08 enero 2016

BAUTISMO DEL SEÑOR: DEL DIARIO DE ORACIÓN

M. María Evangelista
Estando en la comunión un día, a 9 de marzo, me vino un recogimiento con una luz grande que a mi alma daba el Señor, y animábala esta luz porque le quitaba algunos temores y penas que tenía, todo acerca de sus cosas. Y parecíame que yo no era de ningún provecho y temía mi camino porque, a mi parecer, no caminaba yo como el Señor quería, aunque conocía y no podía dudar que a lo que el Señor llamaba era bueno y camino de verdad. Mas parecíame a mí que era mucho lo que el Señor me daba y poco lo que yo correspondía. Y estaba con estos pensamientos, dando y tomando, y traía mi alma en su corazón todo lo que el Señor le pedía. Y acordábanseme muchas cosas que había recibido del Señor. Y de mis faltas le pedía perdón y lo demás conocía ser suyo.
Estando así, el Señor, descubriéndose a mi alma tan claro como el sol, dijo cómo Él habla al alma y con una fuerza que me recogía y llevaba a sí con grande fuerza, conociendo y viendo mi alma era el Señor y el espíritu de Dios, que era el del Espíritu Santo, cuya propiedad conocí hacer esto, con la fuerza de su poder en quien conocí estar todo, y dando luz a mi alma y quitándole los temores dijo: Asisto en tu alma en todo tiempo, aunque algunas veces me manifiesto más, conforme tu disposición. Y añadió: Mira que asisto en tu corazón como asisto en el Sacramento, esto es, conforme[a tu talento. Es de verdad esto y que guío tus pasos. Y para esto me traía el Señor algunas cosas pasadas, como eran algunas mercedes recibidas de Su Majestad y algunas veces que me había Su Majestad enseñado tener en lo más alto de su sabiduría una pluma, en señal que era el que había de dictar lo que yo había de escribir. A mí me hizo novedad, aunque no podía mi alma ignorar que lo que conocía y veía solo el Señor la podía hacer capaz. Mas, con todo eso, admirada, le dije: Señor, mirad lo que decís. Mirad que habláis de Vos, que estáis en el Sacramento, y aunque está en él la humanidad también estáis en cuanto Dios, y así es fuerza asistir allí. Yo soy una criatura muy ruin.
El Señor dijo aquellas palabras que había dicho en el Jordán, cuando San Juan bautizaba a Cristo nuestro Señor, que se oyó decir: Este es mi Hijo muy amado, en quien Yo me agrado. Y dijo el Señor: Esta es mi obra y figura, en quien Yo pongo los ojos. Mi alma se deshacía en confusión y con grande confusión veía lo que el Señor obraba por sola su bondad, sin hallar yo, de mi parte, haberlo merecido. Y conociendo el poder del Señor y reverenciando sus pasos, por los cuales quería mi alma caminase, me dijo el Señor, con una luz como saeta que tenía llena a mi alma: María, no me habías acompañado en este paso de mi bautismo, adonde fue el Espíritu Santo el que hizo la fiesta; y así, te la hago aquí. Y mira que todas las veces que comulgas te concedo Yo el fruto del bautismo y te lavo con aquella agua del Jordán, que es el fruto y gracia de mi espíritu, que es el del ser de mi Padre, adonde está el de la cruz. Y allí tuvo la cruz principio, en el pecho y ser de Dios, cuyo espíritu voy Yo enseñando.
Y conociendo mi alma al Señor y sus obras, como Él las infundía, en ella lo confesaba por señor de todo, y ser poderoso, y poder todo lo que quería. Y de todo le daba la gloria y se gozaba mi alma de que todo lo tuviese. Mas como siempre conociese lo poco que yo tenía, avergonzada de verme tal, parecía se lo decía al Señor con el dolor de mi alma y el Señor, con amor de padre, me dijo: María, no miro Yo para hacer esto a sola la obra perfecta de la humanidad sino  que miro a su figura, porque Yo conozco lo que tú puedes y de la masa que eres. Y como lo veo todo, y vi cómo el Hijo del Padre era masa sin corrupción y así fue concebido por obra del Espíritu Santo –que soy Yo–, y sus obras habían de ser perfectas. Mas tú no eres ni tienes esta masa, y así, Yo veo adónde puedes llegar con tus obras y no me espanto de tus flaquezas; mas llévame los ojos la figura perfecta que tengo en ti que es la de la cruz, y en ella tengo los ojos puestos, y mis descansos.
