada la penosa carga de este cuerpo, dichosa y eternamente te alabaré con tus santos? Ave, misericordia de mi buen Jesús; ave, misericordia de mí porque en ti solo confía mi alma.

Otros suspiros o aspiraciones innumerables podéis ordenar según la devoción de cada una. Por si acaso alguno de estos os ayudaren en algo, van estos para refrescar la memoria. Y aún suelen ser más sabrosas las que ordena cada uno conforme a su devoción o le inspira la gracia del Espíritu Santo, que no las que ofrece un pecador al juicio y devoción ajena. Son muy eficaces el ejercicio espiritual que va mezclado con semejantes aspiraciones breves, para desarraigar los vicios y aumentar la caridad. Y no se ha de turbar el alma devota que se ocupa en estos ejercicios porque acaso sienta pocas veces aquella unión con Dios, por quien suspira. Pues el mismo Dios recibe su buena voluntad y sagrado deseo, como si toda derecha en amor se juntase con Él perfectísimamente. 

Para que el alma devota se haga apta para el sagrado recogimiento interior y para acudir al centro de su alma, aprenda y encomiende a la memoria algunas inspiraciones suaves y encendidas, que como flechas las tire a Dios. Con que en donde quiera, ora esté sentada, ora esté paseando, pueda acudir al Señor y juntarse y unirse con Él, haciéndolo no con un ímpetu demasiado (porque con la fatiga no dé el ejercicio en el suelo), sino con suavidad, se señalan aquí algunas formas.

Oh buen Jesús, oh esperanza mía y refugio mío, oh mi amado, amado, amado; el más amado de los amados. Oh mi especial amor. Oh florido esposo, esposo suave. Oh dulzura de mi corazón y vida de mi alma. Oh mi deseado consuelo y mi gozo sin mezcla. Oh día eterno de la eternidad y serena luz de mis entrañas. Oh amable principio mío. Oh suma abundancia mía, ¿qué quiero yo fuera de ti? Tú eres mi verdadero y eterno bien. Ea, Señor, llévame en pos de ti para que, alegre, pura y perseverante, corra al olor de tus vitales ungüentos.

Se ha de poner mucha cuenta en que no desfallezca la cabeza; ha de haber término en las lágrimas (si Dios las diere); no se debiliten, por que no se dé en tierra con todo y que haya sujeto para más días. 
(De los escritos de M. María Evangelista)



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