02 noviembre 2014

DIARIO DE ORACIÓN: -Extractos 4-


Estando en la oración pidiendo al Señor me diese fortaleza para seguir en todo su gusto y que no permitiese su bondad que yo lo dejase de hacer en nada. Temerosa de algunas cosas que por mí habían pasado, temía que el Señor, por ser yo la que era, no me confiara otras cosas más referentes al padecer. Para todo le pedía favor y cumplimiento de su gusto.
Estando así, y dándole gracias por una merced que al presente me hacía el Señor, enseñaba a mi alma la merced, pues quería que yo la tuviese por tal. Me mostraba a Su Majestad como cuando andaba en el mundo, unida su alma santísima y su cuerpo con la cruz. Y me mostraba este Árbol de Vida con tantos frutos cuantos Su Majestad había puesto en él. Y eran tantos, que solo En los podía comprender porque era Dios y hombre. Tenía allí toda la vida del hombre y todos sus crecimientos, estaban allí todas las obras de la humanidad.
Estaba el Señor, como dueño, repartiendo este fruto del Arbol de la Cruz, con todos los fieles, y también los ofrecía a los que no lo eran fieles. Yo, miraba a Su Majestad y veía su amor para con el hombre. Me dijo:
María, mira la verdad de esta obra.
Y alcanzando de esa fruta me la daba a comer y a estimar; y me enseñaba cómo para Su Majestad no había sido otro su sustento sino el de este Árbol, porque este había sido el gusto de su Padre y, como tanto lo estimó siempre, nunca había salido de Él.
Abriendo a mi alma los ojos con nuevas luces de estima de este camino de la cruz, como Su Majestad estaba tan unido con él y tenía tantas ramas y frutos –cuantas habían sido las obras del Señor, que no tenían cuenta–; siempre daba a mi alma este sustento, porque siempre que me recogía veía al Señor de esta manera, y daba con su mano esta comida, alcanzando de este árbol lo que había de comer.
 y como yo reparase y me diese temor, por mi flaqueza, al ver que su Majestad por tantos días perseveraba en dar este sustento a mi alma– quería darle yo darle alguna satisfacción, al tener que pasar por algunas ocasiones de padecer. El Señor, como dueño de todos los pensamientos, respondiéndome a estos míos dijo:
 No te pondré en ningún padecer que Yo no lo haya pasado, y es  por eso no te faltarán.
Y el Señor para enseñarme, me dio a comer un bocado de este árbol. Y enseñándome así la materia en que había de consistir el ese padecer. Me decía:
Cómelo, que bocado de vida es, pues en él va mi gusto; no en cuanto querer, sino en cuanto tú conozcas mis caminos y estimes mis secretos y juicios. Como Yo lo hice mientras viví, que siempre miré al gusto de mi Padre en los que se me ofreció padecer por el hombre; y con ese  padecer estuvo mi alma unida así  como quiero lo esté la tuya en ésto.
Y como el Señor mostrase el gusto que le daba la fruta de este árbol – la cruz-, como Él me enseñase su lindeza, y yo viese que eran las obras grandes de su Humanidad, todas acompañadas con las de la Divinidad, me enseñaba lo mucho gustaba él de que conociésemos estas obras, pues eran las obras de nuestra vida. Le dije:
Señor, perdona a los que no las estiman y premia a los que las conocen.
Y particularmente le pedía por los que a mí me hacían caridad.
 El Señor enseñándome  el premio que daba a los que yo le pedía por la caridad que me hacían, dijo:
María, es harto premio el tenerlos en la verdad, pues el premio mayor que Yo puedo dar a una criatura es el que les doy. Mira tú la diferencia, cuánto va a estar una persona en mentira o en verdad. Pues así como cuando Yo vivía había algunos que no conocían mis secretos, ni reconocían la verdad de mis razones, y unos me tuvieron por hombre engañador y embustero y otras cosas, y otros recibieron la luz de mi boca: mira tú si hubo en esto diferencia. Sí la hay. Y doy Yo por premio de sus servicios y de sus buenos intentos el tenerlos en la verdad de tu camino, enseñando solo por mi espíritu y en mi doctrina. Y también doy me acompañes en las soledades de mis desamparos, como los tuve cuando viví y ahora los padezco en el descuido que el hombre tiene de estas mis obras, y es tanto, que apenas hay hombre que por esta soledad y trabajos me acompañe ni aun conozca este camino. Mira tú si es harta soledad, que esta fruta de este árbol no haya quien la coma con gusto ni vea sus medras.