Y como este Señor mostrase lo que había recibido el alma de Cristo nuestro Señor en este bautismo, de luces y gozos y perfecciones accidentales, enseñaba este Señor aquí grandes misterios, aquí, en este bautismo del Señor, y mi alma se gozaba en el Señor de conocerlos. Y veía al Señor bautizado de su criatura, mas el fruto del bautismo era el del Señor; y eran aquellas aguas vivas de la gracia del Espíritu Santo, prevenidas para los fieles, y aquella voz del Padre que dijo que era su Hijo muy amado, en quien Él se agradaba. Y mostraba este Señor este agrado por las obras perfectas de la cruz. Mostraba en su Hijo estas obras, esta mira que siempre tuvo en el gusto del Padre, haciendo su voluntad en todo; enseñando a mi alma cómo lo había de hacer, cómo había siempre de estar ocupada mirando este gusto, mirando lo que le importa no tener otra mira sino hacer el gusto del Padre siguiendo estos pasos, que para esto los dio, para que lo imitásemos y conociésemos estas verdades obrando en ellas, pues ellas no se obraron acaso, sino para seguirlas y para valernos de ellas.
Enseñaba este Señor cómo su Iglesia estaba toda llena de estas aguas del Jordán: todas estaban derramadas en el bautismo, todo lo tenía el Señor para nosotros. Y enseñaba cómo Su Majestad lo había todo –por medio de la cruz– ganado y merecido al hombre. Y así, por eso había dicho el Padre se había agradado en sus obras, porque estas son las obras del Hijo de Dios, que vino a dar ser, de ejecución, a las de su Padre; obras de su ser, que las tenía obradas en su entendimiento y dio principio a ellas en el Paraíso. Y el hombre, por el pecado, las borró, mas el Hijo de Dios les dio ser por medio de la cruz.
De esto tiene dicho mucho el Señor y ahora lo enseñaba todo en aquella vista de su espíritu, adonde todo se entiende. Y ve y se confunde el alma de ver lo poco que al Señor agradece estas obras, hechas con tanto amor y sabiduría que solo Él lo podía hacer y obrar. Enseñaba aquí el Señor lo que solo su bondad podía enseñar, en esta profundidad de estas obras. Y como me enseñase cómo este modo de seguirlo era de mucho gusto, me mostraba el que Su Majestad tenía en una cosa que Él me ponía y yo me había descuidado de hacer, y era que todos los viernes había mostrado tener gusto de que se le hiciese un sacrificio, en memoria del que aquel día se había hecho, pues sabía que me ponía ocasiones en que podía sacrificar mi voluntad y ponerla en cruz, y era darse aquí en esta manera, con gusto mío, por muchas necesidades que en el mundo había. Y pues sabía que esto muchas veces me había dicho gustar, así me lo enseñaba, y reprehendía el no dar yo ser a los pasos en que me ponía por no saberlos juntar con los suyos.
Mostraba cómo estas cosas y figuras eran las que tanto le habían agradado: le daban tanto gusto que miraba a esto el Padre para no castigar al mundo. Y decía que, cuando le pedían por Jesucristo nuestro Señor, miraba aquellas oraciones de buena gana porque le había agradado aquella obra que había sido de cruz y cosa de gusto a los ojos de Dios.
Él sea bendito y lo dé a conocer, que mucho se queja el Señor que no lo conocemos. Él nos perdone. Amén.
Misericordias comunicadas Nº 21



04 enero 2016

EPIFANÍA: DIARIO DE ORACIÓN


Estando en la oración el día de los Reyes, le pedía al Señor me diese alguna cosa de lo que había dado a aquellos santos reyes. Y preguntele que cómo había sido aquella luz que les había enseñado a aquellos santos, y también le preguntaba si había sido Su Majestad la estrella o algún ángel, porque me parecía que había sido grande favor el que les había hecho pues les había dado tal resolución. Y deseaba yo tener aquella luz para seguirlo; y hallábame tan falta de obras y tan apenada porque veía recibía del Señor y no lo correspondía; y deseaba yo llegar al Señor con aquellos tesoros con que llegaron aquellos reyes, que me parecía a mí eran figurados por las obras del alma.
El Señor enseñó lo que significaban y dijo: María, lo que primero se me ofreció fue la mirra, porque tenía significación del fruto de la cruz y era como fruto también del dolor del pecado. Y esa me dieron lo primero. Yo le ofrecía al Señor aquel dolor y me lo daba el Señor de mis faltas, que veía tener muchas, y le pedía también el valor de la cruz significado por la mirra. Y dijo: El incienso se me ofreció luego, que fue el deseo del alma, y sus pensamientos castos y santos que llegan a mi presencia fruto de la oración. Estos deseos puros me son muy aceptos, y rasgan mi corazón y llegan a mi presencia. Yo se los ofrecía, que veía también me los daba el Señor, y Su Majestad los recibía con amor, descubriéndose a mi alma como se había descubierto a estos reyes, y a su Madre, que lo tenía en sus brazos. Confesándolo mi alma y adorándolo en aquel traje y vestido humano y de niño, Él, que no cabía en cielo y tierra, enseñando el corazón de su Madre y el de aquellos reyes que veían y contemplaban aquel alto misterio, en una presencia tan humilde como allí estaba el Señor, se veía ser Dios igual al Padre. Y allí estaba su Madre, haciendo el oficio de la Iglesia, con su Hijo, adorando aquel sagrario de vida; y penábase de ver la ceguedad del hombre, mas miraba el gusto del Señor, en ver que venía a padecer, y reverenciaba sus juicios y allí los adoraba.
Llegó Gaspar a ofrecer el oro y díjome el Señor: María, este don y tesoro es significación de la obra. Pues en  estos reyes hubo obras y deseos, y junto con el conocer que Yo había nacido, vinieron a buscarme y ofrecer sus vidas y haciendas a mi servicio. Y así, obraron junto con el deseo. Yo me encogí y vi que no podía llegar a ofrecerle aquel don porque no hallaba obras en mí, que las obras solo veía ser del Señor. Díjome el Señor con amor de padre: María, acercate, que si no tienes obras Yo las tengo para ti. Y así, te hago cargo de ellas y quiero las tomes y tengas por tuyas, y te aproveches de ellas y las repartas con quien quisieres. Yo me enternecí de ver que el Señor me hacía partícipe de tesoros que excedían mis fuerzas. Y dijo: María, mis obras son la vida del alma. Yo por ellas tengo de juzgar al hombre. Y así, te hago cargo de ellas y quiero obres en ellas y su fruto se lo repartas, pues te he dado de ellas luz: no se pierdan.
Yo veía ser así, que Su Majestad me había a mí siempre dado luz de sus pasos y había Su Majestad hecho a mi alma capaz de sus tesoros, y quería viviese en ellos y se los repartiese con las almas del Purgatorio y mundo. Y vi que el Señor, en virtud de ellas, hacía al mundo particulares favores y, como derramando uno como rocío que a todas las cosas criadas refrescaba y todo tenía vida por su medio, hasta las mismas plantas recibían este favor y eran conservadas en su virtud por esta misma virtud, y teníamos todos vida por él. Y dijo el Señor: María, tomo Yo estos medios para hacer bien al hombre; miro y pongo los ojos en lo que Yo quiero y con eso los muevo para que me pidan. Y doy Yo mi hacienda al hombre, que son mis tesoros y obras, que los tengo para el hombre y es su legítima y herencia, como hijos que lo son míos.