 Pues fue su fruto tan fértil, que fue este árbol plantado con toda la sabiduría del Señor y solo con su luz puede ser entendida y comida, y, sin Él, no sé cómo.
Y como yo temiese mi falta de crecimiento y temiese también el no poder llevar lo que el Señor enseñaba de padecer, le dije:
Señor, ¿y si yo no puedo? Temo el faltar. El Señor dijo:
 María, mira que este bocado, como es dado por mi mano y sazonado con mi espíritu, no solo al que lo come le da vida, sino fuerzas para poder llevarlo.
Y enseñando cómo esto era con la verdad de su espíritu, con las veras de sus obras, con la doctrina salida de su boca, que solo su sabiduría la podía enseñar, y como así lo entendía mi alma, con ternura le dije:
Señor, eso ya lo veo, mas cuando me veo, pero yo todo lo pierdo y no hago nada de lo que conozco. El Señor dijo:
No entiendes nada de lo que haces, por quererlo yo así. Y como a tu naturaleza, no le dejo yo gozar sino amar penas –como hice en la mía mientras vivió–, es porque así gozas de esos temores.
Y enseñando cómo de nuevo, como en lass ramas de aquel árbol había muchas frutas, y ellas estaban todas maduras, y estas fueron las muchas en que su Majestad se había ejercitado para vida del hombre, y cómo todas las tenía allí frescas para crecimiento de las almas, y cómo era su gusto que las conociesen y el hombre viviese de este sustento; me dijo, que no solo me daba a comer de un bocado, sino que quería comiese de muchos. Yo le dije:
Señor, con vuestra compañía y con vuestra ayuda, yo todo lo que fuere gusto vuestro quiero. El Señor dijo:
 Sí, mi gusto se ha de hacer: míralo en mí.
Y mirando en el Señor este gusto, vi al Señor cómo había nacido y había sido su alma santísima dada ser en el palo de la cruz, de suerte que, en criándola como la crió el Señor, luego fue unida con la cruz y allí la conservó y estuvo hasta que murió en ella. Y enseñando el Señor esto dijo:
 Mi gusto es, María, en cruz.
 En esto entendí como el Señor lo enseñaba, y decía que si su gusto se había de hacer, gustaba que lo siguiese hasta morir en la cruz, como Su Majestad lo había hecho. Y decía que era el mayor favor que Él podía hacer al hombre; y ese hacía y ofrecía a mi alma, enseñándole cómo, en padecer en cruz, había una vida perfecta de varones grandes, y cómo sus pasos habían sido siempre enderezados al padecer.
Estaba este Señor con todas estas riquezas y riqueza de la Iglesia, y todas las enseñaba a mi alma. Y decía el Señor que aquel era el libro cerrado de la sabiduría, que si Él no lo enseñaba no lo podían los hombres entender ni conocer, que sólo Él lo podía enseñar y dar a conocer. Y así lo veía mi alma, que si el Señor, con la sabiduría del Espíritu Santo, no daba luz para conocer estas cosas y estas obras del Señor obradas en la cruz por el amor que tuvo al hombre, obradas en lo secreto de su alma, con la mira que siempre tuvo en el gusto de su Padre, no lo podía entender nadie. Yo, como vi tantas riquezas, le dije:
Señor, pues si estáis tan rico como yo veo –y más de lo que veo, que solo tu bondad y sabiduría lo conoce–, reparte con los que estamos por acá y con todos los nacidos, y también con los que me lo han pedido, y particularmente con aquellos que trabajan en ayudarme y me ayudan en lo que se me ofrece. Decidme, Señor, lo que les dais.
El Señor con rostro amoroso dijo:
María, ¿no les basta por premio tenerlos en la verdad? Pues mira: no di Yo otro premio a mis discípulos, sino darles luz de mis caminos y conocimiento de mí mismo: éste les di. Y los que no tenían esto, mira el desasosiego en que vivían. Así pasa ahora contigo y en tu camino, y no gozará de crecimiento quien te contradijere y no conociere esta verdad que en tus caminos pongo, así como no gozaron los que lo hicieron conmigo. Y este premio doy a los que lo conocen: que los tengo en la verdad. Y es harto premio que no puede ser mayor, que no puede ser una persona premiada si no está en la verdad.
Él sea bendito y nos dé que lo sigamos por la verdad. Amén.
De las “Misericordias comunicadas” nº 2