Y enseñaba cómo le había ofrecido la mirra el rey que se llamaba Melchor, y el incienso Baltasar, y el oro Gaspar. Yo le dije si había sido Su Majestad la estrella. Y dijo el Señor, descubriéndoseme a mi alma con una moción grande y conocimiento claro de Su Majestad, dijo: Así me descubrí a sus almas y les moví sus voluntades a seguirme y buscarme. Esta era una luz y conocimiento del Señor, que movía y certificaba al alma la verdad de que era Su Majestad el señor de todo y el bien del alma, y rey de cielo y tierra, con una potestad y señorío grande, con una luz y conocimiento de cómo era Dios y hombre. Y cómo, en cuanto Dios, espíritu puro, humillándose a unirse con cosa tan baja como era hacerse hombre. Esta vista y moción –dijo este Señor– tuvieron estos reyes, y con esto conocieron había ya nacido. Y movidos [por] esto –que era el mismo Señor el que obraba en su alma– salieron a buscarlo. Yo le preguntaba si era esta la estrella que los guiaba y díjoseme que no, que la estrella era un ángel. Que el sentido que sonaba al decir estrella, se veía que era criatura guiada con su espíritu, porque las que son estrellas que lucen en su casa, por lo que de Su Majestad tienen, son los ángeles. Y así, dijo que si dijeran sol era decir otra cosa más superior que estrella, porque el sol aunque esté –que el Señor da para que aliente el mundo– es criatura suya. Mas decía era una significación de su poder y ser intenso, y así, el sol cerca todo el mundo y alumbra todas las cosas, como lo hace Su Majestad, sin que le estorbe nada sino la nube, que es la que lo obscurece, como lo hace también la nube del pecado, que es como un estorbo que a Su Majestad le pone el pecador. Mas que al sol no se le pega nada, que en su entereza se queda, como lo queda el sol.
Y enseñaba el Señor las miserias del pecado, que ve estorba al Señor todo género de obrar en el alma, por ser Su Majestad pureza y querer esta misma en el alma adonde había de asistir. Y enseñaba cómo, con aquella luz y conocimiento que había dado a aquellos reyes, les había purificado sus corazones de modo que les había servido de un bautismo. Y así, habían sido capaces de ver y gozar de aquella vista y conversación de aquella estrella, que les traía y acompañaba hasta meterlos en el lugar adonde estaba el Señor.
 Y enseñaba este Señor cómo esta estrella era el ángel San Gabriel, el que había sido en la embajada del Señor y traído al mundo tal nueva, y que a este se le había encomendado el guiar a estos reyes. Y enseñaba el Señor el gozo del ángel, cómo quisiera él dar al Señor toda la gloria que Su Majestad merecía; que esto solo Su Majestad a sí mismo lo podrá hacer y se podrá dar esta gloria, como se la da comprehendiéndose a sí mismo y conociéndose, y otra criatura no. Y decía el Señor se le dio a este ángel dar esta embajada por haber sido el que había traído la de la encarnación y ser un embajador de tales cosas, que el Señor lo tenía para eso. Todo lo enseñaba el Señor; y el gozo del ángel, como conocía al Señor con tan superior conocimiento parecía estar todo absorto en tal misterio, que sólo el Señor lo podrá enseñar cómo es esto; y la frialdad del hombre, y cómo celebra en su corazón estas cosas con tan poca vida, todo enterrado en la tierra y con la frialdad del hielo del pecado.
Decía el Señor teníamos los talentos que Su Majestad nos había dado enterrados, y no procurábamos aumentarlos en cosas de su gusto, como era en estas cosas. Y decía cómo, en esta mercadería del Cielo, se aumentaban los talentos del hombre y se le daba a Su Majestad gusto, y el hombre cumplía con las obligaciones de cristiano. Y el que no conocía estos misterios más se podía llamar infiel que no cristiano, pues era al Señor infiel y a sus beneficios desagradecido. De esto se quejaba el Señor y decía había muchos en el mundo que eran más bestias que hombres. Al fin, enseñaba Su Majestad haber entrado estos reyes y, junto, la estrella. Y cuando llegó, la estrella dejó de lucir, porque en la presencia de aquel Señor sólo Él luce, y todos tenemos luz de Su Majestad y de ella recibimos cielo y tierra. Él sea bendito y nos dé se cumpla su gusto y lo cumplamos. Amén.
De los escritos de María Evangelista: Misericordias Comunicadas Nº 7